ULTRAVOX
Vienna
Cuando recibí la invitación para escribir en este blog, estaba en mi casa escuchando música con una amiga. Habíamos dejado el ipod en aleatorio, y nos deteníamos cada vez que algo nos llamaba la atención para escucharlo de nuevo, meternos en el álbum y escucharlo completo o a pedazos también. Una escucha desordenada, pero atenta y entusiasta. Le comenté a mi amiga la idea del libro, y por defecto terminé hablando de mi niñez, quizás porque ahí residen los primeros encuentros con la música, y el impacto de esas primeras emociones es siempre definitivo, para bien o para mal. En esos días la música es un planeta nuevo, inexplorado.
Identifico claramente a Clics Modernos y Let It Be como los primeros discos que escuché insistentemente. Discos de la casa, que estaban porque si. Tatuados. A eso se sumaban los discos de mi hermano mayor: Accept, Iron Maiden (de los cuales fui fanático por años), Ozzy y más, hasta Pink Floyd. Una escuela que hoy sería muy Radio Futuro. Un tercer grupo eran los discos y casetes argentinos que aparecían gracias a mi primo Tobe que vivía en Buenos Aires. Por ahí Los Violadores estaban entre mis favoritos. Don Cornelio, también. Y un cuarto grupo, y aquí vive el disco del que hablamos, que llegó desde Alemania.
Jaime Fernández era un mito. El tío de pelo largo en una estructura familiar bastante rígida. El hippie. El que se fue a viajar por el mundo a los dieciocho y terminó siendo chef de comida griega en Berlín. No tenía recuerdos de él, lo conocía por las fotos que enviaba en las cartas dirigidas a mi mamá. Escenarios fríos, Europa, manos en los bolsillos de abrigos largos. Nieve.
Llegó un día a quedarse, lo esperábamos. Pronto llegó también su novia, Vicky. Una alemana rubia, alta, vestida de una manera distinta, no café. Si quieres saber como se veía Santiago en los ochenta, la respuesta es café. De regalo, mi tío nos trajo un puñado de vinilos: Nena, Howard Jones, Falco, ATF, David Bowie y «Vienna» de Ultravox.
Kraftwerk estaba muy lejos de existir para mi. El ritmo programado y cadencioso de la canción «Vienna» era un mantra que se podía escuchar eternamente. El ambiente era frío como las fotos que recordaba, ese era el lugar donde mi tío había estado. Ese era el sonido. La voz calma, luego épica y dramática. Mientras que atrás, un horizonte infinito, melancólico y misterioso, brilla. Como si presenciaras una película. Otro mundo.
Vienna contiene una frase que en su momento, y por años, malinterpreté: «Music is weaving» es el primer verso de la segunda estrofa. Pero yo entendía «Music is leaving», lo único que podía capturar de la escucha en inglés «La música está yéndose». ¿Cómo podía estar yéndose la música?, la frase me sugiere la soledad absoluta, la música tiene esa garantía: no puede dejarte, la tienes en un disco, en un casete, ahora en un ipod. Pero con el tiempo, y ahora lo entiendo, la música puede dejarte. Puedes volver a escuchar una canción amada y no sentir nada. Entonces la música te abandonó.
El disco no traía las letras. Tiempo después descifré la frase que se repite una y otra vez «it means nothing to me», que se canta en el punto épico de la canción «No significa nada para mi». La música se está yendo y no significa nada para mi, eso era lo que alcanzaba a percibir en ese frío ambiente.
Todo lo que tenía de Ultravox, de la música, era el disco. Ningún artículo en el diario, ni videos, ni revistas. Un disco negro, un sobre blanco y una carátula. Una foto blanco y negro de la banda en una onda ¿bauhaus? (usted si sabe me corrige). Me parece increíble el poder que tenía, en ésa época, un disco como rastro de un mundo posible, como pista de otra realidad a la que uno accedía a través de esta especie de membresía que obtienes comprando el objeto.
Ahora, cuando lo escucho creo que Low, de Bowie (grabado en Berlín junto a Brian Eno), es un antecedente directo de éste disco que inicia con Astradyne, canción que podría perfectamente estar en uno u otro álbum. La segunda, “New Europeans”, gana con el título y es una frase que perfectamente calzaría en cualquier disco del Camaleón. Anecdóticamente recuerdo que un hit español de los ochentas: “Lobo Hombre en París”, podría tener una inspiración en el tercer track, “Private Lives”.
Pero es el lado B, iniciado con Mr.X, el que se lleva el crédito. Aparecen las cuerdas, los ritmos fríos y certeros, la voz cambia y se desarrollan las opciones mas radicales del disco. Es un grupo inglés pero como alemán.
Vienna aparece después de Western Promises (que me parece un título excelente), desde un fundido cruzado, muy lentamente. Es una canción maravillosa, larga (hay una versión más extendida), se deja estar.
En tres canciones de este disco no me interesé, las dos últimas del lado A y la última del lado B. Me da la impresión que son todavía apuestas, intentos no completamente logrados de algo. Pero probablemente para otro oyente haya algo en ellas, por qué no.
Hay un vértigo en escuchar este disco desde el futuro, cuando el pop y las máquinas ya se han unido indisolublemente y ha nadie le sorprende la utilización de ciertos recursos que en algún momento parecieron novedosos. Pero el disco del que hablamos no es moderno sólo por el hecho de usar tecnología, es moderno en su temática, en su sentimiento, en la visión estética de un futuro cuya predicción creo que se cumple hoy y a la que otros aún no llegan o quizás decidieron no elegir.
Pienso en mi tío, que luego de pasar uno o dos años en Chile tuvo que salir clandestino por razones que a mi nunca me quedaron tan claras y que no sé si vale la pena indagar ahora. Nunca volví a hablar con él, y probablemente nunca supo el verdadero regalo que venía aparejado a ese puñado de discos. Me enteré de su muerte a principios de los años noventa, no recuerdo la fecha exacta, yo todavía estaba en el colegio y sólo sabía que estaba viviendo en Brasil. Lo más doloroso fue comprender (porque estas cosas no se hablan en la familia, uno las entiende en algún momento) que su final fue su propia decisión. Por eso elijo recordarlo desde esa foto en Berlin, vistiendo un abrigo que ya se lo querrían para cualquier videoclip, con el pelo al viento y con los primeros compases de “Vienna”, cuando era él y no yo, el que vivía en el futuro.
We walked in the cold air, freezing breath on a window pane, lying and waiting. A man in the dark in a picture frame, so mystic and soulful…