Nader Cabezas

BEHAVIOUR

PET SHOP BOYS

El toque de queda nos había pillado en la calle pero no estábamos preocupados. Lo importante en ese momento eran los brotes en las plantas de la calle, creciendo bajo la luz amarilla de Antonio Varas. La primavera estaba muy cerca y yo hacía mi imitación de James Brown en Please Please Please, -tratando de exorcizar alguna pena de amor- ante la risa cómplice de mi viejo amigo. Llegamos al departamento y Daniel no tarda en abrir un par de botellas, mientras suena “Behaviour” de Pet Shop Boys, que era el disco que había escuchado toda la semana, todo el día. Daniel viene de la misma ciudad de provincia que yo. Fuimos a los mismos colegios, conocimos a la misma gente, escuchamos la misma música. Habíamos pasado por los ramos obligatorios de Creedence, Guns, Led Zeppelin, Pink Floyd y por supuesto toda la ola grunge a principios de los 90. Pero también es cierto que toda esa ola tenía como telón de fondo lo que sonaba en la radio: Fleetwood Mac, Cock Robin, David Bowie, Emerson, Lake & Palmer, Alan Parsons, Kate Bush… Tal vez no sabíamos los nombres en ese momento (excepto Bowie), pero a medida que el tiempo pasaba y la ola grunge hacía espuma y desaparecía, lo que escuchábamos en la radio fue tomando cada vez más importancia. Esa música que no habíamos elegido era ahora la banda sonora de nuestra infancia y juventud, testigo de nuestras soledades y nuestras primeras peleas, en el papel de agentes de la horrorosa narrativa masculina de provincia.

Daniel baja a la bodega a buscar un blanco. El negro de la noche comienza a dar paso a un gris muy sutil, azulado. Me acerco al ventanal y miro un gran árbol que se estremece con el viento, al fondo de la calle Valenzuela Castillo.

It’s only the wind blowing litter all around

Just a little wind and the trees are falling down

There’s nobody crying, that was yesterday

Inside we’re all smiling, everything’s okay

El divorcio de Daniel tuvo lugar años atrás. El mío en cambio tiene el cartel de recién pintado. Hablamos de nuestros respectivos fracasos a medida que la luz comienza a llenar el cielo. Me acerco nuevamente al ventanal para mirar de cerca los árboles que intentan abrazarse en este amanecer que se rehúsa a ocurrir de una vez por todas. Me fijo en el juego de perspectivas que hacen las escaleras en un edificio de al fondo. Le pregunto a Daniel si ha ido alguna vez allí, pero está demasiado sorprendido de estar echado en su propia alfombra por primera vez en la vida. “Nunca había mirado desde acá” -dice. Me acerco más al ventanal y miro hacia abajo y pienso en lo cerca que está septiembre, el mes donde los amigos suelen lanzarse al vacío. ¿Qué habrá más allá del pavimento?

La cara de Daniel se pone gris y apenas la distingo en la penumbra mientras hablamos de cómo los curas culiados abusaron de su hermano. Mucha religión, mucha culpa y esa sensación de estar irremediablemente solos tras cada brindis. Le cuento el sueño que tuve con mi mamá: la seguía arriba de una torre muy alta, con nubes hermosas. Me daba un ataque de vértigo tan grande que desperté ahogándome. Me gustaría ser más valiente en mis sueños.

I wonder if you care and cannot bear the proof

It hurts too much to face the truth

To face the truth

Duele aceptar la verdad. Me veo dentro de un canil en un parque de Santiago. No sé cuál de los dos tuvo la mala idea de pensar que sería un lugar más tranquilo. Tú no dejas de estar pendiente de tu perra. Yo estoy tratando de decirte algo, pero el poodle negro con tutú -no esterilizado- no deja de molestar, tratando de montar a otra perra y chocan contra mis pies cada vez que quiero decirte que puede que me esté enamorando de ti. Suelto unos lagrimones, me apoyo en la baranda y me falta el aire, como en el sueño que tuve. Me reacomodo la puta mascarilla y me limpio la cara. Me miras desde atrás como en esa escena de Audrey Hepburn con Shirley MacLaine en The Children’s Hour. Es la cuarta vez que nos vemos en la vida. Te digo que prefiero a Shirley sobre Audrey. Tú me dices que tu perra me ama. Y es difícil aceptar los hechos, cuando están tan encima de mi cara. Sé que debería madurar y tomarme las cosas con calma, pero eres la única que entiende mientras me acaricias el brazo como deseándome pronta mejoría en medio de este canil donde el perro odioso con tutú da rienda suelta a su lujuria y el dueño nos dice que le aforremos nomás si es que nos molesta.

