Los discos de la vida de Pato Urzua
Queen – All dead, all dead
El primer disco que tuve fue News of the world, de Queen… lo heredé de una
tía. Y la verdad hasta hoy creo que las mejores canciones de Queen se tratan
de la muerte… de una manera bien vodevilesca. En plena adolescencia, no me
costó nada hacer la transición de esos melodramas sonoros a cosas como Pink
Floyd primero y al rock progresivo después.
Víctor Jara – El hombre es un creador
De chico me gustó por el sonido, aunque con los años me fui dando cuenta del
sentido profundo que tiene, o que creo que tiene: las conquistas “del hombre”
provienen del ingenio proletario de los que efectivamente hacen la pega. No es
que “el hombre” llegue a la luna o excave las montañas, ahí hay alguien
haciendo su pega. Creo que esa ética de trabajar desde abajo se ha quedado
conmigo hasta hoy.
Suárez – Falso ladrido
A Suárez los descubrí viendo el video de Morirían, una canción de su primer
disco, en Much Music. Después, de casualidad, encontré su segundo disco en
los dos caracoles. Creo que Rosario Bléfari es una de las personalidades más
originales de la música en español, y su voz conjura cierta fragilidad que me
parece irresistible.
Boards of Canada – Smokes quantity
Me parecen los exponentes más amables de ese sonido Warp de los 90… de
cuando parecía que la electrónica iba a ser la próxima revolución en la música
y nadie nunca más iba a tocar una guitarra eléctrica. Ellos, plaid, plone,
autechre, aphex twin, squarepusher, tienen discos que encuentro fascinantes
hasta hoy.
Fever Ray – Dry and dusty
Me impresionó mucho el disco de Fever Ray, a pesar de que nunca tuve rollos
con The Knife. Tiene algo desolado y terminal que me sirvió de referencia
emocional, digamos, mientras escribía mi primera novela.
Gepe – Los barcos
Creo que soy un viudo de ese primer sonido de Gepe, acústico y personal,
aunque eso no significa que no me gusten sus discos más nuevos. A Gepe le
hice la que debe haber sido una de sus primeras entrevistas, para La Nación
Domingo. De Gepinto, esta es la que más me gusta, tiene algo inconcluso y
repentino que se relaciona con aquello del “arte” (dejemos para después la
discusión acerca de qué es eso) que más me atrae: lo esbozado, lo entrevisto,
lo casi terminado.
Walter Roblero en Los discos de mi vida
Bloque 1
Cuando niño escuchaba la música que tenía mi mamá en la casa, que igual eran cosas interesantes y estaban en vinilo: The Beatles, Otis Redding, Ella Fitzgerald, etc. Yo tenía un tornamesa de pickup rojo con radio, de esos tipos maleta, donde escuchaba todas esas cosas.
Luego me dio por el rock latino, como a los 8 o 9 años. Me sabía todas las de Los Prisioneros, Soda Stereo, Virus. Grababa las canciones de la radio. Incluso me acuerdo de grupos menores que solo tuvieron un hit por esa época. Recuerdo con cariño esa etapa, pero no la valoro tanto. No me nace escuchar nada de eso de nuevo, ni siquiera a Los Prisioneros.
Creo que comencé a escuchar música en serio por influencia de mi papá y sus hermanos, que eran todos como un grupete de jipis tardíos que escuchaban todo el rollo del rock clásico (Deep Purple, Led Zeppelin, Grand Funk, etc.). Eso fue como a los 12 años. Me acuerdo de paseos a la playa o al campo escuchando el “Made in Japán” de Deep Purple a todo volumen.
Después con mis compañeros de colegio descubrimos cosas más interesantes, como Pink Floyd, que durante un rato me rallaron. Cada cierto tiempo retomo sus discos y me siguen pareciendo geniales. Y no me refiero solo a su etapa inicial; me gusta todo lo que hicieron hasta que se fue Roger Waters, que fue en el disco The Final Cut(1983). He elegido un tema de su segundo álbum A Saucerful of Secrets (1968).
