Suede. Dog Man Star.
1996. En José Zapiola casi esquina Vicente Pérez Rosales quedaba la casa de mis abuelos paternos. Ahí estaba viviendo yo, mientras cursaba mi primer año de Ingeniería de Ejecución en Sonido en la VIPRO. Ese año fue increíble, aprendí mucho de música. No por la carrera, por supuesto, en la que duraría solo dos años. Lo que más aprendí de música lo aprendí por los amigos que tuve en clases, que me prestaban discos de bandas que no había escuchado nunca en mi natal Rancagua. Sí había oído hablar de ellas y leído de ellas, en revistas o periódicos, y me las imaginaba. Una belleza que hoy no existe, en cierto modo. Todo la música está ahí, pero no existe la emoción de la espera ni la anticipación. Menos de la imaginación.
Antes de irme a vivir a la capital ese año, yo solía viajar por el día desde Rancagua solamente a vitrinear discos. Era algo que hacía cada uno o dos meses, desde chico. Me metía en la Fusión y pasaba todo el día, mareado revisando todos los estantes de principio a fin. Pero ese año, 1996, fue un año donde tuve la libertad de poder ir cuando quisiera a ver discos, y lo hice. No solo en Fusión. También pasaba en la Background, en Prontomusica, en donde sea. Recuerdo que el verano de fines de 1995, justo antes de irme a estudiar, conocí en la Radio Futuro -por entonces de la Inmensa Minoría- a The Auteurs. Quien sea que haya programado ese especial debe saber que me dio un gran regalo ese día. Alguien programó lo mejor de los discos que tenían entonces -New Wave y Now I’m a Cowboy- y conocí así la música de Luke Haines, maestro total. Qué iba a saber yo que 20 años después, el martes 8 de diciembre de 2015, me iba a tomar una pint con Haines en el Assembly Arms de Kentish Town de London.
Pero por ahora estoy hablando de 1996. Apenas llegué a vivir donde mis abuelos, con la plata de esa primera semana para mi colación, me compré altiro el New Wave de los Auteurs en Fusión. A la semana siguiente, compré otro disco. Y así, iba gastando mi mesada en discos, incluso a veces no comiendo nada en la U o no tomando micro para poder comprarme un CD. Era un junkie.
En Rancagua llegaban discos, claro. Me compré el Dummy de Portishead el 94 cuando estaba en 3ero medio, en la tienda de Waldo Nahuel, eterno vendedor de discos la raja en la ciudad. Él también me vendió el The Serpents Egg de Dead Can Dance. El Post de Bjork también me lo compré el 95 en Rancagua, en la Sonidos del Paseo Independencia. Pero nunca hubiera encontrado el CD de Psi Com en Rancagua -que me lo recomendó el Javier de Prontomúsica, con su peinado a lo Robert Smith. O el Bossanova de Pixies, que me lo recomendó Andrés Paucay, un amigo que conocí en la VIPRO y con el que pelábamos el cable con The Cure. (Debo acotar que yo no conocí nunca un fan de The Cure en mi pasar por el colegio. Al contrario, me hueveaban porque escuchaba eso en vez de Pantera, por ejemplo). Andrés me recomendó el Bossanova y me prestó el Four-Calendar Café de los Cocteau Twins, entre otros discos. Y, así, todo creció como bola de nieve. Me compré el Head over heels y el Victorialand y terminé yendo donde Hugo Chavez a decirle que me declaraba fan de Cocteau Twins, y me vendió el Forever de Cranes, confiando en que me gustaría. Y ¡oh sí! que me encantó.
