Más de tres cosas que decirle a Juana Molina

Cuando un amigo me pidió el disco de Juana Molina una de las últimas veces que viajé a Buenos Aires pensé que era una broma.Lo primero que se me vino a la mente, para descartar a la única Juana Molina que conocía, era que se trataba de otro grupo tipo Juana la loca que tendría que llamarse luego Juana a secas por problemas de copyright o jugar a las matemáticas para seguir siendo reconocidos.Luego pensé en una Juana que se hace la loca pero es más racional que Popper.En tercer lugar, comencé a darle espacio a la idea de que esa actriz que recordaba allá por el año 89 en los programas de Antonio Gasalla, podría haber sacado un disco.No sé si nunca pude olvidarla porque algo en ella hizo que el olvido fuera inútil o si fue porque empezó a salir con Gasalla justo cuando yo estaba empezando a hacer las maletas para venirme a Chile.Volante o maleta podría ser un buen resumen de la decisión que tenía que tomar cuando mi viejo me preguntó: ¿te quedas o te vas con nosotros?Ese peso del nosotros se mezcla un poco con Juana Molina, por lo que no sé que mínima objetividad tenga ahora para hablar de su disco, o que, para hablar de ella- que novedad- no pueda sino hablar de mí.Lo único que recuerdo de ella es que la veía en blanco y negro porque esos eran los colores que tenía el televisor de mi piezaQue fue la única razón por la que seguí viendo a Gasalla cuando me aburrí de ver a Gasalla.La recuerdo en el momento en que saqué una polera de Ramones de una mochila para dejársela a un amigo que me pasó por primera vez pleasant dreams y end of the century para que abandonara el segundo y tercer disco de Bon Jovi.Creo sobre todo, que la recuerdo porque pensé que nunca más iba a tener que recordarla.Tengo una idea dando vueltas desde hace tiempo/ Cómo es posible que el progreso sea tan violento, canta desde mi computador Juana Molina en sálvese quien pueda.Mi computador parece una especie de Hal 3000 a favor del progreso ya que lo tuve que resetear cuatro veces, pero diré algo más a favor de la resistencia de la memoria y de lo que hoy aparece con el nombre de Juana Molina.Buscando en internet me encontré con esta frase:«Cuando tengo una pequeña idea, antes de tocarla aunque sea una vez, pongo en marcha el grabador. Porque siempre sé que va a haber una cosa que va a ser un error, porque no sé muy bien adónde ir y porque no sé muy bien cómo volver: y estoy segura que con todo eso se va a armar algo que me va a gustar. Y después trato de hacer que eso tenga una letra que le vaya a esa melodía, y que se enganche armónicamente con esto y con aquello. Pero prefiero que quede esa primera huella, que al final es la que brilla en el tema».Y antes de aclarar mis ideas escuché una parte de la canción 6 del disco tres cosas que dice lo siguiente:Yo sé que no sé tomar una decisión/ ando como perro en cancha de bochas/ quiero algo pero digo no y en vez de irme siempre me quedo. /Tengo que librarme de toda opinión/ Dudo de lo que hago aunque me guste.En este momento odio a mi amigo porque tal vez estaría escribiendo esto 6 meses o un año después y no ahora que ya empecé y que si soy coherente con Juana Molina, intentaré terminar en honor a esa primera huella.Difícil momento en que aunque nos pueda ayudar la tecla supr en relación a los otros, la memoria de haberla apretado siempre le ganará a la tecnología y a la culpa de haber perdido el tiempo.¿Qué le voya a hacer? ¡No hay caso, no aprendo! Sólo sé que al final lo lamento Cambio ideas que me llaman, llaman, llamando Y van cambiando, yo voy cambiando Y voy dudando, lo hago dudando Y voy pensando, lo hago pensando ¿Para qué sembraron la duda? oigo voces dentro.Estoy cansado y me pesa seguir escribiendo, así que sólo diré que lo único que puedo decir es que le agradezco a mi amigo por este ejercicio de memoria y a Juana Molina por permitirme discrepar con ella y conmigo mismo acerca de la frase que dice que en vez de irme siempre me quedo.Por ahora, hago un estribillo de lo que no lo era y digo:Cambio ideas que me llaman, llaman, llamando Y van cambiando, yo voy cambiando Y voy dudando, lo hago dudando Y voy pensando, lo hago pensando.

