Is this real?

Aduana de palabras


«El hombre primitivo no conoce acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro. Lo que hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestas inauguradas por otros». M. Eliade

El paso del cachorro humano a lo que llamamos un niño o niña tiene que ver con el lenguaje, puntualmente con ser convocado en algún momento a responder, en la afirmación o el rechazo, a lo que le llega del afuera o del otro en tanto demanda. Un niño que llora en el vacío sin nadie que lo escuche es comparable a esa paradoja de que si un árbol cae en el bosque sin que nadie lo escuche ¿realmente cae?
Ese grito en forma de llanto sólo es un ruido instintivo y es necesario que ese ruido sea respondido como llamada o demanda, para que ese lazo lo estructure como un llamado a otro, para que ese cachorro humano se transforme en un sujeto social. Sujeto o sujetado a ese Otro, que termina siendo ese sí mismo hecho de lenguaje.
Lacan le llamaba a eso “Lalengua” para diferenciarlo de la lingüística. Y lo escribía todo junto para dejar en claro que la lengua del Otro es indisociable del Sí mismo. Justamente, porque estamos constituidos en esa hiancía del Otro que interviene en el sujeto y pierde para siempre el origen.
Siguiendo a Freud, no es la satisfacción de sus necesidades lo que está al centro de la atención que se le brinda al niño, sino el campo de la demanda, donde ya indefectiblemente el Otro nos constituye.
Desde niños, el paso a la vida social está regido por ciertos límites, convenciones y repeticiones que solemos repetir como Sísifo sin saber que la roca es prestada, al igual que el lenguaje.

Decir hola cuando alguien llega o decir adiós al despedirse, poner el cuchillo a la derecha o el tenedor a la izquierda de la mesa. No sólo son reglas, sino que son lo que Levi-Strauss situaba entre lo crudo y lo cocido.

Serrat cantaba en “esos locos bajitos”
Niño
Deja ya de joder con la pelota
Niño, que eso no se dice
Que eso no se hace
Que eso no se toca

No hay que pensar todas estas reglas sólo como algo puramente represivo, sino más bien como ese tercero que como ley, viene a romper esa relación simbiótica entre un niño o niña con el instinto de seguir mamando.
No por nada se le llama mamón a ese que no suelta la teta y el tango dice que el que no llora no mama.

El complejo de Edipo no se llama así porque sea complejo, sino porque instituye las maneras en que nos enfrentaremos a la presencia, a la ausencia y al deseo, que justamente habitan en ese espacio entre el ser y la nada que queda después de esa separación.
Nos hemos dado una vuelta muy larga para explicar que eso estructural que existe en la inauguración de todo sujeto, y que el juego ese de “estoy, no estoy” de la infancia al día de hoy se puede jugar todos los días, sólo con tener whatsapp. No se trata de nuevas materialidades de la neurosis, ni de un cambio que podríamos llamar estructural. Tampoco es que existan nuevos síntomas, sino más bien, podríamos pensar en que lo que se renueva es una sintomatología, que lo que más pone en juego, es tal vez la inmediatez.
Yo recuerdo que en mi adolescencia, si alguien me gustaba y quería llamarla a su casa debía pensar mil cosas antes ¿quién va a contestar?
El teléfono era propiedad de la familia, no como hoy que es una marca de la individualidad. Por lo tanto, era contestado por alguien que en general ostentaba cierta función de emisario familiar.

-Eeeeeeeeeee. Hollaaaaaaaaa, ¿está Carolina?
-Quién habla?
-Eeeeeee Pablo, la llamo por una tarea del quijote que hay que hacer.