If you give up your affairs forever

I will give up mine

But it’s hard

So hard

A Claudia no le fue bien con el ritual de San Pedro. Es cierto que yo mismo le aconsejé que lo hiciera, pero no sabía que lo harían de noche, encerrados en un departamento. También es cierto que aún siento ternura por ella, sobre todo cuando veo que sus manos tiemblan y su voz tirita cuando me relata la experiencia de haber sido visitada por un humanoide -una especie de fantasma de las navidades pasadas- que le hizo una breve pero elocuente retrospectiva de los abandonos que sufrió en su vida: su padre y luego yo. Claudia parece vivir encerrada dentro de su cabeza. Puede que eso sea lo que me atrajo de ella hace 20 años, la seguridad de la jaula. Por mi parte, tampoco tengo nada de lo que vanagloriarme: nunca he ido muy lejos.

I never knew the world could operate this way

I was nervous when we stopped to speak

And the world came crashing around my feet

Vuelvo a Daniel y a su departamento. Hoy es mi turno de dormir en el sofá, cosa que hago luego de cerciorarme de que no hay respuesta para mi último mensaje, donde adjunto una foto borrosa de la mesa, que me da vergüenza, aunque borrarla sería peor. Despierto al mediodía. Daniel duerme en su cama. Más tarde irá a ver la champions donde su amiga a la que llama prima, a pesar de no tener ningún lazo sanguíneo con ella. Voy por mis zapatillas, mi mascarilla y bajo el ascensor. En mi cabeza sigue sonando el Behaviour. Camino por Valenzuela Castillo hacia abajo. Pido un sándwich vegetariano en un local pasado Manuel Montt. Veo una paloma muerta en la hierba y le tomo una foto. Me chorreo los dedos y me doy cuenta -muy tarde- de que no pusieron suficientes servilletas (o debo haber olvidado cómo se come un sándwich). En la cuadra siguiente me encuentro con el árbol que miraba desde el ventanal. Parecía tan vivo entonces y ahora solo me parece un árbol común. Le tomo una foto y se la mando a Daniel: este era el árbol, el sobreviviente del que hablábamos anoche. Sigo caminando a mi casa dispuesto a tomar una ducha y a dormir. En un día sábado, con toque de queda y sin permiso, no aspiro a más. Estoy a punto de cerrar la cortina de mi pieza cuando recibo tu mensaje. Nos juntamos en el parque que días después será mi lugar de confesión. Vamos a tu casa por un café, pero en lugar de eso abres una botella de vino, mientras te veo sonreír cuando te digo que no me molesta en absoluto que tu perra duerma en la cama con nosotros.

Nuno Veloso

Suede. Dog Man Star.

1996. En José Zapiola casi esquina Vicente Pérez Rosales quedaba la casa de mis abuelos paternos. Ahí estaba viviendo yo, mientras cursaba mi primer año de Ingeniería de Ejecución en Sonido en la VIPRO. Ese año fue increíble, aprendí mucho de música. No por la carrera, por supuesto, en la que duraría solo dos años. Lo que más aprendí de música lo aprendí por los amigos que tuve en clases, que me prestaban discos de bandas que no había escuchado nunca en mi natal Rancagua. Sí había oído hablar de ellas y leído de ellas, en revistas o periódicos, y me las imaginaba. Una belleza que hoy no existe, en cierto modo. Todo la música está ahí, pero no existe la emoción de la espera ni la anticipación. Menos de la imaginación.

Antes de irme a vivir a la capital ese año, yo solía viajar por el día desde Rancagua solamente a vitrinear discos. Era algo que hacía cada uno o dos meses, desde chico. Me metía en la Fusión y pasaba todo el día, mareado revisando todos los estantes de principio a fin. Pero ese año, 1996, fue un año donde tuve la libertad de poder ir cuando quisiera a ver discos, y lo hice. No solo en Fusión. También pasaba en la Background, en Prontomusica, en donde sea. Recuerdo que el verano de fines de 1995, justo antes de irme a estudiar, conocí en la Radio Futuro -por entonces de la Inmensa Minoría- a The Auteurs. Quien sea que haya programado ese especial debe saber que me dio un gran regalo ese día. Alguien programó lo mejor de los discos que tenían entonces -New Wave y Now I’m a Cowboy- y conocí así la música de Luke Haines, maestro total. Qué iba a saber yo que 20 años después, el martes 8 de diciembre de 2015, me iba a tomar una pint con Haines en el Assembly Arms de Kentish Town de London.

