El paso del cachorro humano a lo que llamamos un niño o niña tiene que ver con el lenguaje, puntualmente con ser convocado en algún momento a responder, en la afirmación o el rechazo, a lo que le llega del afuera o del otro en tanto demanda. Un niño que llora en el vacío sin nadie que lo escuche es comparable a esa paradoja de que si un árbol cae en el bosque sin que nadie lo escuche ¿realmente cae?
Ese grito en forma de llanto sólo es un ruido instintivo y es necesario que ese ruido sea respondido como llamada o demanda, para que ese lazo lo estructure como un llamado a otro, para que ese cachorro humano se transforme en un sujeto social. Sujeto o sujetado a ese Otro, que termina siendo ese sí mismo hecho de lenguaje.
Lacan le llamaba a eso “Lalengua” para diferenciarlo de la lingüística. Y lo escribía todo junto para dejar en claro que la lengua del Otro es indisociable del Sí mismo. Justamente, porque estamos constituidos en esa hiancía del Otro que interviene en el sujeto y pierde para siempre el origen.
Siguiendo a Freud, no es la satisfacción de sus necesidades lo que está al centro de la atención que se le brinda al niño, sino el campo de la demanda, donde ya indefectiblemente el Otro nos constituye.
Desde niños, el paso a la vida social está regido por ciertos límites, convenciones y repeticiones que solemos repetir como Sísifo sin saber que la roca es prestada, al igual que el lenguaje.
Decir hola cuando alguien llega o decir adiós al despedirse, poner el cuchillo a la derecha o el tenedor a la izquierda de la mesa. No sólo son reglas, sino que son lo que Levi-Strauss situaba entre lo crudo y lo cocido.
Serrat cantaba en “esos locos bajitos”
Niño
Deja ya de joder con la pelota
Niño, que eso no se dice
Que eso no se hace
Que eso no se toca
No hay que pensar todas estas reglas sólo como algo puramente represivo, sino más bien como ese tercero que como ley, viene a romper esa relación simbiótica entre un niño o niña con el instinto de seguir mamando.
No por nada se le llama mamón a ese que no suelta la teta y el tango dice que el que no llora no mama.
El complejo de Edipo no se llama así porque sea complejo, sino porque instituye las maneras en que nos enfrentaremos a la presencia, a la ausencia y al deseo, que justamente habitan en ese espacio entre el ser y la nada que queda después de esa separación.
Nos hemos dado una vuelta muy larga para explicar que eso estructural que existe en la inauguración de todo sujeto, y que el juego ese de “estoy, no estoy” de la infancia al día de hoy se puede jugar todos los días, sólo con tener whatsapp. No se trata de nuevas materialidades de la neurosis, ni de un cambio que podríamos llamar estructural. Tampoco es que existan nuevos síntomas, sino más bien, podríamos pensar en que lo que se renueva es una sintomatología, que lo que más pone en juego, es tal vez la inmediatez.
Yo recuerdo que en mi adolescencia, si alguien me gustaba y quería llamarla a su casa debía pensar mil cosas antes ¿quién va a contestar?
El teléfono era propiedad de la familia, no como hoy que es una marca de la individualidad. Por lo tanto, era contestado por alguien que en general ostentaba cierta función de emisario familiar.
-Eeeeeeeeeee. Hollaaaaaaaaa, ¿está Carolina?
-Quién habla?
-Eeeeeee Pablo, la llamo por una tarea del quijote que hay que hacer.
De ahí podía ser que te contestaran, pero igual había que aclarar primero el motivo de la llamada. Porque las llamadas no eran algo tan cotidiano. Se llamaba sólo cuando había algo que decir.
Y si el que estaba del otro lado de la línea consideraba que la llamada era indeseable o que su motivo era azaroso, podía cortarte el teléfono bajo la excusa, por ejemplo, de que tenía un día ajetreado o que nada era tan urgente como para no hablarlo al día siguiente.
No es por satanizar las nuevas tecnologías, pero hoy, cuando la gente puede aparecer y desaparecer con sólo un click, generan también dispositivos que tienen consecuencias en la manera en que nos relacionamos, no sólo con las expectativas del otro, sino con eso que se refleja en el espejo como ansiedad en un doble check azul no contestado.
En los tiempos de whatsapp e instagram, hemos visto en la consulta un aumento muy significativo de las ansiedades y las depresiones gatilladas por el uso de estas aplicaciones. Esto, porque crean fantasmas no sé si más complejos, pero sí más automáticos.
Hoy, sería casi imposible pasarle un lápiz bic a un adolescente para rebobinar un cassette. A lo más si algo se rompe, es tan inmaterial como la conexión al wi fi.
Recuerdo la época de la universidad en dónde no sólo tenías que ir para ver tus notas, sino que aparte si alguien sacaba la fotocopia pegada con scotch en la pared, tenías que irte mirando el suelo y esperar hasta el otro día,
Durante la cuarentena, el WhatsApp se ha convertido en una muleta que no pudimos nunca más dejar. Ya no sólo se convirtió en un tipo de relación que cortacircuita los tiempos y los espacios, sino además en un dispositivo que ha cambiado la manera en que concebimos la relación al otro. Si antes había que esperar cierto tiempo para obtener una respuesta, ese límite con el otro empezó a desaparecer. Incluso hoy, cuando alguien está en una reunión, contesta mensajes de texto y si es un audio, escribe “no puedo responder”. Esa forma de automatismo significa que los mensajes se convirtieron en algo que cambió todos los límites que se podían tener en relación al otro.
El whatsapp nos convirtió en sujetos absolutamente disponibles todo el tiempo, y habría que pensar en qué consecuencias tiene eso en la subjetividad de alguien que tuvo que volverse instantáneo como el nescafé.