De ahí podía ser que te contestaran, pero igual había que aclarar primero el motivo de la llamada. Porque las llamadas no eran algo tan cotidiano. Se llamaba sólo cuando había algo que decir.
Y si el que estaba del otro lado de la línea consideraba que la llamada era indeseable o que su motivo era azaroso, podía cortarte el teléfono bajo la excusa, por ejemplo, de que tenía un día ajetreado o que nada era tan urgente como para no hablarlo al día siguiente.
No es por satanizar las nuevas tecnologías, pero hoy, cuando la gente puede aparecer y desaparecer con sólo un click, generan también dispositivos que tienen consecuencias en la manera en que nos relacionamos, no sólo con las expectativas del otro, sino con eso que se refleja en el espejo como ansiedad en un doble check azul no contestado.
En los tiempos de whatsapp e instagram, hemos visto en la consulta un aumento muy significativo de las ansiedades y las depresiones gatilladas por el uso de estas aplicaciones. Esto, porque crean fantasmas no sé si más complejos, pero sí más automáticos.
Hoy, sería casi imposible pasarle un lápiz bic a un adolescente para rebobinar un cassette. A lo más si algo se rompe, es tan inmaterial como la conexión al wi fi.
Recuerdo la época de la universidad en dónde no sólo tenías que ir para ver tus notas, sino que aparte si alguien sacaba la fotocopia pegada con scotch en la pared, tenías que irte mirando el suelo y esperar hasta el otro día,
Durante la cuarentena, el WhatsApp se ha convertido en una muleta que no pudimos nunca más dejar. Ya no sólo se convirtió en un tipo de relación que cortacircuita los tiempos y los espacios, sino además en un dispositivo que ha cambiado la manera en que concebimos la relación al otro. Si antes había que esperar cierto tiempo para obtener una respuesta, ese límite con el otro empezó a desaparecer. Incluso hoy, cuando alguien está en una reunión, contesta mensajes de texto y si es un audio, escribe “no puedo responder”. Esa forma de automatismo significa que los mensajes se convirtieron en algo que cambió todos los límites que se podían tener en relación al otro.
El whatsapp nos convirtió en sujetos absolutamente disponibles todo el tiempo, y habría que pensar en qué consecuencias tiene eso en la subjetividad de alguien que tuvo que volverse instantáneo como el nescafé.

-¿por qué no me contesta?
-¿habrá leído ya mi mensaje?
-¿y si pongo esta frase de estado sabrá que es una indirecta?

Muchas personas han estado confinadas durante más de dos años trabajando y coordinando reuniones, fechas de entregas, discutiendo asuntos de cultura organizacional, pero también en relaciones incompletas o cosas que antes podían decirse cara a cara. Hay notas para que no se nos olviden las cosas, hay alarmas, hay calendarios. Existen incluso aplicaciones que se ven como una calculadora y, si digitas los números correctos, te llevan al Narnia de tu inside web.
Parejas que llegan a la consulta no porque ya no se hablan, sino porque se comunican desde distintas habitaciones de la casa por whatsapp. Es como si fuera el cura de antaño que hablaba con Dios y te lo traducía.
A veces se trata de argumentos así: “es que es la única forma que tengo de que no me interrumpa”, “lo que pasa es que ella tergiversa todo y ahí queda todo claro”, “es que si no hablamos por ahí termina todo en violencia”, “me ayuda a ordenar las ideas”, “odio cuando sale escribiendo ahí arriba y después dice una frase?”. ¿Dónde quedó todo lo demás que estaba pensando?
¿Por qué no me lo dijo? ¿de qué se arrepintió?
Whatsapp se ha convertido en el nuevo paradigma de estos tiempos y no porque inaugure una nueva estructura, sino más bien porque es un nuevo panóptico de lo imaginario, en donde cada vez se hace más difícil, dejar algo afuera. O sea, que algo falte para que aparezca el deseo.
Mantener a alguien pendiente de ti o cortar con una relación nunca había sido tan indoloro e instantáneo. Se nos impone la pregunta de saber si esta nueva forma de relacionarse inaugura más que nuevos síntomas nuevas formas de fantasmas.
Así como también, si estas nuevas tecnologías nos acostumbran a normalizar, por ejemplo, la idea de que la empatía ya no es necesaria. A deshacernos de la gente, simplemente no respondiendo, sin pararnos a pensar en la inestabilidad emocional que podemos provocar. Y es que el rechazo causa dolor, más aún cuando no entendemos por qué esa persona especial desaparece como Eurídice, sin dar explicaciones. El problema es que en estos casos no hay un Orfeo que pueda buscar nada.
Si antes querías bloquear a alguien, tenías que por lo menos pensar mentalmente en un mapa donde existiera la mínima posibilidad de cruzarte en la calle. Tenías casi que exagerar más que W.H Auden:

Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Es por eso que hoy, términos como ghosting, breadcrumbing o benching nunca han sido más actuales. Y aunque odio los anglicismos, que yo llamaría angli-sismos, me parece que definen con mucha precisión, situaciones para las que no tenemos una traducción exacta, pero que cada día se vuelven más comunes en la práctica clínica estructuradas como demanda. .

