Pocas veces he leído un prólogo antes de una novela y menos veces me he interesado por escudriñar en la vida del autor de una obra que me ha cautivado. Le tengo fobia a la interpretación biográfica del estilo “su madre lo trató mal, por eso sus letras destilan esa misoginia que en realidad no se dirige a las mujeres en general sino a su madre”, porque creo que dicen más de quien las escribe, que de lo que se intenta decir.
Los prólogos, la biografía y las interpretaciones sólo me interesan si el autor se interna y logra dar cuenta de la imposibilidad de la objetividad. Si asume el lugar desde donde habla como un intento de vérselas con una verdad esquiva, inseparable de la visión que se tiene de las cosas. Siento pena por los problemas que algunos tienen en la búsqueda de esa objetividad en forma de religión, cuando se ilusionan con un paréntesis o un más allá del estado de las cosas que los ha situado frente a un computador o una máquina de escribir.
Tal vez por esto, me dirigí al Cine Arte Alameda cargando las dudas de mi adolescencia (como cuando tenía que marcar los botones del teléfono de esa mujer que tanto me había costado conseguir), a ver el documental de The Pogues. Pensé sin demasiados argumentos que los documentales son una ficción temerosa de serlo, y que odio las librerías con carteles de no-ficción.
Luego fantasié acerca de las caras de los punks que tal vez se habían envalentonado la semana anterior con lo de Joey o con los Undertones, que venían después y habían sido publicitados por la muerte de John Peel. Imaginé que uno que otro cambiaría su forma de ver la vida, o que ese folklore fome se haría merecedor de por lo menos una tensión de las ideas preconcebidas. Luego me imaginé un documental triste acerca de los riesgos de la cirrosis. Después, a un director que filmaba desde la lástima.
Afortunadamente, me equivoqué y me vi obligado a repensar la idea manoseada de lo que actualmente significa el punk, porque no sólo descubrí que al protagonista le faltaban los dientes sino que también estaba descolocada la imagen que debiera representar para su público, ya que ese gran señor no sabe lo que significa ser un producto, por lo que tampoco entiende la lógica del consumo. Admira a los Sex Pistols y absorbe el folklore irlandés sacándolo de lo que pudiera ser una world music, ya que no conoce otro mundo que el propio. Me arriesgo a decir que para mí los grandes grupos nunca han entendido muy bien justamente esta dirección de sus palabras, y es esto lo que muchas veces los hace escribir, fantaseando esa dirección, dirigiéndolas a un lugar ajeno a las etiquetas y a los productores que saben qué es lo que hay que producir y cómo hacerlo. Me habría encantado que los que hablan tan claramente del rock and roll hubieran estado ese día para entender el por qué se habla de que el rock and roll es una actitud. No necesité demasiados argumentos para entender por qué en algún momento un grupo como Virus fue contestatario o por qué merece entrar en un recuento rockanrollero el hecho de que Dan Aykroyd y Belushi recibieran botellazos cuando tocaban blues para un publico country fascistoide en The Blues Brothers.
¿Qué pasa cuando el rock se acomoda en su etiqueta y su rebeldía adquiere un nombre dentro del estado de las cosas? ¿Sigue llamándose rock?
Que fácil se nos vuelve a veces pensar que el pop es un hermano pobre: sólo cabe en una peluquería si el rock tiene un lugar tan seguro dentro de nuestras certezas.
Me surgen estas preguntas a partir de un documental que ha sido filmando con una distancia que ha desconfiado de las etiquetas, y se ha acercado a una verdad sin nombrarla ni poseerla. Recuerdo cuando Godard se preguntó si era posible filmar la muerte sin sentirse un impostor, y empiezo a respetar todo lo que puede decirse pero que no es posible poseer: la relación entre las palabras y las cosas se vuelve una eterna infidelidad, una eterna poligamia en la cama de los significados.