Pero por ahora estoy hablando de 1996. Apenas llegué a vivir donde mis abuelos, con la plata de esa primera semana para mi colación, me compré altiro el New Wave de los Auteurs en Fusión. A la semana siguiente, compré otro disco. Y así, iba gastando mi mesada en discos, incluso a veces no comiendo nada en la U o no tomando micro para poder comprarme un CD. Era un junkie.

En Rancagua llegaban discos, claro. Me compré el Dummy de Portishead el 94 cuando estaba en 3ero medio, en la tienda de Waldo Nahuel, eterno vendedor de discos la raja en la ciudad. Él también me vendió el The Serpents Egg de Dead Can Dance. El Post de Bjork también me lo compré el 95 en Rancagua, en la Sonidos del Paseo Independencia. Pero nunca hubiera encontrado el CD de Psi Com en Rancagua -que me lo recomendó el Javier de Prontomúsica, con su peinado a lo Robert Smith. O el Bossanova de Pixies, que me lo recomendó Andrés Paucay, un amigo que conocí en la VIPRO y con el que pelábamos el cable con The Cure. (Debo acotar que yo no conocí nunca un fan de The Cure en mi pasar por el colegio. Al contrario, me hueveaban porque escuchaba eso en vez de Pantera, por ejemplo). Andrés me recomendó el Bossanova y me prestó el Four-Calendar Café de los Cocteau Twins, entre otros discos. Y, así, todo creció como bola de nieve. Me compré el Head over heels y el Victorialand y terminé yendo donde Hugo Chavez a decirle que me declaraba fan de Cocteau Twins, y me vendió el Forever de Cranes, confiando en que me gustaría. Y ¡oh sí! que me encantó.

Otro compañero de la VIPRO, el Vidal, que era metalero -y también de Rancagua- tenía un peluche de serpiente en su casa además de cortinas de Cannibal Corpse, y cachó que yo tenía una tendencia darkie en mis papilas auditivas -siempre darks, nunca indarks- y me prestó discos cargados al doom y lo teatral, como el Bloody Kisses de Type O Negative en cassette (que menos mal lo escuché por primera vez con audífonos en la casa de mi abuela, porque sino ella se hubiera espantado con los primeros dos minutos), el Conspiracy de King Diamond, el Wolfheart de Moonspell, el Welcome to my Nightmare de Alice Cooper y los cuatro CDs qué Danzig tenía a la fecha. Para qué decir que Danzig me voló la cabeza y hasta el día de hoy el Danzig IV es para mí un disco impresionante y un favorito de la vida. Así terminé buscando más música del estilo, en disquerías ya inexistentes de las galerías de Providencia, y llegué a otro álbum de cabecera y que me cambió la vida, como el Velvet Darkness They Fear de Theatre or Tragedy. Otro compañero en la VIPRO, el Javier, era fan de Ministry, de Front Line Assembly, NIN, Skinny Puppy y similares… pero su legado más grande fue mostrarme a los Residents y prestarme todos los discos de King Crimson.

Pero hay discos que no te los recomienda nadie y aparecen de la nada -o uno se les aparece a ellos- como si hubiesen estado siempre ahí, como el caballo de tiza de Uffington -el de la portada del English Settlement de XTC-, los petroglifos de Nazca, o esos discos que estaban donde mis papas desde antes de que yo naciera, preexistentes, como los vinilos del Catch Bull at Four de Cat Stevens, el Tapestry de Carole King, o el Hotel California de Eagles. Discos que restrogeando revisaba, miraba sus carátulas y puse en un tocadiscos Pionner por primera vez cuando tenía como 7 años. Son discos que hasta hoy me parecer inmortales, perennes.