Ghosting

Ghost significa fantasma, pero no en la acepción psicoanalítica que remite más bien a la función de velo que hay con la realidad. Se le llama así a una práctica que consiste simplemente en desaparecer del espacio virtual dejando de contestar mensajes. No vuelves a saber de él (o ella), jamás te vuelve a escribir y puede que hasta te bloquee en redes sociales. Existe la versión amable, en la que la relación se va cortando poco a poco, espaciando cada vez más las respuestas hasta que un día te dejan en visto para siempre.
Recuerdo un texto de García Canclini dónde decía que hoy los lugares que conforman la identidad ya no son ni el colegio ni los padres ni menos la iglesia. Más bien, que es mucho más posible que alguien en China se parezca más a alguien de San Bernardo que a su vecino. No digo esto en forma peyorativa, sino que es más bien para poder pensar en cómo la virtualidad, por un lado, entrega mil posibilidades de identificación y, por el otro, instituye también nuevas formas de desmembramiento de esa identidad. Lo virtual también implica pensar en cómo esa subjetividad ha sido construida.
Digo esto porque en los últimos años se ve en la consulta un aumento de casos en donde las depresiones o los cuadros de ansiedad vienen gatillados por ejemplo por la importancia de los likes en la construcción de la subjetividad.
Nada nuevo hay en pensar que la subjetividad se construye en relación a otro, pero tal vez sea importante empezar a pensar en cómo se está construyendo ese otro en los tiempos actuales.

Benching

Bench significa banquillo, término que en jerga digital alude a dejar a alguien en el banco de suplentes, como en un partido de fútbol.
El que está en el banco de suplentes no sabe si va a jugar. Lo pueden poner a precalentar todo el partido para finalmente no llamarlo nunca. En el caso de las redes sociales cambia un poco esto, porque no sólo no hay un partido que jugar, sino que hay alguien que consciente o inconscientemente mantiene la atención del otro sólo por si acaso, y con un interés que es fingido, incluso deliberadamente fingido.

Breadcumbing

Este concepto podríamos pensarlo como una metáfora del rastro de miguitas de pan que va dejando Hansel en el afamado cuento que protagoniza junto a su hermana Gretel.
Llevado a lo digital, es el acto de enviar mensajes no necesariamente importantes ni profundos, sino likes esporádicos o emoticones que mantengan una continuidad y una presencia que tal vez nunca se concrete, actitud propia de personas narcisistas que necesitan estar presentes todo el tiempo.
El breadcrumbing puede ser una manipulación bastante compleja, ya que a veces el otro puede reaccionar a esos mensajes y a los períodos de silencio con obsesiva insistencia.
¿Por qué ya no me dice nada? ¿por qué desapareció? ¿qué hice?
Esa pregunta fundamental que nos constituye, hoy aparece todos los días y todo el tiempo, como si viviéramos en el cuerpo disociado, de un moderno Hamlet.

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El deseo en el porno

A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear. Proust

Resulta paradójico que en un tiempo en donde el mercado de consumo pareciera entregarnos más cosas y cada vez más específicas, aumenten las consultas por la falta de deseo.

Pareciera que mientras más formas tenemos de colmar una necesidad, más difícil se nos hace desear, o más visible se nos hace la falta.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en algunos de estos pacientes que llegan con esta demanda, es la adicción que tienen al porno.

Lo suelen ver compulsivamente, dejan de tener erecciones con su pareja si es que no lo ven antes y entran en una especie de espiral en donde pareciera que sus fantasías eclipsaran.

Esto me recuerda un paciente que llegó una vez a la consulta diciendo: “No aguanto más no aguantar los prólogos, soy el rey de los spoilers, me leo el final del libro primero porque me aburren los desarrollos, pero al final nada tiene gracia”

Eso me ha llevado a pensar que cierta fascinación con el porno tal vez tiene que ver con una especie de retorno a un lugar instintivo en donde no existe la metáfora ni los malentendidos ni los fantasmas, porque es la fantasía de que todo puede ser llenado y visto. No hay agujeros porque todos son tapados, no hay velo porque todo es mostrado. La ilusión del porno es aquella en donde nada es traumático ni desconocido. Muestra en vez de narrar porque si narrara se podría escapar algo. Freud eso ya lo sabía cuando le prestó atención a la asociación libre, a los lapsus y a los sueños.