Tema: Pink Floyd “Set up the control for the heart of the sun”
Bloque 2
En mi barrio de la infancia, la población Juan Antonio Ríos, me juntaba con punkies y metaleros que estaban en una posición muy de militancia musical y cada vez iban radicalizando su discurso. Con ellos escuché mucho hardcore, thrash y death metal, en paralelo que iba buscando nuevas cosas, porque a mí me interesaba mucho también el new wave, el dark, él industrial y la música experimental, entonces a veces era acusado de mamón por los más talibanes, que se espantaban con cualquier sonido de teclado o melodías que se salieran de sus márgenes. Con esos amigos también participé en mis primeras bandas. Toqué en grupos metaleros, incluso de grindcore, y fui a las primeras tocatas.
También me juntaba con unos locos mayores que yo en el colegio que me mostraron mucha música interesante, yo iba en 1° medio y ellos ya iban saliendo de 4°. Gracias a ellos mi criterio musical se amplió y siempre estaré agradecido de sus aportes, porque teniendo 14 años, en 1990 (en pleno fin de la dictadura) conocí cosas que me hacían pensar en que era un afortunado de estar en ese momento. Estos tipos me mostraron a Velvet Underground, The Jesus & Mary Chain, The House Of Love, The Waterboys, incluso cosas más duras y experimentales como Swans, Coil, Einztürzende Neubauten o The Young Gods.
También hacían canciones con lo que tenían a mano; una guitarra, un teclado bontempi destartalado, etc. Lo pasé muy bien con ellos, eran de Quinta Normal. Escuchábamos música toda la tarde y después nos íbamos a tomar copete debajo de los puentes que habían cerca de la termoelectrica. Se llamaban Roberto Collao y Cristian Orellana (a Orellana lo sigo viendo a veces, hoy es ingeniero y tiene una gran colección de vinilos).
Elegí este tema de Godflesh de su disco Streetcleaner (1989), porque siempre he pensado que condensa un poco todo lo que me gustaba en esa época y porque todavía son un grupo inclasificable y maravilloso.
Tema: Godflesh “Locust Furnance”
Bloque 3
Conocí a Rodrigo Santis en el Instituto Nacional. Nos hicimos amigos y pasábamos harto tiempo junto, intercambiando música. Nos salió la idea de hacer un fanzine y ahí fue como nació Neutral. Era pleno auge de lo Alternativo y de la militancia Indie Rock. El Fanzine duró tres números, hasta que nos aburrimos y pensamos que era mejor tocar música. Rodrigo ya tenía un grupo al cual le había dedicado bastante tiempo pero no dio mayores resultados. Así que en 1996 fundamos Congelador, junto a su hermano Jorge. En esa época hubo varios grupos que nos tenían rallados. Sonic Youth, Fugazi, Jesus Lizard y además toda la nueva música que comenzaba a surgir, el Post Rock de grupos como Moonshake, Bark Psychosis o Disco Inferno. Los noventa fueron el reventar de cosas interesantes musicalmente.
Si me preguntas por discos, cuando comenzamos con el grupo creo que “Bakesale” de Sebadoh y “Alien Lanes” de Guided by Voices fueron fundamentales. Eran los mejores ejemplos para nosotros de que se podían hacer buenas canciones con sentido pop sin perder la energía y la capacidad de riesgo, incluso grabando de manera muy precaria.
Temas: Sebadoh “S. Soup” – Guided by Voices “Motor away” (¿puedes poner estas dos juntas? La de Guided By Voices es cortita
Bloque 4
en paralelo, pero posteriormente también, me interesé en cierta música que puede denominarse, “de autor” aunque suene medio ridículo. Pasó mucho que la gente que escuchaba indie rock más duro después como que se fue aburriendo y se pusieron a escuchar folk, se interesaron por Nick Drake o Leonard Cohen. A mí me pasó igual, pero creo que entre a esas cosas gracias a Nick Cave & The Bad Seeds, que siempre han sido de mis favoritos (pero no voy a poner nada de ellos para no seguir trillándolos). gracias a Nick Cave descubrí también que había música increíble proveniente de Australia.