people (and fruits) are strange

Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

La semana pasada me encontré con 3 artículos de Jeff Buckley sin tener razones determinadas para hacerlo.
No había leído de él en más de 8 meses y en 2 días leo 3 cosas sobre él.
En Mayo se habían cumplido diez años de su muerte y si estuvieramos en ese mes podría encontrar una razón entendible.
Pero estamos en Agosto.
No quiero pensar en que el destino me llevó a esas páginas porque no sólo no creo en él sino que me parece una de las formas más patéticas de justificación.
Prefiero decir que no tengo la menor idea y que una de las cosas que leí, en un futuro tal vez importante fanzine electrónico, era una recopilación de buenas intenciones acerca de él.
Era un cortar pegar para no quedar fuera del aniversario ni del calendario.
O una forma de llevar el googleo a una nueva categoría gramatical.
“Vestida para googlear” sería el título de Brian de Palma si en vez de pensar se hubiera dedicado al estilo manpower.
Pensé en escribir algo irónico para hacer mierda al hereje que va en contra de lo “verdadero” y sólo dejé un comentario en la página como si se me acabara el tiempo o no quisiera tener que explicarme demasiado.
Luego leí uno de un amigo en su blog que criticaba un poco a Buckley al mismo tiempo que pontificaba sobre él pero lo que me interesó más que nada fue que se notara que para escribir de él hay que estar dispuesto a equivocarse. A exagerar. A meter las patas en el lago.
El tercer artículo lo escribió él de nuevo en Super45 donde me gustó el hecho de que ahí también, le sigue poniendo el cuerpo a las balas.
Es por eso que para mí siempre Buckley será una fruta extraña como esa que colgaba del árbol de Nina Simone y billie Holiday y no una recopilación inerte de antecedentes que hay que citar porque por algo sale Buckley en más de 5 notas de prensa.
Es por esta admiración a veces a lo que no conozco que me me demoré demasiado en escuchar tanto strange fruit primero en la versión de Nina Simone y más tarde en la de Buckley.
Hago trampa en realidad porque no se trata tal vez de admiración a lo desconocido sino del miedo a lo que pueda hacerse conocido de eso que desconozco y prefiero dejarlo ahí donde está.
No quería escuchar la de Buckley y menos la de Nina Simone. No quería saber. Al estilo de esa gente que responde que las cosas son así porque son así o porque siempre han sido.
Siempre supe un poco la historia de la canción pero hoy buscando sobre la versión de Archie Shepp en Internet me sale de repente el apellido Rosenberg y no se trataba solamente de algo parecido al mio sino de que siempre que pienso en ellos pienso en la primera vez que leí el juicio de saco y vanzetti y luego vi la película.
Y empecé a ordenar un poco las cosas y entender que cuando hace tiempo me encontré con un Robert Meeropol titulando un artículo “de los Rosenberg a los Mumia”(por Mumia Abu-Jamal) ese Robert Meeropol, era uno de los hijos adoptados por el autor de strange fruit cuando mataron a los Rosenberg.
No sabía eso ni que había una versión de Twilight singers de Strange fruit y me habría gustado tal vez no saberlo.
En algún momento tendría que enfrentarme a escuchar a Nina Simone, Jeff Buckley y Grez Dulli en un mismo día y encima cantando una de mis canciones preferidas de todos los tiempos.
Aún me da algo de risa que justamente cuando se busca al autor del poema en que se basó esta canción se siga encontrando el nombre de Lewis Allan que es el seudónimo de Abel Meeropol. Lewis y Allan al mismo tiempo son el seudónimo de dos niños muertos. En otros lados cibernéticos sale Allen en vez de Allan.
Me demoré porque siempre la versión de B. Holiday me pareció insuperable sin necesidad de querer escuchar otra.
Para sublimar este no querer escuchar nada más, investigué sobre la canción y empecé a encontrar la razón de por qué de los 9 discos que tengo de Billie Holiday sólo en uno sale esta canción.
Y miento de nuevo porque el que tengo lo busqué sólo por esa canción pero ahora tengo más argumentos para entender la dificultad de encontrar el vinilo donde sale strange fruit. Y entiendo también cuando decía en su autobiografía que esta canción separaba a los cretinos de los idiotas. Y entiendo mejor aún la razón de por qué en Alabama una vez la persiguieron hasta salir del estado sólo por intentar cantarla.
Resulta que Abel Meeropol no sólo era judío y comunista sino que había adoptado a los hijos de los Rosenberg. Chivos expiatorios si los hay.
Le faltaba ser negro y leproso probablemente para tenerla más difícil y él es el que se acerca a Billie Holiday con un poema compuesto a partir de una foto de dos negros colgados de un árbol a los que los metaforiza como frutas extrañas.
Y asi la canción se vuelve una especie de himno aunque en el día de hoy los que la han escuchado en las versiones de Tricky, Anthony and the johnsons, Twilight singers, Archie Shep o Siouxsie entre muchos más, piensan que es una canción de agronomía o que los Rosenberg son los que hacen colchones.
En todo caso digo todo esto porque nuevamente creo que mi versión preferida es la de Nina por sobre la de Billie y que le debo esto al intento de escuchar todo lo que ha hecho el señor Buckley.
Yo ya estaba feliz con la de Billie.
Si no hubiera sido porque a él se le ocurrió cantarla tal vez habría llegado un día a través de Nina Simone probablemente, pero eso ahora da lo mismo porque no fue asi.
Llegué a confirmar mi amor eterno por Nina a través de Buckley y no me creo más bacán que nadie pero si puedo asegurar que por algo sigue un poco vivo y aún no muere del todo.
Puedo asegurar que para hacer reseñas hablando de la pasión de Jeff o la vida de Buckley no basta con revisar el diario del Domingo.
Y ahora únanse enemigos, porque si es para eso mejor quédense callados.
Tal vez podría agregar que Jeff Buckley inventó una nueva fruta extraña que no cuelga de un árbol sino que se ahoga.
Ahhhhh. Men.