Por esta razón, no es casual que el actor y las actrices del porno vayan enunciando lo que están haciendo, como si en ese acto no quisieran dejar escapar nada, como si lo genital y el lenguaje pudieran ser parte de lo mismo.

“Para los animales, la forma más elemental, la ‘forma cero’ de la sexualidad es lacopulación, mientras que para los humanos la ‘forma cero’ es la masturbación con fantaseos, cualquier contacto con otro real, de carne y hueso, cualquier placer que se obtenga de tocar a otro ser humano, no es algo evidente, sino algo inherentemente traumático y sólo puede ser tolerado si el otro entra en elmarco de la fantasía del sujeto” nos dice Žižek en “El acoso de las fantasías”.

Este fantasma fundamental que nos separa de lo biológico no es ni más ni menos que la entrada del cachorro humano al mundo social y al lenguaje, que por un lado permite separarse de la madre y por otro deja una falta, que hará del deseo una búsqueda incesante que tendrá la forma de ese fantasma.

Podemos apreciar también, como el fantasma es el gran organizador de la sexualidad humana, sexualidad que ya desde la infancia queda desligada de todo objeto del orden de lo natural. La sexualidad humana al ser constituida desde la pérdida del objeto (la palabra mata la cosa decía Foucault) queda aprisionada en la red de escenas fantasmáticas. Fantasmas originarios que fijan a priori el lugar del sujeto en el imaginario erótico inconsciente, dando por resultado una sexualidad libre de intencionalidad, desfuncionalizada, en otras palabras, disociada de la necesidad.

La pornografía se erige así, como una expresión de lo “hiperreal”, en donde se busca representar la realidad como una mecánica.

Desde este punto, se puede llegar a la concepción de un cuerpo pornográfico de carácter “hiperreal”, el que consiste finalmente en un cuerpo carente de deseo, un cuerpo vacío, un maniquí. Un cuerpo deshistorizado, descontextualizado. No es casual que en las pornos, independiente del contexto siempre suceda lo mismo. Podríamos decir de nuevo en forma de paradoja, que esos cuerpos que se la pasan teniendo sexo, son máquinas no deseantes organizadas por una fantasmática meramente genital, donde no existe un enigma del otro lado sino una genitalización de lo imaginario que obtura y cierra el origen traumático del sujeto y y lo devuelve a la etapa de lo parcial. A ese momento en donde el placer aún no se tenía que hacer cargo de un cuerpo.  

Es así, como se produce una difuminación de lo real a partir de una exacerbación, un exceso de realidad, el que termina por velar la realidad misma. Lo que puede verse reflejado en la forma en que estas producciones presentan los elementos a los espectadores, en donde la sobreexposición y explicitación de la mecánica sexual detallada vendría a velar las diferentes características y connotaciones propias del encuentro sexual real entre los sujetos.

Al fin y al cabo, es la ilusión de un cuerpo sin fantasma, de un cuerpo sin prólogo, de un encuentro a lo reader´s digest, que se lee como la papilla de una guagua.

Comerse las palabras

Cada vez  es más común escuchar esa frase que dice que el lenguaje construye realidad, como si lo real no existiera o dependiera sólo de nuestros deseos o percepciones. Esta forma liviana del decrétalo, olvida que todxs nacemos en un entramado de lenguaje que al mismo tiempo que nos permite interpretar el mundo y nuestra relación con él, nos determina.

Hablar es siempre hablarnos, porque siempre, algo falta.

Es así como a medida que las sociedades se extienden y cambian, también cambian con ellas desde las formas de identidad hasta el arte pictórico, que no es más que su reflejo. La figura humana no es la misma en Botero que en Egon Schiele, lo que se representa en Miguel Ángel, no es lo mismo que en Rafael, Rubens, Velázquez o Goya.

De esta forma, los cambios en los cuerpos van también adquiriendo o reformando nuevas costumbres y construyendo distintas maneras de simbolizar las identidades, que no son sólo cuerpos físicos sino una extensión simbólica del portador. Cuando una adolescente por ejemplo se corta los brazos “porque necesito sentir que mi dolor es real” es porque ese cuerpo está ligado a un dolor que es psíquico.