Así llegue a escuchar a The Triffids y The Go Betweens, que me alucinaron, por su historia, por el hecho de autoexiliarse de sus tierras para probar suerte con su creación y por el coraje que enfrentaban la composición de canciones. Podían tener un sentido muy pop, con guitarras fabulosas, pero con unas letras muy narrativas, que delatan mucha observación vivencial, centradas en pequeñas historias cotidianas de clase media.
Elegí un tema de uno de los compositores de Go-Betweens, Robert Forster, de su disco “The Evangelist” que sacó después de la repentina muerte de su partner Grant McLennan, con quien habían reactivado la banda en el 2000, después de diez años sin tocar juntos. Este disco es una especie de homenaje a su camarada.
Canción: Robert Forster “If It rains”
Bloque 5
Swans es otro de mis grupos favoritos. También los descubrí en la adolescencia, con sus discos más radicales, como Filth (1982) o Cop (1983). Fueron también importantes cuando comenzamos con Congelador y creo que se nota mucho en nuestro primer disco. La obra de Michael Gira es algo que he seguido siempre. Me interesan también las letras de esa etapa, muy centradas en lo corporal, en lo físico, en la tortura y el castigo. Creo que es lo más cercano en composiciones musicales a las teorías de Michel Foucault sobre el sometimiento del cuerpo. Trabajo en temas relacionados a los derechos humanos, por lo que este tipo de cosas me interesan doblemente.
Para mí fue una alegría que Gira haya reactivado a Swans, y que haya vuelto de la manera que lo ha hecho, con una banda con músicos magníficos y con dos discos de estudio que han sacado, que son de los mejores de sus carrera. Tuve la fortuna de verlos el año pasado y reo que cumplí un sueño que nunca pensé que iba a cumplir.
Este tema es de su album My father will guide me a rope to the sky (2010).
Tema: Swans “Jim”
Bloque 6
Para que decir que los últimos años han sido de mucha fecundidad musical y acceso total a todo lo que uno quiera escuchar. Dentro de toda la vorágine de información, una de las artistas que me ha llamado la atención es Zola Jesus, porque recoge, a través de canciones, las enseñanzas de muchos músicos que me gustan. Trabaja los ambientes con ensoñación y gusta del lado oscuro de las cosas. Está haciendo una carrera estupenda considerando que es muy joven todavía.
Tiene un acercamiento con la música que guarda cierta relación con la banda en la que toco actualmente: Los Embajadores.
Zola Jesus “Sea Talk”
Calostro
Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.
Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.
Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.
No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.
Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.
Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.
Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.
Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.
Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.
Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.
Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.
Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.
Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.
Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.
Leo Quinteros
ULTRAVOX
Vienna
Cuando recibí la invitación para escribir en este blog, estaba en mi casa escuchando música con una amiga. Habíamos dejado el ipod en aleatorio, y nos deteníamos cada vez que algo nos llamaba la atención para escucharlo de nuevo, meternos en el álbum y escucharlo completo o a pedazos también. Una escucha desordenada, pero atenta y entusiasta. Le comenté a mi amiga la idea del libro, y por defecto terminé hablando de mi niñez, quizás porque ahí residen los primeros encuentros con la música, y el impacto de esas primeras emociones es siempre definitivo, para bien o para mal. En esos días la música es un planeta nuevo, inexplorado.
Identifico claramente a Clics Modernos y Let It Be como los primeros discos que escuché insistentemente. Discos de la casa, que estaban porque si. Tatuados. A eso se sumaban los discos de mi hermano mayor: Accept, Iron Maiden (de los cuales fui fanático por años), Ozzy y más, hasta Pink Floyd. Una escuela que hoy sería muy Radio Futuro. Un tercer grupo eran los discos y casetes argentinos que aparecían gracias a mi primo Tobe que vivía en Buenos Aires. Por ahí Los Violadores estaban entre mis favoritos. Don Cornelio, también. Y un cuarto grupo, y aquí vive el disco del que hablamos, que llegó desde Alemania.
Jaime Fernández era un mito. El tío de pelo largo en una estructura familiar bastante rígida. El hippie. El que se fue a viajar por el mundo a los dieciocho y terminó siendo chef de comida griega en Berlín. No tenía recuerdos de él, lo conocía por las fotos que enviaba en las cartas dirigidas a mi mamá. Escenarios fríos, Europa, manos en los bolsillos de abrigos largos. Nieve.