Otro compañero de la VIPRO, el Vidal, que era metalero -y también de Rancagua- tenía un peluche de serpiente en su casa además de cortinas de Cannibal Corpse, y cachó que yo tenía una tendencia darkie en mis papilas auditivas -siempre darks, nunca indarks- y me prestó discos cargados al doom y lo teatral, como el Bloody Kisses de Type O Negative en cassette (que menos mal lo escuché por primera vez con audífonos en la casa de mi abuela, porque sino ella se hubiera espantado con los primeros dos minutos), el Conspiracy de King Diamond, el Wolfheart de Moonspell, el Welcome to my Nightmare de Alice Cooper y los cuatro CDs qué Danzig tenía a la fecha. Para qué decir que Danzig me voló la cabeza y hasta el día de hoy el Danzig IV es para mí un disco impresionante y un favorito de la vida. Así terminé buscando más música del estilo, en disquerías ya inexistentes de las galerías de Providencia, y llegué a otro álbum de cabecera y que me cambió la vida, como el Velvet Darkness They Fear de Theatre or Tragedy. Otro compañero en la VIPRO, el Javier, era fan de Ministry, de Front Line Assembly, NIN, Skinny Puppy y similares… pero su legado más grande fue mostrarme a los Residents y prestarme todos los discos de King Crimson.
Pero hay discos que no te los recomienda nadie y aparecen de la nada -o uno se les aparece a ellos- como si hubiesen estado siempre ahí, como el caballo de tiza de Uffington -el de la portada del English Settlement de XTC-, los petroglifos de Nazca, o esos discos que estaban donde mis papas desde antes de que yo naciera, preexistentes, como los vinilos del Catch Bull at Four de Cat Stevens, el Tapestry de Carole King, o el Hotel California de Eagles. Discos que restrogeando revisaba, miraba sus carátulas y puse en un tocadiscos Pionner por primera vez cuando tenía como 7 años. Son discos que hasta hoy me parecer inmortales, perennes.
Eso me pasó con un cassette que estaba en la Feria del Disco del Apumanque, a $500, a comienzos de 1996. Siempre solía ir ahí después de clases, a dar unas vueltas, ver discos en SPEC o en la Feria, y comer algo. Me llamó la atención de inmediato la portada, lúgubre, melancólica, con unas letras que decían London Suede. Dog Man Star. Hipnotizado, lo compré sin dudar. Se sentía como que hubiera estado esperando a que yo llegara. Yo había escuchado hablar de Suede un tiempo antes de eso, porque cuando conocí a los Auteurs en la Futuro me enteré de que las dos bandas eran algo como antagónicas, al menos esa era la promo, como de estas típicas broncas que inventan los tipos del NME, del tipo Blur vs. Oasis, Beatles vs. Stones, Prisioneros vs. La Ley. Simplemente no pensé en llevarlo, fue automático. Ni siquiera pregunté si podía escuchar el cassette antes de comprarlo. Eran 500 pesos y yo no perdía nada. De hecho, gané a mi segunda banda favorita de los 90s. La primera sería Pavement, y los conocería por MTV con el video de Stereo en 1997, y el Brighten the Corners lo compraría al toque en la Background. El Wowee Zowee lo compraría en Fusión unas semanas después y todos los LPs del Slanted hasta el Brighten (incluyendo el Watery Domestic) por Amazon el 98, llegaron en una caja. Tiempo después los vendería todos y me quedaría solo con el Crooked Rain, que me lo firmaría Malkmus el 2002. Pero eso es otra historia. Con el tiempo, he hablado con Malkmus, Spiral, Bob, con Brett Anderson y Mat Osman. Una locura pensar que de verdad me parece que cuando Einstein dijo que la diferencia entre pasado, presente y futuro es una ilusión, tenía razón. Todo sucede al mismo tiempo.
Acostumbrado a abrir los discos de inmeadito, apenas los compraba, y a ir escuchándolos en la micro, acá con el Dog Man Star tuve que aguantarme hasta la casa porque en esos días ya no tenía Walkman, solo Discman. Llegué a la casa de mis abuelos emocionado y expectante. Ahí, encerrado en mi pieza, que alguna vez fue de mi papá, con esa ventana que daba a una palmera y donde las cucarachas del patio a veces se colaban en la cama, le di play en ese equipo Aiwa de doble cafetera y tres CDs a uno de los discos que más tatuados tengo en la vida.