Es por esto que el lugar del cuerpo en un síntoma sólo es posible, si es que está representando algo. O sea, otra cosa.

Somos un cuerpo que se refleja en Otro, como si de un espejo se tratara, pero a diferencia de un gato que araña la imagen en el espejo como si lo que ve, fuera otro gato, el lenguaje permite representar esa imagen e identificarnos con ella. Ese del espejo soy yo y ese yo tiene un cuerpo.

De esta forma podemos comprender de qué manera el(la) “obeso” (la obesidad) no sólo es alguien que se “dejó estar”, sino el cruce entre un cuerpo y una historia en relación a ese Otro.

Un otro plasmado por madres muy controladoras, por el bullying en el colegio y  construido a partir de diversas clases de abuso que van haciendo de ese cuerpo un cuerpo entregado a la deriva de un vacío que sólo calma la ansiedad, llenándola de comida. Como si en algún lugar la comida devolviera a esa relación simbiótica con la madre, en donde todo vacío era colmado no sólo con leche sino con la posibilidad de volver a eso que Freud llamaba sentimiento oceánico, que era ese tiempo mítico del útero donde todo era completitud.

Ese relleno del cuerpo gordo se transforma en algo sin control y por lo tanto sin límites. Una especie de negación de la subjetividad que difumina los contornos entre el adentro y el afuera y hace del deseo algo entregado a un mundo que antes de que se lo devore, es devorado. Como si teniendo todo, no aparecerá el vacío. De ahí que podemos entender la ansiedad siempre presente en estos cuadros. Ese colapso temporal es una pelea a vida o muerte entre tragar o ser tragado.
Hay varias formas de pensar en lo intrincado de este proceso y aunque toda generalización hace perder lo singular que hay en cada síntoma, es un camino que hace comprender la construcción de una subjetividad que borra paradójicamente la subjetividad.

Algo que se repite en muchxs de los pacientes, es una madre que se vincula de una forma en donde no existe el espacio propio, algo esencial para la construcción de la identidad. Padres que ponen candados en el refrigerador, madres que observan cada movimiento por el bien del otro y se terminan transformando en un panóptico en donde la diferencia y el deseo dejan de existir porque se empieza a hacer todo para ese otro que es el que sabe.

De vez en cuando todo eso que se calla para complacer a ese otro explota y aparecen todos los odios(no los oídos) juntos, una paciente lo metaforizó de forma perfecta: “Me cansé y les grité que pararan de criticarme, les grité que por qué chucha no pueden cerrar la boca”.

Hombres que han visto desde niños disminuída su masculinidad a causa de las reiteradas burlas en su infancia y que llegan a la consulta con 80 kilos de más diciendo: “Estoy tan gordo que ya ni me veo el pico”.

Muchas pacientes relatan haber sido mayormente criadas por abuelas en donde los gestos de amor y diferenciación con la madre, se metaforizaba en la forma de un dulce. Lo dulce como escape de una madre castradora, la comida como transitividad de la cercanía, del contacto, de la empatía. No es casual que muchas demandas de terapia parten cuando muere la abuela. ¿qué queda después?

La comida como representación de esos momentos de vínculo que ya no existen.

Hilde Bruch en su obra «Eating Disorders» enfatiza la dificultad que tiene el obeso para identificar sus propias sensaciones, no pudiendo tal vez como herencia de la incapacidad empática materna, reiteradamente sufrida, distinguir hambre de saciedad ni hambre de otras emociones que le embargan cotidianamente.

La consecuencia de esto, observada constantemente en pacientes, es el comer como respuesta a las emociones más diversas. No recuerdo el nombre de una película en donde un padre solucionaba todo con un limpiavidrios, pero se parece a esas madres o padres que solucionaban todo con un chupete.

El síntoma del obeso termina siendo al final una metáfora totalizante que termina ocultando al sujeto.

La obesidad termina siendo un mecanismo para ocultar al fin y al cabo la pulsión y el deseo.

Es muy frecuente escuchar comentarios como: “Tengo que conformarme con el marido que tengo porque míreme” “Odio mi trabajo pero nadie aceptaría a una gorda como yo”

De una forma parecida hay hombres que dicen: “Empecé a engordar cuando me casé y empecé a tomar 12 chelas antes del trabajo porque no quería llegar a la casa” “No tenemos sexo hace como un año porque nadie desearía a alguien así, pero ahora voy a putas y terminaron siendo mis amigas”.