Confesiones de un barman

Tengo un palco que muchos desearían. Tengo el poder de negar una copa en el momento menos oportuno para hacerlo. Soy como la Copec cuando decide subir el precio de la bencina. Todo esto comenzó una vez que le dije a un cliente lo que debe haber sido uno de mis primeros consejos. Me contó que últimamente le costaba cada vez más volver a su casa y que llegar de noche a ella era como salir de un bar y entrar a una iglesia. El tema es que entre medio de sus excusas y las llamadas de su mujer, le dije que no se preocupara tanto, porque la noche es una ficción. Le dije que ni lo que decía acá ni lo que pasaría allá era una verdad absoluta. Uno de los clientes habituales, que es escritor, al escuchar esta anécdota me prestó un libro de Juan José Saer que dice algo así como que la ficción no vuelve la espalda a una verdad objetiva sino que se sumerge en su turbulencia. Nunca estar solo es una de las virtudes del barman sin los costos morales y legales de los dealers. Me he querido salir de atrás de esto que a veces es una prisión y que no se parece en nada a esa película horrible llamada Coyote ugly. Acá en general no hay minas ricas ni finales felices. Es más, los que llegan acá es porque los siguen buscando sin saber que en general la galleta de la suerte no está dentro de una botella. Es desde que me di cuenta que la noche es una ficción, que empecé a interesarme por las ficciones que se construyen del otro lado de la barra, ayudadas por lo que yo sirvo de este lado. Un bar a veces es como un búnker en una ciudad sitiada del que no se quiere salir por miedo a lo que pudiera suceder afuera, guerras internas hay siempre aunque como en Underground, no sean necesarias las guerras reales. Confieso que me gusta ser testigo de los miedos que los que llegan a tomar e intentan lentificar en la noche. Casi diría que usualmente ejercito la piedad al saber que el trayecto de la vuelta a casa los cacheteará con la realidad. Los after hour son un síntoma de la necesidad de hacer más lenta la caída. Disfruto enormemente creerle a ese cliente que una vez me dijo, robándole una frase a uno de sus grupos favoritos, que el barman tiene el don del perdón. Basta escuchar para entender que llegan a hablar. Y en mi caso, no esperan que esa sea una de las razones por las que nunca he deseado otra cosa que quedarme detrás de la barra. No esperan ni se imaginan que escuchándolos he aprendido a escucharme a mí mismo. Es así como creo tener un aprendizaje en el arte de conocer a la gente Sé discriminar cuando alguien viene con su novia, con su amante o con un proyecto futuro. Sé cuando alguien se hace pasar por caballero y es un hijo de puta. Sé cuando un pedido de un último trago es una excusa. Sé cuando alguien bajo la excusa de olvidar viene a recordar. Sé cuando una pregunta es una verdadera duda o un intento de confirmación de lo que ya se había pensado de antemano. Sé que al igual que los locos, los curados tienen varias verdades que deben ser contadas. Verdades que cuentan mientras dejan en la barra cartas notariadas, ampolletas, cortes en trámite, titulares que ya se cansaron de hablar con su señora y confesiones, que no sé si me hacen porque soy una cara demasiado conocida, o porque en vez de ser barman debiera haber sido tal vez cura. No lo soy pero a falta de otra palabra, tal vez el destino me ha puesto en el lugar donde muchos vienen a buscarla. Y si jugáramos un poco con las palabras tal vez mi vocación se equivocó por un error del diccionario porque por lo menos puedo decir que muchos sí salen curados. No esperen en el futuro de esta columna algo copuchento porque al igual que un psicólogo, un abogado o un cura, la pega de barman se toma en serio el respeto de la privacidad del que confiesa. Aunque tal vez en el juego de la confesión yo tenga mejores cartas, ya que soy el dueño de uno de los mejores sueros de la verdad que se ha inventado. No esperen interpretaciones sociológicas porque la realidad es siempre mucho más interesante que intentar explicarla. Acá la realidad es tan simple como saber que las penas no se ahogan nunca en un vaso, más bien flotan borrachas. Lo último que puedo decirles por ahora es que no hay mejor palco que el otro lado de la barra para tomar el pulso de lo que uno es, ha sido y quiere ser. No hay mejor butaca que una cara reflejada en un vaso recién servido.