Llegó un día a quedarse, lo esperábamos. Pronto llegó también su novia, Vicky. Una alemana rubia, alta, vestida de una manera distinta, no café. Si quieres saber como se veía Santiago en los ochenta, la respuesta es café. De regalo, mi tío nos trajo un puñado de vinilos: Nena, Howard Jones, Falco, ATF, David Bowie y «Vienna» de Ultravox.
Kraftwerk estaba muy lejos de existir para mi. El ritmo programado y cadencioso de la canción «Vienna» era un mantra que se podía escuchar eternamente. El ambiente era frío como las fotos que recordaba, ese era el lugar donde mi tío había estado. Ese era el sonido. La voz calma, luego épica y dramática. Mientras que atrás, un horizonte infinito, melancólico y misterioso, brilla. Como si presenciaras una película. Otro mundo.
Vienna contiene una frase que en su momento, y por años, malinterpreté: «Music is weaving» es el primer verso de la segunda estrofa. Pero yo entendía «Music is leaving», lo único que podía capturar de la escucha en inglés «La música está yéndose». ¿Cómo podía estar yéndose la música?, la frase me sugiere la soledad absoluta, la música tiene esa garantía: no puede dejarte, la tienes en un disco, en un casete, ahora en un ipod. Pero con el tiempo, y ahora lo entiendo, la música puede dejarte. Puedes volver a escuchar una canción amada y no sentir nada. Entonces la música te abandonó.
El disco no traía las letras. Tiempo después descifré la frase que se repite una y otra vez «it means nothing to me», que se canta en el punto épico de la canción «No significa nada para mi». La música se está yendo y no significa nada para mi, eso era lo que alcanzaba a percibir en ese frío ambiente.
Todo lo que tenía de Ultravox, de la música, era el disco. Ningún artículo en el diario, ni videos, ni revistas. Un disco negro, un sobre blanco y una carátula. Una foto blanco y negro de la banda en una onda ¿bauhaus? (usted si sabe me corrige). Me parece increíble el poder que tenía, en ésa época, un disco como rastro de un mundo posible, como pista de otra realidad a la que uno accedía a través de esta especie de membresía que obtienes comprando el objeto.
Ahora, cuando lo escucho creo que Low, de Bowie (grabado en Berlín junto a Brian Eno), es un antecedente directo de éste disco que inicia con Astradyne, canción que podría perfectamente estar en uno u otro álbum. La segunda, “New Europeans”, gana con el título y es una frase que perfectamente calzaría en cualquier disco del Camaleón. Anecdóticamente recuerdo que un hit español de los ochentas: “Lobo Hombre en París”, podría tener una inspiración en el tercer track, “Private Lives”.
Pero es el lado B, iniciado con Mr.X, el que se lleva el crédito. Aparecen las cuerdas, los ritmos fríos y certeros, la voz cambia y se desarrollan las opciones mas radicales del disco. Es un grupo inglés pero como alemán.
Vienna aparece después de Western Promises (que me parece un título excelente), desde un fundido cruzado, muy lentamente. Es una canción maravillosa, larga (hay una versión más extendida), se deja estar.
En tres canciones de este disco no me interesé, las dos últimas del lado A y la última del lado B. Me da la impresión que son todavía apuestas, intentos no completamente logrados de algo. Pero probablemente para otro oyente haya algo en ellas, por qué no.
Hay un vértigo en escuchar este disco desde el futuro, cuando el pop y las máquinas ya se han unido indisolublemente y ha nadie le sorprende la utilización de ciertos recursos que en algún momento parecieron novedosos. Pero el disco del que hablamos no es moderno sólo por el hecho de usar tecnología, es moderno en su temática, en su sentimiento, en la visión estética de un futuro cuya predicción creo que se cumple hoy y a la que otros aún no llegan o quizás decidieron no elegir.