Los 10 segundos más largos del mundo siempre eran esos que demoraba una cinta en llegar a la parte donde comienza el primer tema. Se asomó esa reverberación de ‘Introducing the Band’ y, literalmente, esa fue la carta de presentación de Suede en mi vida. Una batería hundida, abisal, golpeaba con vehemencia y apareció el bajo de Mat, sinuoso. La guitarra de Butler -conchesumadre- lacerando un riff de tintes orientales, me dejó enmudecido. “Dog Man Star took a suck on a pill”, chillaba Anderson, con un vozarrón que me recordó a Bowie al instante. Eléctrico, apoteósico. AMÉ que el disco comenzara nombrándose a sí mismo, en una hermosura de autoreferencia. La primera vez que viví eso fue con Close to the Edge de Yes, cuando tenía como 8 años y la escuché por primera vez. Una canción que habla de sí misma y de su propia evolución es impresionante. Pero este era un disco que tenía vida propia. “There’s a song playing on the radio. Sky high on the airwaves on the morning show”, despunta el vozarrón de Anderson full reverb en la entrada de ‘The Wild Ones’, una canción que me erizaba entero cada vez que caminaba con el álbum a mango en mi Discman bajo la lluvia en esos años. Porque obvio que me compré el CD poco después, agradecido de que la versión americana incluyera ‘Modern Boys’ al final, una canción que podía saber de memoria cuántos segundo de silencio (13) venían después del cierre. “Let the decades die, let the parties fall and we’ll be miles away”, decía. Y es qué hay una sensación de drama apocalíptico cruzando todo, en la violencia y retaliación contra el sistema de ‘We are the pigs’ (qué buena esa línea de “we’ll watch them burn”), en la obsesión de ‘Heroine’ y ese middle eight discordante, en la desgarradora y viciosa con tinte de Pink Floyd “The Asphalt world” o en la nostalgia enfermiza de ‘2 of Us’ (un título tan Prince, que reclama amor incondicional) con la banda nuevamente saltando al mundo real: “Lying in my bed I listen to the band”…
Son muchas las veces en que el álbum cruza la cuarta pared y llega a la vida, se abre paso en la naturaleza muerta de lo ordinario, esa suerte de “Still life”, preservada en ámbar. Lo escucho hoy día, veinticuatro años después de haberlo descubierto, y me parece siempre presente, siempre inalterable. Como si de una constante se tratase… Dog Man Stat me ha acompañado siempre, y siempre me emociona al punto de quitarme el aliento o dejarme al borde de las lágrimas. Al leer los dos volúmenes de las memorias de Anderson, y entender un poco sobre cómo se gestó, con esa correspondencia secreta y endemoniada entre Brett y Butler, veo de dónde viene la catarsis en la ejecución… entiendo el fuego en el quiebre definitivo de la relación entre él y Justine, el pesar y la tristeza ahogada por la muerte del padre de Butler… y por sobre todo hago el paralelo con esos sueños que tenía Anderson antes de formar incluso Suede, cuando imaginaba el recorrido del Tube desde Haywards Heath hasta London, esa imagen que está clarísima, casi autobiográfica en “Black and blue” (“There was a boy who loved the noise of the underground. He left the coast and overdosed on that London sound”)…y veo por qué Dog man Star se me pegó tanto. Yo también me cambié de ciudad cuando lo conocí, de Rancagua a Santiago, y era todo un mundo nuevo, lleno de música y experiencias, que se abría por delante y daba comienzo a una nueva era. Y no sucedió sólo entonces, sino que es algo que sucede siempre. Cada vez que le doy play, la “banda se presenta” nuevamente, para seguir caminando conmigo. Ya sea escuchándolo en los audífonos en un bus de Viña a Santiago -cuando vivía en la playa y me tocaba viajar por pega por el día- o en Paddington, cuando iba a comprar algo para comer al Tesco o al Waitrose en esos casi seis meses viviendo en London a un par de cuadras del Hyde Park junto a mi esposa. Ahora, mientras escribo, lo escucho otra vez, tal como lo seguiré escuchando en mi cabeza, en mis audífonos o en los parlantes, acá, en el mundo de asfalto.