Estas “sentencias” muestran la manera en que la obesidad se convierte en  síntoma.

Es así como la obesidad no sólo quiere negar el cuerpo sino también la mirada.

Es como si se duplicara la negación de ser objeto de deseo o más bien como si se convirtiera en algo real. Un cuerpo vulnerable y ofrecido. Un cuerpo perdido al que la mirada pareciera ya no importarle.

Es por esto que no es casual que en la mayor parte de los pacientes obesos, nos encontremos con narraciones distintas pero finales casi iguales: La historia de cómo han perdido la autoridad sobre su cuerpo.

Separarse en pandemia

El otro día me puse a pensar, a partir de un paciente que llega a la consulta después de una dolorosa separación, en lo nociva que ha sido esa idea del sentido común de la media naranja y también en las implicancias y paradojas de esa metáfora en tiempos de pandemia.

Lo primero que me pregunté, no sólo en este caso sino en varios más, fue acerca del lugar de diferenciación necesario en todo sujeto para que se movilice el deseo cuando cuatro paredes que en general suelen ser físicas se transforman en simbólicas.

Me puse a pensar en eso que prodríamos llamar tiempos “más normales” en donde lo cotidiano podía darse de una forma distinta. En ese espacio justamente que aparecía como límite de otro espacio. El de volver a la casa a contarse el día a día, las salidas con los amigos o el final del libro que leíste en el metro.

Sin esa separación, lo cotidiano se vuelve rutina y el tiempo, una especie de repetición de “El día de la marmota”. Desaparece esa falta, esa ausencia, que hace que uno pueda desear al otro porque hay algo de ese otro que sigue siendo un enigma.

Sin ese espacio propio que uno podía compartir ¿Qué sucede con eso que hacía interesante al otro y convertía esa incógnita en deseo?

“Todos esos proyectos que teníamos en común se los tragó el día a día porque la rutina hizo que todo se volviera común. Sólo éramos unos extraños que encima tenían que aguantarse”

 “Yo ya llevo 2 divorcios y a veces pasaba que volvía a la casa a resolver problemas domésticos que resolvía yo, pero si antes tenía ganas de volver,ahora esa casa es como la de las películas de terror, esas llenas de fantasmas”.

Como psicólogos haciendo clínica en pandemia se hace necesario distinguir lo que Moty Benyakar llamaba “lo disruptivo” para diferenciarlo de lo “lo traumático”. Sabemos que lo traumático, en psicoanálisis, solo puede evaluarse a posteriori. Una amenaza rápida e incierta sobre proyectos personales, familiares, sociales y económicos suele tener un sentido de urgencia que aunque obviamente se liga en algún momento a la historia del paciente y a su vivencia, en un primer instante, es una respuesta normal frente a un desequilibrio.

Lo difícil de renunciar al otro en tiempos de pandemia, es que no necesariamente se trata del otro, sino más bien de ese que éramos con ese otro y, en tiempos de tanta turbulencia, ese otro que nos hacía sentir bonitos, inteligentes o deseados, se transforma en algo más difícil a lo que renunciar por esa sensación de vacío interno producto de la pandemia, donde lo individual, comienza a desaparecer.

Miedo a quedarse solo, a tener que enfrentarse a nuevas preguntas, miedo a dejar eso cotidiano que nos da un lugar seguro. Y al final, es contradictorio, porque eso que genera seguridad en la costumbre, hace a cada uno a veces, más miserable.

Como esas parejas que llevan a su hijo porque tiene un problema y en el momento en que el hijo empieza a mejorarse abandonan la terapia porque necesitan la idea de que el del problema es su hijo.

Cuando el problema deja de ser el niño empiezan a develarse los problemas de la pareja. Es duro decirlo pero necesitan a veces al hijo como una especie de chivo expiatorio de todo lo que está mal en la relación y que no quieren ver.

Es este miedo a la separación el que comienza paradójicamente a destruir, tal vez, lo bueno que cada uno veía en el otro y, a veces, en sí mismos.