Eso me pasó con un cassette que estaba en la Feria del Disco del Apumanque, a $500, a comienzos de 1996. Siempre solía ir ahí después de clases, a dar unas vueltas, ver discos en SPEC o en la Feria, y comer algo. Me llamó la atención de inmediato la portada, lúgubre, melancólica, con unas letras que decían London Suede. Dog Man Star. Hipnotizado, lo compré sin dudar. Se sentía como que hubiera estado esperando a que yo llegara. Yo había escuchado hablar de Suede un tiempo antes de eso, porque cuando conocí a los Auteurs en la Futuro me enteré de que las dos bandas eran algo como antagónicas, al menos esa era la promo, como de estas típicas broncas que inventan los tipos del NME, del tipo Blur vs. Oasis, Beatles vs. Stones, Prisioneros vs. La Ley. Simplemente no pensé en llevarlo, fue automático. Ni siquiera pregunté si podía escuchar el cassette antes de comprarlo. Eran 500 pesos y yo no perdía nada. De hecho, gané a mi segunda banda favorita de los 90s. La primera sería Pavement, y los conocería por MTV con el video de Stereo en 1997, y el Brighten the Corners lo compraría al toque en la Background. El Wowee Zowee lo compraría en Fusión unas semanas después y todos los LPs del Slanted hasta el Brighten (incluyendo el Watery Domestic) por Amazon el 98, llegaron en una caja. Tiempo después los vendería todos y me quedaría solo con el Crooked Rain, que me lo firmaría Malkmus el 2002. Pero eso es otra historia. Con el tiempo, he hablado con Malkmus, Spiral, Bob, con Brett Anderson y Mat Osman. Una locura pensar que de verdad me parece que cuando Einstein dijo que la diferencia entre pasado, presente y futuro es una ilusión, tenía razón. Todo sucede al mismo tiempo.

Acostumbrado a abrir los discos de inmeadito, apenas los compraba, y a ir escuchándolos en la micro, acá con el Dog Man Star tuve que aguantarme hasta la casa porque en esos días ya no tenía Walkman, solo Discman. Llegué a la casa de mis abuelos emocionado y expectante. Ahí, encerrado en mi pieza, que alguna vez fue de mi papá, con esa ventana que daba a una palmera y donde las cucarachas del patio a veces se colaban en la cama, le di play en ese equipo Aiwa de doble cafetera y tres CDs a uno de los discos que más tatuados tengo en la vida.

Los 10 segundos más largos del mundo siempre eran esos que demoraba una cinta en llegar a la parte donde comienza el primer tema. Se asomó esa reverberación de ‘Introducing the Band’ y, literalmente, esa fue la carta de presentación de Suede en mi vida. Una batería hundida, abisal, golpeaba con vehemencia y apareció el bajo de Mat, sinuoso. La guitarra de Butler -conchesumadre- lacerando un riff de tintes orientales, me dejó enmudecido. “Dog Man Star took a suck on a pill”, chillaba Anderson, con un vozarrón que me recordó a Bowie al instante. Eléctrico, apoteósico. AMÉ que el disco comenzara nombrándose a sí mismo, en una hermosura de autoreferencia. La primera vez que viví eso fue con Close to the Edge de Yes, cuando tenía como 8 años y la escuché por primera vez. Una canción que habla de sí misma y de su propia evolución es impresionante. Pero este era un disco que tenía vida propia. “There’s a song playing on the radio. Sky high on the airwaves on the morning show”, despunta el vozarrón de Anderson full reverb en la entrada de ‘The Wild Ones’, una canción que me erizaba entero cada vez que caminaba con el álbum a mango en mi Discman bajo la lluvia en esos años. Porque obvio que me compré el CD poco después, agradecido de que la versión americana incluyera ‘Modern Boys’ al final, una canción que podía saber de memoria cuántos segundo de silencio (13) venían después del cierre. “Let the decades die, let the parties fall and we’ll be miles away”, decía. Y es qué hay una sensación de drama apocalíptico cruzando todo, en la violencia y retaliación contra el sistema de ‘We are the pigs’ (qué buena esa línea de “we’ll watch them burn”), en la obsesión de ‘Heroine’ y ese middle eight discordante, en la desgarradora y viciosa con tinte de Pink Floyd “The Asphalt world” o en la nostalgia enfermiza de ‘2 of Us’ (un título tan Prince, que reclama amor incondicional) con la banda nuevamente saltando al mundo real: “Lying in my bed I listen to the band”…