Pienso en Billie Holiday cuando cantaba ‘Strange fruit’: debía cantarla como si esa fruta extraña fuera un negro colgado de un árbol, y su autor era negro, judío y homosexual, trilogía que hasta el día de hoy es sospechosa para muchos. Pienso cómo el rock funcionó durante mucho tiempo como un termostato de lo que sería pensado como rebeldía para que no fuera buscada en otro lado. Para que fuera una rebeldía calculada, una rebeldía visible que no permitiera buscarla en otro lugar.
Pienso entonces en la dificultad al hacer un documental de los Pogues respetando lo que de antemano sabemos que no entrará en el cuadro, y debo agradecer a quienes se dieron el tiempo de ponerlo dentro del programa y a los que aún usan sus ojos para ver lo que a veces es difícil ver; al esfuerzo de mirar de costado o de reojo, que aún no calza en el nuevo modelo de Ray Ban. Sigo con la ilusión: no me molestaría que el día de mañana Chico Pérez comentara en SQP el documental de Pogues, y que alguien en la calle tarareara una de sus canciones en vez de Enrique Iglesias o Karen Paola. Sigo creyendo que a veces lo más simple es lo más difícil, y que es todavía más complicado filmar lo que intento decir en este momento. Agradezco que exista gente más lúcida que yo y que me ahorre años de preguntas acerca de cómo decir eso que aunque esté en la punta de la lengua tal vez siempre se quede ahí. Que lo ponga en imágenes y que uno intente explicarlo y no pueda, y que todos los críticos de cine intenten explicar lo que sólo ha sido posible de ser dicho en imágenes y silencios, y que sea difícil ponerle estrellas y que no entre en ningún recuento anual porque sigue generándonos preguntas para los años siguientes.
Tal vez por esto lo pendiente se vuelve importante y no permite ser archivado como la espera de una novedad, como algo que ya ha sido dicho, sino como lo que aún nos sigue hablando.
Por ahora, esto es el documental de Pogues para mí.
Jem finer de los pogues pensó primero en un marinero de alta mar extrañando a su mujer en navidad y la esposa de Finer, le sugirió una especie de momento pimpinela de una pareja peleándose y terminando en esperanza.
Mcgowan tomó la música de la primera y la letra de la segunda y se la llevó a new york.
Pensó en que la voz de la mujer la hiciera la bajista de los pogues y como terminó casándose con Elvis costello se quedaron sin mina.
Lo interesante de esta versión es que terminó siendo cantada por Kirsty MacColl, esposa del productor y que en el 2000 termina muriendo en el mar en situaciones desconocidas.
Y ahora me parece interesante decir, que si algo nos dice un irlándes curado que ya no tiene casi dientes, es primero que vale callampa el diente que se le cayó o no a Raphael o que importe más los dientes del dandy más que lo que salga de su boca.
Segundo es que Chile por primera vez se da cuenta que sus inmigrantes son internos y para eso no hay nadie mejor que shane de los pogues para hablar de amor, pero también de despedidas.
Nada más tortuoso que ponerse a pensar en que los pobres siempre han sido un poco inmigrantes en su propio país pero no escuchan a los pogues porque prefieren que les hablen de problemas menos grandes como volver a reconquistar a su mina.
Pasará el terremoto en los medios, ahora llamado reconstrucción. Cansará la ayuda porque los pobres volverán a ser flojos del sur para arriba.
Pero los pogues siempre serán los pogues. Serán de esos capaces de hacer canciones que les alegren a los que se juntaron en otro país pero también de los que les siguen recordando a los que ya no están, a los que se fueron y no volvieron y a los que nunca llegaron, que la navidad perfecta existe sólo para unos pocos. Que la navidad perfecta es fome. Que la felicidad de 2 que se juntan a veces es más potente que un we are the world.
Esa es una de las enseñanzas de los pogues, ni la navidad es arbolito, ni la ayuda en tiempos en que es necesaria basta. Una de las gracias de los pogues es que han sabido hablar de los pobres y los borrachos y los inmigrantes con más alma que una teletón o el servicio social.
Historias como esas hay millones en chile. El tema es que alguien quiera contarlas.