Lo que escribí en la exposición de Papas Fritas.

Hay mil maneras de hacer arte e infinitas formas para hablar de él, pero una sola cosa suele acercarse más a lo real y se llama cuadro. Un cuadro implica elegir y renunciar. Elegir lo que quisiste decir y renunciar a lo que no pudiste o alcanzaste a decir. Cuando lo que se pinta se hace para hacer juego con el sillón o la mesa de centro, más que arte es diseño de interiores o una copa al servicio de COPEC. Estamos invadidos de acciones de arte que no son ni acciones ni son arte. Tiempos donde el alcalde de Valparaíso quiere hacer listas de la gente que compra pintura en aerosol porque no pinta en los lugares destinados para el arte oficial. O sea que si dices lo que hay que decir y dónde yo lo digo, puedes pasar de ser delincuente a ciudadano. Yo que no sé tanto de pintura, pero sí sé que el día que vi de frente un Brueguell me fui a la chucha, sé que el arte debiera siempre estar jugando con los límites sean los que sean. Límites de tiempos, de contenidos, de palabras. Lo demás es propaganda. El arte debiera ser una acción en sí misma y no una acción de arte. Para mí, Papas fritas sigue siendo siempre eso. El arte como algo instituyente en vez de algo instituído. Y es por eso que esta vez deja las puertas abiertas de su trabajo permitiendo que las cosas no sean resueltas como una sanción drástica y definitiva. En cambio, esta vez el interés está puesto en sufrir la experiencia, donde las acciones discursivas simplemente sucedan, enfrentando la propia ignorancia del autor–artista y la dura mirada del espectador a la fractura. Esta vez ese vacío que tanto ha criticado en su trabajo, pasa a desnudarse como parte de su obra. Es así como algo que empieza como una serie de retratos de sus influencias se transforma por el uso de los detalles, en algo mucho más cercano a un autorretrato. Lo que parte como el despliegue de una historia general se va convirtiendo así en una historia particular. La historia de cómo alguien se apropia de una macropolítica y la convierte en micropolítica. Los retratos de Papas no buscan el realismo de un Bravo ni esperan tampoco un bravo!. Son la forma en que alguien se hace cargo de sus influencias. La realidad acá no importa, ni menos el realismo. Como diría Bacharach: Una casa no es un hogar. Y siempre invitar a alguien a tu hogar es un acto valiente. Para invitar a la casa tenemos a homecenter. Para Papas fritas, el sentido común no es un lugar en el cual descansar sino todo lo contrario. A partir de elementos de la cultura pop trastoca el sentido común asociado a estos, para hacerlos decir otra cosa de lo que el esencialismo o la historia creó para ellos. ¿Cómo logra hacer de esos elementos cotidianos que siempre han estado ahí algo que nos diga otra cosa? Lo hace usando objetos del sentido común y traslandándolos a lo incierto, como si se tratara de jugar con metáforas y metonimias para mostrar que el orden establecido de los sentidos, sólo es una muestra más del poder del discurso hegemónico. Lo hace cambiando los finales Disney y haciendo hablar a los personajes de otra forma. Por ejemplo, para Papas, el lobo de caperucita roja se convierte en mucho más de lo que dice el cuento normativo. Por un lado, porta los colores de la iglesia que personifica la pedofilia en la distancia entre un lobo y una niña y por otro también del poder de la iglesia(que suele poner siempre la naturaleza de su lado). En ese gesto, también demuestra que ese enemigo que fue el lobo en toda nuestra infancia, ahora se volvió mucho más real y que basta con ir a la iglesia del bosque para encontrarlo, en vez de ir al bosque mismo. Papas vende lo que pinta en vez de pintar lo que vende. Hace y deshace los cuentos oficiales para hacer de eso, lo que a veces el arte tiene de realidad y no de realismo. Y en esta diferencia, creo que está, toda la fuerza de su arte.