Son muchas las veces en que el álbum cruza la cuarta pared y llega a la vida, se abre paso en la naturaleza muerta de lo ordinario, esa suerte de “Still life”, preservada en ámbar. Lo escucho hoy día, veinticuatro años después de haberlo descubierto, y me parece siempre presente, siempre inalterable. Como si de una constante se tratase… Dog Man Stat me ha acompañado siempre, y siempre me emociona al punto de quitarme el aliento o dejarme al borde de las lágrimas. Al leer los dos volúmenes de las memorias de Anderson, y entender un poco sobre cómo se gestó, con esa correspondencia secreta y endemoniada entre Brett y Butler, veo de dónde viene la catarsis en la ejecución… entiendo el fuego en el quiebre definitivo de la relación entre él y Justine, el pesar y la tristeza ahogada por la muerte del padre de Butler… y por sobre todo hago el paralelo con esos sueños que tenía Anderson antes de formar incluso Suede, cuando imaginaba el recorrido del Tube desde Haywards Heath hasta London, esa imagen que está clarísima, casi autobiográfica en “Black and blue” (“There was a boy who loved the noise of the underground. He left the coast and overdosed on that London sound”)…y veo por qué Dog man Star se me pegó tanto. Yo también me cambié de ciudad cuando lo conocí, de Rancagua a Santiago, y era todo un mundo nuevo, lleno de música y experiencias, que se abría por delante y daba comienzo a una nueva era. Y no sucedió sólo entonces, sino que es algo que sucede siempre. Cada vez que le doy play, la “banda se presenta” nuevamente, para seguir caminando conmigo. Ya sea escuchándolo en los audífonos en un bus de Viña a Santiago -cuando vivía en la playa y me tocaba viajar por pega por el día- o en Paddington, cuando iba a comprar algo para comer al Tesco o al Waitrose en esos casi seis meses viviendo en London a un par de cuadras del Hyde Park junto a mi esposa. Ahora, mientras escribo, lo escucho otra vez, tal como lo seguiré escuchando en mi cabeza, en mis audífonos o en los parlantes, acá, en el mundo de asfalto.

La música de mi vida

“Make your own kind of music even if nobody else sings along”. Mama Cass

Una vez se me ocurrió hacer un programa de radio llamado Los discos de mi vida. Partió en una radio llamada Molecula y luego se fue a la radio de la librería Que Leo, luego a Super 45 y terminó en un podcast que armamos con Walter Roblero. Hoy, la mayor parte de esas entrevistas se han perdido (quedan algunas online en Super45 ) pero las demás han quedado perdidas con los cambios de radio.

Es por eso que quise pedirles a los más de 100 invitados a los programas que eligieran uno de esos discos y se pusieran a escribir.

Escribir sobre discos a veces es muy parecido a cuándo escuchabas uno en tu adolescencia y querías compartirlo con alguien. Tal vez para saber que no te estabas volviendo loco creyendo que hay canciones que pueden cambiar vidas. Tal vez porque corear himnos solo puede parecerte muy autista.

En una de esas, compartir discos en la adolescencia también tenía que ver con eso que supiste mucho más tarde y es que a veces una opinión o una crítica que leíste te hace escuchar todo de nuevo.

Hay algo que tienen los discos que siempre estará más allá de ellos mismos.

Este no es blog de críticos de música que quieren interpretar un disco desde la erudición o la hermenéutica sino tal vez es uno que parte al revés. Parte pensando más bien en cómo ciertos discos nos han escrito a nosotros y a nuestra historia.

Más que las razones de por qué un disco fue importante en la historia de la música moderna o quién fue el primero en mezclar el flamenco con el kletzmer, la pregunta a la que nos enfrentamos, tal vez más difícil aún, es por qué un disco fue importante para uno.

Uno no elige los discos que va a escuchar mil veces.

Siempre existe un primer play del cual no sabes cuántas veces vas a volver a repetir.

En algún lado los discos importantes te empezaron a hablar más que lo que te decían tus amigos.

En otro lado llegaron a ser tu amigo nuevo.

Se trata de esos discos que alguna vez incluso te obligaron a hacer el ejercicio de cambiar el orden de las canciones.

Se trata a veces de saber por qué esa novia o ese compañero de tu curso que nunca te hablaba, un día te dijo escucha este disco de R.E.M.

Se trata también de pensar acerca de las razones por las cuáles esa ex se llevó esos discos y no otros.

Este blog se trata tal vez, sobre ese disco que cuando lo escuchaste no sabías que te iba a cambiar la vida.