Jem finer de los pogues pensó primero en un marinero de alta mar extrañando a su mujer en navidad y la esposa de Finer, le sugirió una especie de momento pimpinela de una pareja peleándose y terminando en esperanza.
Mcgowan tomó la música de la primera y la letra de la segunda y se la llevó a new york.
Pensó en que la voz de la mujer la hiciera la bajista de los pogues y como terminó casándose con Elvis costello se quedaron sin mina.
Lo interesante de esta versión es que terminó siendo cantada por Kirsty MacColl, esposa del productor y que en el 2000 termina muriendo en el mar en situaciones desconocidas.
Y ahora me parece interesante decir, que si algo nos dice un irlándes curado que ya no tiene casi dientes, es primero que vale callampa el diente que se le cayó o no a Raphael o que importe más los dientes del dandy más que lo que salga de su boca.
Segundo es que Chile por primera vez se da cuenta que sus inmigrantes son internos y para eso no hay nadie mejor que shane de los pogues para hablar de amor, pero también de despedidas.
Nada más tortuoso que ponerse a pensar en que los pobres siempre han sido un poco inmigrantes en su propio país pero no escuchan a los pogues porque prefieren que les hablen de problemas menos grandes como volver a reconquistar a su mina.
Pasará el terremoto en los medios, ahora llamado reconstrucción. Cansará la ayuda porque los pobres volverán a ser flojos del sur para arriba.
Pero los pogues siempre serán los pogues. Serán de esos capaces de hacer canciones que les alegren a los que se juntaron en otro país, pero también, de los que les siguen recordando a los que ya no están, a los que se fueron y no volvieron y a los que nunca llegaron, que la navidad perfecta existe sólo para unos pocos. Que la navidad perfecta es fome. Que la felicidad de 2 que se juntan a veces es más potente que un we are the world.
Esa es una de las enseñanzas de los pogues, ni la navidad es arbolito, ni la ayuda en tiempos en que es necesaria basta. Una de las gracias de los pogues es que han sabido hablar de los pobres y los borrachos y los inmigrantes con más alma que una teletón o el servicio social.
Historias como esas hay millones en chile. El tema es que alguien quiera contarlas.
Por Pablo Rosenzvaig en Crónica Sonora.
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Cuando pensé en escribir para Crónica Sonora una columna de música, lo primero que se me ocurrió fue agarrar un árbol genealógico y dejarlo sin agua, mirarlo de afuera y verlo disecarse y que se pareciera a esos mapas antiguos con manchas de café desde el bisabuelo hasta ese pelotudo anti aborto que existe siempre en una familia y habla de los que aún no nacen.
Mi idea era empezar con Nick Cave y llegué a escribir de casi todos sus discos, desde Boys Next Door a los Birthday Party a los Bad Seeds y todo cambió cuando llegué al Let Love In, cambié de opinión.
Hacer una columna que se trate de discografías completas es algo que me parece muy necesario pero es algo que hoy no me interesa. Obvio que es bacán leer a esa gente obsesiva que te escriba de todo y de todo y de absolutamente todo y aunque algunos crean que la adultez se trata de escribir cada vez más o que dejar de reincidir, es como jugar mejor al scrabble, hoy partiremos con una nueva columna. Esto para mí es respeto, para otros se llama narcisismo.
Suele suceder en demasiada gente esa cosa rara de que tratar de explicar cómo chucha llegaste a algo, es una especie de sinónimo del narcisismo. Y yo ya estoy tan pero tan cansado de explicar estupideces que me pondré a escribir de nuevo. Esta columna se va a tratar de discos que para mí, han cortado en 2 pedazos la historia de una banda o mejor dicho, que han reescrito la historia de una banda. Vamos a partir con el Let love In.
Nick mirando al cielo, 2 pezones en rojo y Let Love In tatuado en su pecho. ¿Por qué poner el Let Love In para empezar una columna llamada maldigo lo perfumoso?