Pienso en mi tío, que luego de pasar uno o dos años en Chile tuvo que salir clandestino por razones que a mi nunca me quedaron tan claras y que no sé si vale la pena indagar ahora. Nunca volví a hablar con él, y probablemente nunca supo el verdadero regalo que venía aparejado a ese puñado de discos. Me enteré de su muerte a principios de los años noventa, no recuerdo la fecha exacta, yo todavía estaba en el colegio y sólo sabía que estaba viviendo en Brasil. Lo más doloroso fue comprender (porque estas cosas no se hablan en la familia, uno las entiende en algún momento) que su final fue su propia decisión. Por eso elijo recordarlo desde esa foto en Berlin, vistiendo un abrigo que ya se lo querrían para cualquier videoclip, con el pelo al viento y con los primeros compases de “Vienna”, cuando era él y no yo, el que vivía en el futuro.
We walked in the cold air, freezing breath on a window pane, lying and waiting. A man in the dark in a picture frame, so mystic and soulful…
Gomberoff
REVOLVER, el disco que marcó mi vida, como si la vida fuera una pintura de coche de mala calidad y REVOLVER DE LOS BEATLES fuera un clavo, al menos una parte importante de ella.
Si me piden que hable sobre el disco que más ha marcado mi vida, pienso en muchas cosas a la vez, estas cosas se mezclan y mi cabeza se convierte rápidamente en una nebulosa trepidante. Encima digo que sí y luego no sé a cuál, ni siquiera a qué referirme; ¿cuántos discos?
Pienso que los discos son los retratos más exactos de momentos de la existencia, para quienes y para cuales; ¿Cuántos momentos?, ¿Cuántos retratos?.
Mucho retrato borracho, digo mucho disco que no me acuerdo.
REVOLVER DE LOS BEATLES fue el primer LP que escuché con atención y yo creo que es el que más vueltas ha dado en los torna-mesas que he tenido.
Es mi primer disco de ROCK, el séptimo de los Beatles.
En él, dejan definitivamente de lado el formato ye ye, que venían arrastrando desde sus primeras canciones, se vuelven experimentadores en los procesos del sonido y en la música. Y se adentran al género que en ese momento se llamó Psicodelia en relación a los estados mentales alterados por las sustancias químicas. Pero eso lo dicen los clasificadores de la música y la policía cristiana y anti-drogas, con los cuales no comparto casi nada porque no sé, no tengo.
Es un disco en el que los cuatro estos ya eran dueños de lo que hacían, en ese momento eran dueños del mundo inclusive, y se paseaban tranquilamente por el estudio haciendo y deshaciendo. Las canciones pueden ser muy experimentales respecto al pop del momento, pero no tengo ninguna duda de que contienen los mejores principios, escuchen el cardiaco “Good day sunshine” o “Im only sleeping”; los mejores solos de guitarra al revés y al derecho: al revés en “Im only sleeping” y al derecho en “She said” que también tiene un sonido prístino y expresivo en los tambores, “And your bird can sing” o “Got to get you into my life” y sus fanfarreas; un mantra multi-instrumento y multi-voz, una sobre otra con el “Tomorrow never knows”; Arreglos de voces sin par a la “Pet sound” (Beach Boys) en “Here There and Everywere” y hasta tiene una canción para niños, “Yellow submarine”.
El disco es redondo empieza con los beats violentos de “Taxman” y terminan con la gigante, trágica, densa, “Tomorrow never knows”.
Lo que decía antes de los momentos, que son retratados por los discos, en este caso da para cada canción también con sus high-ligths: “Taxman” es un energizante, sirve para empezar cualquier empresa incluso para salir a trotar(en mi imaginación porque nunca he salido a correr, a menos que haya tenido que irme escapando de algún lugar); La “Eleanor Rigby” una maravilla de canción que armoniza con cualquier cosa, cualquier comida, cualquier bebida y cualquier situación; “Im Only Sleeping” en un domingo, agetreado despertando, bien acompañado y con resaca.
No sigo, es un disco que me gusta mucho y que nunca he dejado de escuchar. Preferiblemente en vinilo y con altavoces grandes y así que sus canciones inunden las habitaciones de tu morada o si vives en esas piezas cuyo aviso de alquiler dice: “Se arrienda pieza para persona sola”, puede escucharse en un equipo más pequeño e igual vas a llorar.