Empiezan a pasarlo mejor siempre en otros lados y la pareja pasa a convertirse en un lugar de fastidio. Si hay ausencia de proyectos compartidos, comienzan a alejarse cada vez más porque ya no existe obligación de juntarse en lugares que no sean los obligados por la rutina familiar o de pareja (mesa, cama, etc). Si los hay, es por iniciativa de uno de ellos y es aceptado con fastidio por el otro. El que se adapta a los planes del otro termina cobrando el haber cedido, con demandas constantes o sintiendo que es un sacrificio que se hace por la pareja.

Esa idea idílica de películas de Hollywood de que el otro te completa, le ha hecho muy mal a la vida de pareja en la pandemia, porque cuando todo se vuelve simbiótico, desaparece la falta. Esa ausencia que hace posible la aparición del otro, no su hostigamiento.

Para que haya una pareja se necesitan no sólo dos sino tres.

Pobre vacío que nunca quieren invitarlo a la fiesta.

El closet tiene más de un dueño

Si partimos pensando que la conformación de la identidad ya es en sí mismo un proceso complejo y que incluso lo que la sociedad llama “normalidad” produce patologías día a día, ponerse a pensar en lo que para muchos escapa a la regla, se convierte generalmente en un proceso con más piedra en el camino.

Si ya la sexualidad es algo eternamente incompleto y en la consulta tenemos día a día gente que sufre por ser demasiado “normal” o por “ser demasiado rápida o demasiado lenta” es porque encajar nunca será fácil para nadie. La identidad siempre será un proceso en cambio constante.

Esto ya lo saben los que teniendo todo fácil empezaron a tenerlo difícil cuando les cambiaron las reglas del juego. Lo saben los que se dieron cuenta que la elección de casi todas sus parejas y ex parejas repetían el mismo patrón. Lo saben aquellos que siempre se relacionaron con parejas que sentían inferiores y les resultaba demasiado cómoda la descalificación constante.

Lo saben también los que para dejar una adicción no la dejaron y en realidad cambiaron el alcohol por el cigarro o la cocaína por lo ravotriles.

Llegan todo el tiempo padres queriendo reconvertir a sus hijos a lo que ellos estiman que es lo mejor para su descendencia. Las preguntas suelen ser de los padres acerca de las expectativas que ellos tenían y que sus hijos dejaron de cumplir. Llegando a este punto, no se trata de que los padres sean malas personas sino más bien de que nunca han dado un lugar, primero para preguntarse sobre el peso de sus expectativas sobre sus hijos. Segundo, y más importante, sobre lo que significa no haberle dado el lugar a veces a sus hijos para que ellos puedan construir sus propias preguntas.

Muchas veces esto se dice en la forma del: “No quiero que tengan que pasar lo mismo que pasé yo” sin darse cuenta que hay cosas que aparte de que no sean ahorrables de una generación a la otra, tienen que ver con el proceso personal de incluso saber qué es lo que hay que preguntarse. Ese “lo mismo que pasé yo” suele desconocer la idea de que lo que el padre aprendió con todos los errores que eso conlleva, fue de una manera o de otra un proceso de aprendizaje, pero no sólo eso sino que también, ahorrarle al hijo lo que su padre vivió, puede ser también heredarle al hijo una historia que no es suya.

Ahora bien, todo esto que sirve como ejemplo mínimo para decir que la conformación de la identidad siempre es problemática, muchas veces en el caso de gays o lesbianas, puede serlo aún más, porque las formas de canalizar todo este proceso se vuelve más difícil.

Ese lugar común del “Aceptarse a uno mismo” suele olvidar que ese sí mismo siempre depende del espejo de los otros. Nunca será lo mismo ir a meter los dedos en el enchufe a los 4 años sabiendo que podemos ir a llorar a los brazos de alguien que no sabiéndolo. Nunca es lo mismo meter nuestro primer gol en el colegio y que no haya nadie que nos importe que esté mirando, y si ese gol es algo que cumple las expectativas puestas sobre nosotros, más alegría o seguridad tendremos.

Pensemos ahora en alguien que suele escuchar comentarios ofensivos en contra de homosexuales o de lo que suela ser distinto a la norma y sumémosle a lo que ya la adolescencia tiene de miedo e inestabilidad, la idea de que muchas veces lo distinto es un error. Imaginemos ahora a un adolescente que no sólo se las tiene que empezar a ver con su sexualidad y con su cuerpo que ya implica empezar a ser distinto en sí mismo, teniéndoselas que ver con una especie de multiplicación de lo que significa sentirse diferente.