Bueno. No me interesa hablarles de toda la época berliniana de Cave porque para eso existe Wikipedia pero en Berlín saca sus primeros cuatro discos y entre medio se separa de Anita Lane y empieza a escribir su primera novela, y deja Berlín y se muda a Sao Paulo y entre el 90 y el 91 graba The Good Son y nace Luke, el hijo que tuvo con Viviane Carneiroque y aún ni llegamos a hablar del Let Love In.
Saca el Henry´s Dream en el 92 y se va de Brasil y se muda a Londres y se la pasa todo el 93 con la gira del Henry y en el 94 nace el Let Love In.
Hablemos de la importancia del Let Love In, descontando que mil años después las campanitas de «Red right hand» se hicieron famosas por Peaky Blinders. Lo primero que podemos decir de esta nueva dirección que toman las obsesiones de Cave, es que no es casual que el disco parta preguntando en la canción uno «Do you love me?» y termine en la 10 con la misma pregunta. Let Love In parte en la 1 con “Do you love me?” y el final del disco termina con «Do you love me?» part 2. Es como pensar que George Michael cuando le llamó al Listen without prejudice vol 1, sabía que no habría un vol 2.
Si Lacan decía que una carta ya llegó a destino al ser escrita, o que toda verdadera pregunta debe contener en sí misma el hecho de no ser respondida, el Let Love In es esa pelea entre Eros y Thánatos y Sisifo haciendo de cupido. Si alguna vez Jarvis Cocker deletreó el «Feeling called love» para hablar de “eso” llamado amor es porque deletrear es demostrar el límite de la metáfora y lo real de la letra. De la misma forma, Nick Cave deletrea «Loverman».
L is for LOVE baby
O is for ONLY you that I do
V is for loving VIRTUALLY everything you are
E is for loving almost EVERYTHING that you do
R is for RAPE me
M is for MURDER me
A is for ANSWERING all of my pryers
N is…
«A is for answering» dice Nick Cave mientras se reinventa a sí mismo, se calza la sotana de crooner y le pregunta a los astros, a los sabios, a los libros sagrados y a los analistas lo que tampoco respondió Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
En el día de su muerte escrito en La Extravaganza
La muerte ataca de nuevo a los que mejor la han tratado, a los que han podido acercarla al amor, a la incomprensión y a lo que no puede ser dicho más que pagándolo con el cuerpo.
Un amigo me llamó hoy pidiéndome que escribiera sobre Elliott Smith pensando que la muerte era una buena razón. Estoy de acuerdo con esto en algunos casos, pero yo no sabía el dato de que ese señor de las tinieblas se encontró finalmente con ellas, escribiendo por fin ese punto final que siempre le causó dificultades.
Eso incompleto en sus canciones intentando explicar la razón de sus preguntas, preguntas que sin embargo no sirvieron para empapelar lo que quedaba más allá de la música que dejó.
Es así como nuevamente tenemos que inventar esa despedida más fuerte que cualquier otra, ya que no hay nadie de quien despedirse. Sólo nos quedan esas enormes canciones que incluso lograron que Robin Williams pasara desapercibido en Good Will Hunting y que esos amores incompletos tuvieran por fin la banda sonora que merecían.
Es la segunda vez que escribo con una rabia inmensa, no crean que es porque me gusten los muertos, sino más bien porque me encantaría que murieran otros y no los que me habitan, ya que siempre se llevan algo de mí y de lo que yo era con ellos. Metáfora tal vez que vuelve eso de la media naranja en una excusa recitada por nuestro egoísmo en ese más allá de lo que quisiéramos decir.
La lista en mi cabeza podría ser interminable y absolutamente ridícula pero no cambiaría nada ni le sacaría el filo al cuchillo de esa psicosis, que de una vez por todas, ha transformado la tranquilidad de la ficción de esa ducha fascinante de norman bates en la realidad más insoportable. Una realidad, que probablemente me haga mirar dos veces el próximo cuchillo con el que trataré de cocinar, lo que ojalá no termine cocinándome a mí.
