Cada vez es más común escuchar esa frase que dice que el lenguaje construye realidad, como si lo real no existiera o dependiera sólo de nuestros deseos o percepciones. Esta forma liviana del decrétalo, olvida que todxs nacemos en un entramado de lenguaje que al mismo tiempo que nos permite interpretar el mundo y nuestra relación con él, nos determina.
Hablar es siempre hablarnos, porque siempre, algo falta.
Es así como a medida que las sociedades se extienden y cambian, también cambian con ellas desde las formas de identidad hasta el arte pictórico, que no es más que su reflejo. La figura humana no es la misma en Botero que en Egon Schiele, lo que se representa en Miguel Ángel, no es lo mismo que en Rafael, Rubens, Velázquez o Goya.
De esta forma, los cambios en los cuerpos van también adquiriendo o reformando nuevas costumbres y construyendo distintas maneras de simbolizar las identidades, que no son sólo cuerpos físicos sino una extensión simbólica del portador. Cuando una adolescente por ejemplo se corta los brazos “porque necesito sentir que mi dolor es real” es porque ese cuerpo está ligado a un dolor que es psíquico.
Es por esto que el lugar del cuerpo en un síntoma sólo es posible, si es que está representando algo. O sea, otra cosa.
Somos un cuerpo que se refleja en Otro, como si de un espejo se tratara, pero a diferencia de un gato que araña la imagen en el espejo como si lo que ve, fuera otro gato, el lenguaje permite representar esa imagen e identificarnos con ella. Ese del espejo soy yo y ese yo tiene un cuerpo.
De esta forma podemos comprender de qué manera el(la) “obeso” (la obesidad) no sólo es alguien que se “dejó estar”, sino el cruce entre un cuerpo y una historia en relación a ese Otro.
Un otro plasmado por madres muy controladoras, por el bullying en el colegio y construido a partir de diversas clases de abuso que van haciendo de ese cuerpo un cuerpo entregado a la deriva de un vacío que sólo calma la ansiedad, llenándola de comida. Como si en algún lugar la comida devolviera a esa relación simbiótica con la madre, en donde todo vacío era colmado no sólo con leche sino con la posibilidad de volver a eso que Freud llamaba sentimiento oceánico, que era ese tiempo mítico del útero donde todo era completitud.
Ese relleno del cuerpo gordo se transforma en algo sin control y por lo tanto sin límites. Una especie de negación de la subjetividad que difumina los contornos entre el adentro y el afuera y hace del deseo algo entregado a un mundo que antes de que se lo devore, es devorado. Como si teniendo todo, no aparecerá el vacío. De ahí que podemos entender la ansiedad siempre presente en estos cuadros. Ese colapso temporal es una pelea a vida o muerte entre tragar o ser tragado.
Hay varias formas de pensar en lo intrincado de este proceso y aunque toda generalización hace perder lo singular que hay en cada síntoma, es un camino que hace comprender la construcción de una subjetividad que borra paradójicamente la subjetividad.
Algo que se repite en muchxs de los pacientes, es una madre que se vincula de una forma en donde no existe el espacio propio, algo esencial para la construcción de la identidad. Padres que ponen candados en el refrigerador, madres que observan cada movimiento por el bien del otro y se terminan transformando en un panóptico en donde la diferencia y el deseo dejan de existir porque se empieza a hacer todo para ese otro que es el que sabe.
De vez en cuando todo eso que se calla para complacer a ese otro explota y aparecen todos los odios(no los oídos) juntos, una paciente lo metaforizó de forma perfecta: “Me cansé y les grité que pararan de criticarme, les grité que por qué chucha no pueden cerrar la boca”.
Hombres que han visto desde niños disminuída su masculinidad a causa de las reiteradas burlas en su infancia y que llegan a la consulta con 80 kilos de más diciendo: “Estoy tan gordo que ya ni me veo el pico”.
Muchas pacientes relatan haber sido mayormente criadas por abuelas en donde los gestos de amor y diferenciación con la madre, se metaforizaba en la forma de un dulce. Lo dulce como escape de una madre castradora, la comida como transitividad de la cercanía, del contacto, de la empatía. No es casual que muchas demandas de terapia parten cuando muere la abuela. ¿qué queda después?
La comida como representación de esos momentos de vínculo que ya no existen.
Hilde Bruch en su obra «Eating Disorders» enfatiza la dificultad que tiene el obeso para identificar sus propias sensaciones, no pudiendo tal vez como herencia de la incapacidad empática materna, reiteradamente sufrida, distinguir hambre de saciedad ni hambre de otras emociones que le embargan cotidianamente.
La consecuencia de esto, observada constantemente en pacientes, es el comer como respuesta a las emociones más diversas. No recuerdo el nombre de una película en donde un padre solucionaba todo con un limpiavidrios, pero se parece a esas madres o padres que solucionaban todo con un chupete.
El síntoma del obeso termina siendo al final una metáfora totalizante que termina ocultando al sujeto.
La obesidad termina siendo un mecanismo para ocultar al fin y al cabo la pulsión y el deseo.
Es muy frecuente escuchar comentarios como: “Tengo que conformarme con el marido que tengo porque míreme” “Odio mi trabajo pero nadie aceptaría a una gorda como yo”
De una forma parecida hay hombres que dicen: “Empecé a engordar cuando me casé y empecé a tomar 12 chelas antes del trabajo porque no quería llegar a la casa” “No tenemos sexo hace como un año porque nadie desearía a alguien así, pero ahora voy a putas y terminaron siendo mis amigas”.
Estas “sentencias” muestran la manera en que la obesidad se convierte en síntoma.
Es así como la obesidad no sólo quiere negar el cuerpo sino también la mirada.
Es como si se duplicara la negación de ser objeto de deseo o más bien como si se convirtiera en algo real. Un cuerpo vulnerable y ofrecido. Un cuerpo perdido al que la mirada pareciera ya no importarle.
Es por esto que no es casual que en la mayor parte de los pacientes obesos, nos encontremos con narraciones distintas pero finales casi iguales: La historia de cómo han perdido la autoridad sobre su cuerpo.