El otro día me puse a pensar, a partir de un paciente que llega a la consulta después de una dolorosa separación, en lo nociva que ha sido esa idea del sentido común de la media naranja y también en las implicancias y paradojas de esa metáfora en tiempos de pandemia.

Lo primero que me pregunté, no sólo en este caso sino en varios más, fue acerca del lugar de diferenciación necesario en todo sujeto para que se movilice el deseo cuando cuatro paredes que en general suelen ser físicas se transforman en simbólicas.

Me puse a pensar en eso que prodríamos llamar tiempos “más normales” en donde lo cotidiano podía darse de una forma distinta. En ese espacio justamente que aparecía como límite de otro espacio. El de volver a la casa a contarse el día a día, las salidas con los amigos o el final del libro que leíste en el metro.

Sin esa separación, lo cotidiano se vuelve rutina y el tiempo, una especie de repetición de “El día de la marmota”. Desaparece esa falta, esa ausencia, que hace que uno pueda desear al otro porque hay algo de ese otro que sigue siendo un enigma.

Sin ese espacio propio que uno podía compartir ¿Qué sucede con eso que hacía interesante al otro y convertía esa incógnita en deseo?

“Todos esos proyectos que teníamos en común se los tragó el día a día porque la rutina hizo que todo se volviera común. Sólo éramos unos extraños que encima tenían que aguantarse”

 “Yo ya llevo 2 divorcios y a veces pasaba que volvía a la casa a resolver problemas domésticos que resolvía yo, pero si antes tenía ganas de volver,ahora esa casa es como la de las películas de terror, esas llenas de fantasmas”.

Como psicólogos haciendo clínica en pandemia se hace necesario distinguir lo que Moty Benyakar llamaba “lo disruptivo” para diferenciarlo de lo “lo traumático”. Sabemos que lo traumático, en psicoanálisis, solo puede evaluarse a posteriori. Una amenaza rápida e incierta sobre proyectos personales, familiares, sociales y económicos suele tener un sentido de urgencia que aunque obviamente se liga en algún momento a la historia del paciente y a su vivencia, en un primer instante, es una respuesta normal frente a un desequilibrio.

Lo difícil de renunciar al otro en tiempos de pandemia, es que no necesariamente se trata del otro, sino más bien de ese que éramos con ese otro y, en tiempos de tanta turbulencia, ese otro que nos hacía sentir bonitos, inteligentes o deseados, se transforma en algo más difícil a lo que renunciar por esa sensación de vacío interno producto de la pandemia, donde lo individual, comienza a desaparecer.

Miedo a quedarse solo, a tener que enfrentarse a nuevas preguntas, miedo a dejar eso cotidiano que nos da un lugar seguro. Y al final, es contradictorio, porque eso que genera seguridad en la costumbre, hace a cada uno a veces, más miserable.

Como esas parejas que llevan a su hijo porque tiene un problema y en el momento en que el hijo empieza a mejorarse abandonan la terapia porque necesitan la idea de que el del problema es su hijo.

Cuando el problema deja de ser el niño empiezan a develarse los problemas de la pareja. Es duro decirlo pero necesitan a veces al hijo como una especie de chivo expiatorio de todo lo que está mal en la relación y que no quieren ver.

Es este miedo a la separación el que comienza paradójicamente a destruir, tal vez, lo bueno que cada uno veía en el otro y, a veces, en sí mismos.

Empiezan a pasarlo mejor siempre en otros lados y la pareja pasa a convertirse en un lugar de fastidio. Si hay ausencia de proyectos compartidos, comienzan a alejarse cada vez más porque ya no existe obligación de juntarse en lugares que no sean los obligados por la rutina familiar o de pareja (mesa, cama, etc). Si los hay, es por iniciativa de uno de ellos y es aceptado con fastidio por el otro. El que se adapta a los planes del otro termina cobrando el haber cedido, con demandas constantes o sintiendo que es un sacrificio que se hace por la pareja.

Esa idea idílica de películas de Hollywood de que el otro te completa, le ha hecho muy mal a la vida de pareja en la pandemia, porque cuando todo se vuelve simbiótico, desaparece la falta. Esa ausencia que hace posible la aparición del otro, no su hostigamiento.

Para que haya una pareja se necesitan no sólo dos sino tres.

Pobre vacío que nunca quieren invitarlo a la fiesta.