Sólo puedo decir que esas piedras para afilar que nunca supe manejar muy bien ahora han pasado de la ignorancia al terror del recuerdo.
Si es cierto eso de que la muerte se aparece de negro con una hoz o juega ajedrez como en el séptimo sello, quiere decir que es miope, disléxica o realmente malvada.
No me gusta la rabia, ni que me inunde el sentido común, porque quiere decir que me está costando demasiado hablar por mí y busco el refugio de palabras que comienzan a oler a diccionario, a profesor Banderas, a manual de carreño o a que la Teletón no puede ser sino “buena onda”.
Todas esas cosas que terminan dirigiéndose a mí, tratando de ocultar cuál es la verdadera razón del dolor en mis palabras. Ese momento en que aparece el fantasma de Jeff Buckley cubriendo todo de un manto de injusticia. De esas cosas terribles que suceden todos los días en el mundo y que esquivamos con amigos, mujeres, alcohol o canciones.
Mueren los que no pueden más, no los que cagan el mundo. Mueren muchas veces los más lúcidos. Mueren los honestos. Mueren los complicados, ya que los demás toman pastillas para la depresión y encima les sirven o creen que el extasis viene en forma de pastilla.
Mueren los que nos hacen morir un poco. Mueren dejándonos la culpa de que tal vez debiéramos haber sido nosotros. Mueren los que se han encontrado con sus palabras convirtiéndolas en un cañon en la sien o en cualquiera de sus metáforas que han dejado de serlo en el momento de morir y ya no podremos preguntar si eso que se dijo es minímamente lo que pensábamos, dejándonos realmente solos.
Muriendo para o por nosotros, a veces en la honestidad de no seguir mintiendo. Muriendo como el espejo que nos dice que seguimos vivos, enfrentándonos a una pregunta o la madre de todas las preguntas que nunca podremos contestar.
Quiero creer que ese padre, hermano y amigo fue en su búsqueda. Que fue un ansioso y no un suicida. Que se le acabaron las palabras de este mundo y fue a buscar otras que lo salvaran del sacrificio de tener que dedicarlas o de saber a quién.
Quiero pensar que no lo pasó mal. Que estaba tranquilo. Que no sufrió más que al escribir sus canciones. Que no sabía que nos recordaría todas esas pequeñas y grandes muertes que no mueren con el día.
Me encantaría pensar que el equivocado es él y que los que quedamos, no nos equivocamos en seguir buscando respuestas donde otros ven negocios. La verdad es que intento decir algo que no sé si podré decir y que está volviendo inútil cada palabra que trate de explicar esta terrible pérdida gemela de todas las demás pérdidas.
Puede parecer exagerada mi dificultad, pero no me importa, porque esto es entre Elliott Smith y yo. Y si es que ahora estoy escribiendo, es porque me lo pidió un amigo y porque en este momento no tengo ganas de hablarle ni a mi perro ni a la pared, que ya debe estar cansada de tantas muertes y sólo quiera la tranquilidad de esa ceresita que la haga sentir minímamente renovada.
Me contento sólo con creer que ese hombre innombrable, murió tarareando su propia letra y se entretuvo creyéndose por fin a sí mismo lo que decía en Waltz 2 de la siguiente manera:
It’s okay, it´s allright, nothing wrong.
Tell Mr. Man with impossible plans to just leave me alone.
In the place where i make no mistakes,
When i have what it takes.
Ojalá que le esté resultando y que si llega a ver a mi abuelo le dé un gran abrazo de mi parte, ya que tampoco de él pude despedirme y hace que no llegue a poderle ver la cabeza a su recuerdo.
El otro día me puse a pensar, a partir de un paciente que llega a la consulta después de una dolorosa separación, en lo nociva que ha sido esa idea del sentido común de la media naranja y también en las implicancias y paradojas de esa metáfora en tiempos de pandemia.