-¿por qué no me contesta?
-¿habrá leído ya mi mensaje?
-¿y si pongo esta frase de estado sabrá que es una indirecta?
Muchas personas han estado confinadas durante más de dos años trabajando y coordinando reuniones, fechas de entregas, discutiendo asuntos de cultura organizacional, pero también en relaciones incompletas o cosas que antes podían decirse cara a cara. Hay notas para que no se nos olviden las cosas, hay alarmas, hay calendarios. Existen incluso aplicaciones que se ven como una calculadora y, si digitas los números correctos, te llevan al Narnia de tu inside web.
Parejas que llegan a la consulta no porque ya no se hablan, sino porque se comunican desde distintas habitaciones de la casa por whatsapp. Es como si fuera el cura de antaño que hablaba con Dios y te lo traducía.
A veces se trata de argumentos así: “es que es la única forma que tengo de que no me interrumpa”, “lo que pasa es que ella tergiversa todo y ahí queda todo claro”, “es que si no hablamos por ahí termina todo en violencia”, “me ayuda a ordenar las ideas”, “odio cuando sale escribiendo ahí arriba y después dice una frase?”. ¿Dónde quedó todo lo demás que estaba pensando?
¿Por qué no me lo dijo? ¿de qué se arrepintió?
Whatsapp se ha convertido en el nuevo paradigma de estos tiempos y no porque inaugure una nueva estructura, sino más bien porque es un nuevo panóptico de lo imaginario, en donde cada vez se hace más difícil, dejar algo afuera. O sea, que algo falte para que aparezca el deseo.
Mantener a alguien pendiente de ti o cortar con una relación nunca había sido tan indoloro e instantáneo. Se nos impone la pregunta de saber si esta nueva forma de relacionarse inaugura más que nuevos síntomas nuevas formas de fantasmas.
Así como también, si estas nuevas tecnologías nos acostumbran a normalizar, por ejemplo, la idea de que la empatía ya no es necesaria. A deshacernos de la gente, simplemente no respondiendo, sin pararnos a pensar en la inestabilidad emocional que podemos provocar. Y es que el rechazo causa dolor, más aún cuando no entendemos por qué esa persona especial desaparece como Eurídice, sin dar explicaciones. El problema es que en estos casos no hay un Orfeo que pueda buscar nada.
Si antes querías bloquear a alguien, tenías que por lo menos pensar mentalmente en un mapa donde existiera la mínima posibilidad de cruzarte en la calle. Tenías casi que exagerar más que W.H Auden:
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.
Es por eso que hoy, términos como ghosting, breadcrumbing o benching nunca han sido más actuales. Y aunque odio los anglicismos, que yo llamaría angli-sismos, me parece que definen con mucha precisión, situaciones para las que no tenemos una traducción exacta, pero que cada día se vuelven más comunes en la práctica clínica estructuradas como demanda. .
Ghosting
Ghost significa fantasma, pero no en la acepción psicoanalítica que remite más bien a la función de velo que hay con la realidad. Se le llama así a una práctica que consiste simplemente en desaparecer del espacio virtual dejando de contestar mensajes. No vuelves a saber de él (o ella), jamás te vuelve a escribir y puede que hasta te bloquee en redes sociales. Existe la versión amable, en la que la relación se va cortando poco a poco, espaciando cada vez más las respuestas hasta que un día te dejan en visto para siempre.
Recuerdo un texto de García Canclini dónde decía que hoy los lugares que conforman la identidad ya no son ni el colegio ni los padres ni menos la iglesia. Más bien, que es mucho más posible que alguien en China se parezca más a alguien de San Bernardo que a su vecino. No digo esto en forma peyorativa, sino que es más bien para poder pensar en cómo la virtualidad, por un lado, entrega mil posibilidades de identificación y, por el otro, instituye también nuevas formas de desmembramiento de esa identidad. Lo virtual también implica pensar en cómo esa subjetividad ha sido construida.
Digo esto porque en los últimos años se ve en la consulta un aumento de casos en donde las depresiones o los cuadros de ansiedad vienen gatillados por ejemplo por la importancia de los likes en la construcción de la subjetividad.
Nada nuevo hay en pensar que la subjetividad se construye en relación a otro, pero tal vez sea importante empezar a pensar en cómo se está construyendo ese otro en los tiempos actuales.
Benching
Bench significa banquillo, término que en jerga digital alude a dejar a alguien en el banco de suplentes, como en un partido de fútbol.
El que está en el banco de suplentes no sabe si va a jugar. Lo pueden poner a precalentar todo el partido para finalmente no llamarlo nunca. En el caso de las redes sociales cambia un poco esto, porque no sólo no hay un partido que jugar, sino que hay alguien que consciente o inconscientemente mantiene la atención del otro sólo por si acaso, y con un interés que es fingido, incluso deliberadamente fingido.
Breadcumbing
Este concepto podríamos pensarlo como una metáfora del rastro de miguitas de pan que va dejando Hansel en el afamado cuento que protagoniza junto a su hermana Gretel.
Llevado a lo digital, es el acto de enviar mensajes no necesariamente importantes ni profundos, sino likes esporádicos o emoticones que mantengan una continuidad y una presencia que tal vez nunca se concrete, actitud propia de personas narcisistas que necesitan estar presentes todo el tiempo.
El breadcrumbing puede ser una manipulación bastante compleja, ya que a veces el otro puede reaccionar a esos mensajes y a los períodos de silencio con obsesiva insistencia.
¿Por qué ya no me dice nada? ¿por qué desapareció? ¿qué hice?
Esa pregunta fundamental que nos constituye, hoy aparece todos los días y todo el tiempo, como si viviéramos en el cuerpo disociado, de un moderno Hamlet.
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