Si ya tener que encajar en todo lo que empieza a cambiar es un tema complejo, sumarle a eso, que el mundo te sume más diferencias termina siendo lógicamente más conflictivo aún.

No es casual que en el siglo pasado distinguieran la adolescencia de la adultez con el cambio entre los pantalones cortos y los largos. Tampoco lo es la idea aún presente, de que el “hacerse hombre” yendo al prostíbulo te hace realmente hombre.

No es tan difícil entender que esos ritos en general tienen más que ver con los testigos que con los actores.

Si en realidad fuera cierto lo de que hacerte hombre se hiciera realidad en un prostíbulo no tendríamos ni metrosexuales, ni identidades cambiantes. Tampoco tendríamos pacientes que llegan a preguntarse qué es ser hombre hoy. Menos tendríamos pacientes con crisis cuando su mujer empieza a ganar más plata que ellos y esa idea de ser hombre, construída en torno al macho proveedor empieza a tambalear.

Lacan dijo alguna vez que lo que perdemos cuando perdemos a alguien es lo que eramos con ese alguien. O sea que lo que perdemos es ese espejo que nos hacía más queribles, más chistosos, más inteligentes. Por eso suele suceder que cuando cambiamos de parejas todo sea más frágil o más vertiginoso. Dudamos mil veces más de lo que el espejo nos está devolviendo. Somos más torpes porque la imagen que nos devuelve el espejo es más tímida y tiene mil veces menos seguridad de lo que somos.

Todos estos son ejemplos de que esa normalidad o lugar común, no sólo son siempre cambiantes sino que suelen evitar demasiadas preguntas. Las mismas preguntas que suelen evitarse en esas ideas del sentido común que nos dice a veces que “las cosas son porque son o han sido siempre así”.

Pasan por la consulta cientos de padres preguntándose por si a su hijo que creen que es gay, le faltó jugar más fútbol o conocer más mujeres. Un padre una vez se preguntaba incluso, citando el mito de beauchef, si es que su hijo fuera gay porque se rodeaba de puras minas feas.

Y no nos confundamos en esto de que sea algo risible porque desde la lógica de ese padre hay un intento de comprensión. Uno ha visto a colegas reírse de que el comercial de zolben creara más embarazos porque muchos pensaron que era un anticonceptivo. La idea de que se pensara eso no se trata de falta de educación ni nada semejante. Siempre se trata de que la realidad la construimos con los elementos que tenemos a mano.

Si un publicista te pone a una pareja excitada y entre medio te dicen que nada arruine esos momentos, no es muy difícil imaginarse eso.

No hay que olvidar jamás que las ideas que construimos de nosotros mismos y de los que nos rodean provienen de lo que solemos decir y lo que nos dicen los demás.

Las identidades no provienen de la genética sino más bien de la historia que nos contaron y de la historia que podemos armar a partir de eso.

Volvemos ahora entonces a los espacios sociales donde unos repiten historias y otros tratan de armarlas. La identidad al fin y al cabo es la construcción de la narración de un sí mismo.

Existen miles de espacios para que los heterosexuales socialicen y puedan lidiar con su adolescencia pero en el caso de los que no lo son, o escasean o los obligan a toparse con la homofobia o a ir a lugares que no tienen que ver con su edad.

Los heterosexuales no están obligados a salir del closet pero vivir en el closet no es garantía de nada.

Casos como el de Zamudio donde algunos tienen que matar a lo diferente para confirmarse en su identidad nos demuestran muy gráficamente que la “normalidad hetero” no es garantía de nada. Sigue siendo un proceso eterno de construcción y de diferenciación. Y las confirmaciones de la “normalidad” suelen ser cada vez más complejas.

Cuando lo normal se resquebraja empieza a ponerse cada vez más violento. No quiere abandonar la promesa de que si seguía las reglas tendría el paraíso.

Esto en el fondo es un intento para decir que la diferencia está en cada uno de nosotros. Todos somos un Jekyll and Hyde y lo diferente no está en el otro.

Si esto se entendiera alguna vez, tal vez un día nos daríamos cuenta que de una u otra forma todos siempre estamos dentro y afuera del closet.

Si la identidad fuera algo ganado y fijo. Todos los jubilados serían gente feliz.