Lo primero que me pregunté, no sólo en este caso sino en varios más, fue acerca del lugar de diferenciación necesario en todo sujeto para que se movilice el deseo cuando cuatro paredes que en general suelen ser físicas se transforman en simbólicas.
Me puse a pensar en eso que prodríamos llamar tiempos “más normales” en donde lo cotidiano podía darse de una forma distinta. En ese espacio justamente que aparecía como límite de otro espacio. El de volver a la casa a contarse el día a día, las salidas con los amigos o el final del libro que leíste en el metro.
Sin esa separación, lo cotidiano se vuelve rutina y el tiempo, una especie de repetición de “El día de la marmota”. Desaparece esa falta, esa ausencia, que hace que uno pueda desear al otro porque hay algo de ese otro que sigue siendo un enigma.
Sin ese espacio propio que uno podía compartir ¿Qué sucede con eso que hacía interesante al otro y convertía esa incógnita en deseo?
“Todos esos proyectos que teníamos en común se los tragó el día a día porque la rutina hizo que todo se volviera común. Sólo éramos unos extraños que encima tenían que aguantarse”
“Yo ya llevo 2 divorcios y a veces pasaba que volvía a la casa a resolver problemas domésticos que resolvía yo, pero si antes tenía ganas de volver,ahora esa casa es como la de las películas de terror, esas llenas de fantasmas”.
Como psicólogos haciendo clínica en pandemia se hace necesario distinguir lo que Moty Benyakar llamaba “lo disruptivo” para diferenciarlo de lo “lo traumático”. Sabemos que lo traumático, en psicoanálisis, solo puede evaluarse a posteriori. Una amenaza rápida e incierta sobre proyectos personales, familiares, sociales y económicos suele tener un sentido de urgencia que aunque obviamente se liga en algún momento a la historia del paciente y a su vivencia, en un primer instante, es una respuesta normal frente a un desequilibrio.
Lo difícil de renunciar al otro en tiempos de pandemia, es que no necesariamente se trata del otro, sino más bien de ese que éramos con ese otro y, en tiempos de tanta turbulencia, ese otro que nos hacía sentir bonitos, inteligentes o deseados, se transforma en algo más difícil a lo que renunciar por esa sensación de vacío interno producto de la pandemia, donde lo individual, comienza a desaparecer.
Miedo a quedarse solo, a tener que enfrentarse a nuevas preguntas, miedo a dejar eso cotidiano que nos da un lugar seguro. Y al final, es contradictorio, porque eso que genera seguridad en la costumbre, hace a cada uno a veces, más miserable.
Como esas parejas que llevan a su hijo porque tiene un problema y en el momento en que el hijo empieza a mejorarse abandonan la terapia porque necesitan la idea de que el del problema es su hijo.
Cuando el problema deja de ser el niño empiezan a develarse los problemas de la pareja. Es duro decirlo pero necesitan a veces al hijo como una especie de chivo expiatorio de todo lo que está mal en la relación y que no quieren ver.
Es este miedo a la separación el que comienza paradójicamente a destruir, tal vez, lo bueno que cada uno veía en el otro y, a veces, en sí mismos.
Empiezan a pasarlo mejor siempre en otros lados y la pareja pasa a convertirse en un lugar de fastidio. Si hay ausencia de proyectos compartidos, comienzan a alejarse cada vez más porque ya no existe obligación de juntarse en lugares que no sean los obligados por la rutina familiar o de pareja (mesa, cama, etc). Si los hay, es por iniciativa de uno de ellos y es aceptado con fastidio por el otro. El que se adapta a los planes del otro termina cobrando el haber cedido, con demandas constantes o sintiendo que es un sacrificio que se hace por la pareja.
Esa idea idílica de películas de Hollywood de que el otro te completa, le ha hecho muy mal a la vida de pareja en la pandemia, porque cuando todo se vuelve simbiótico, desaparece la falta. Esa ausencia que hace posible la aparición del otro, no su hostigamiento.
Para que haya una pareja se necesitan no sólo dos sino tres.
Pobre vacío que nunca quieren invitarlo a la fiesta.