Quietud

En tiempos en que la deconstrucción se vende como fábula de una nueva libertad y el silencio te lo enseñan en mindfullnes, quietud, me da esperanza. Lo que hicieron Caccioutollo y Abalo es algo parecido a ser testigo del inicio del mundo. Esos primeros ruidos de estromatolitos formados por microorganismos creciendo en capas para evitar ser sepultados por sedimentos.
Este disco me hace pensar en varias cosas:
Esa vez que en una clase de psicología, un profesor explicó la diferencia entre lo instituido y lo instituyente.
En por qué quise ser psicoanalista.
En Nina.
En la gestalt.
En Bateson.
En Egon Schielle.
En Satie.
En E.T
En la foto que se borra en volver al futuro.
En que Jim Carrey se esconde debajo de la mesa de la cocina cuando le piden que vaya a lo más inconsciente.
No voy a ponerme a dar la lata, explicando cada punto que une estas cosas que pienso, ya que ustedas(no me corrijan) pueden sacar sus propias conclusiones.
Sólo diré que todos esos puntos se unen todos en algún lado. En ese Pollock que demuestra que hasta el caos tiene reglas. En esa gigante de Eunice, que logra que hasta Cortázar se equivoque: “Llegué a aceptar el desorden de la Maga como la condición natural de cada instante, pasábamos de la evocación de Rocamadour a un plato de fideos recalentados, mezclando vino y cerveza y limonada, bajando a la carrera para que la vieja de la esquina nos abriera dos docenas de ostras, tocando en el piano descascarado de madame Noguet melodías de Schubert y preludios de Bach, o tolerando Porgy and Bess con bifes a la plancha y pepinos salados.”
Nina rescató Porgy and bess en el 62, Julio lo escribió en el 63 y Caccioutollo y Abalo, la reconstruyen en el 2021 haciendo de la historia una espiral, un cangrejo, un fósil o un fusil en donde el tiempo se dispara, se desgasta, rebota, se agujerea y vuelve a nacer, en una nave piloteada por Major tom.
Y por si fuera poco, el disco termina con “coral tune”, que no es lo mismo que autotune, sampleando al campeón de Reinoso de Mostro.
Satie en la juguera de boards of mostro.
Lo único que le falta a este disco, es pagar la patente del Delorean.