De todas las canciones que sonaban en la radio cuando era chico, eligí mencionar esta porque escuché decenas de versiones de ella. No sólo la original, que salía a cada rato en la radio, sino las que cantaban los participantes del Festival de la Una. Había canciones AM que eran particularmente populares en esos concursos. Penélope, de Serrat, El me mintió, de Amanda Miguel, Sinceridad, de Cocciante y esta. Tengo el recuerdo de despertar en la mañana con la radio puesta al desayuno y la Minería o la Chilena tirando esta canción entre las noticias. Luego, algún flaco desdentado cesante la hacía pedazos en El Festival de la Una y se llevaba una manta de Poncho Lindo y una caja de salsas de tomates y, en la noche, en los programas que escuchaba mi vieja, como uno que se llamaba Nosotros Dos y que era como un Chacotero Sentimental sin sexo, alguien volvía a pedirla y la escuchaba por última vez. Siento que para mucha gente de mi generación, la música AM fue el verdadero pegamento social que no obtuvimos ni del cine, ni de la política ni de la televisión. No todos veíamos los mismos programas ni teníamos padres de las mismas tendencias, pero todos sabíamos quién era Perla, o Raphael o Camilo Sesto.
Rocket Man, de Elton John
Mi vieja gustaba mucho de Elton John y escuchábamos radios donde la tocaban. Era mal visto en el liceo, era mal visto en la universidad, a nadie le dije nunca que me gustaban las canciones de Elton John porque era lo peor. Era como que te gustara Bon Jovi. Casi era como declararse maricón. Pero tenía canciones increíbles. Rocket Man es un himno. En mi cabeza, al Mayor Tom de Bowie lo rescata el Rocket Man de Elton y juntos viajan por la galaxia.
Born in the USA
Oficialmente, conocí a Springsteen en la universidad. Ahí me conseguí los discos, me aprendí las letras y todo el asunto. Pero más tarde, mucho más tarde, recordé que mi vieja tenía el cassette pirateado de Born in the USA. En esa época, justo antes que vinieran los conciertos de Amnistía y todo el asunto, Springsteen tenía como ese cartel de artista proyanqui derechista y reaganiano justamente por esta canción. Pero la letra es exactamente lo contrario. Habla de una generación de cabros que se fueron a Vietnam, que vieron sus vidas hechas pedazos y que volvieron a trabajar en las fábricas e industrias que Reagan hizo mierda con sus reformas económicas. Fue una generación de gringos pobres que lo perdieron todo. Además, con Born in the USA me pasó esa cosa tan sudaca que le pasa a tantos cabros chilenos que al principio no sabían mucho inglés: que entendía cuatro o cinco palabras, dos o tres frases y de ahí me inventaba el sentido completo de la letra. Ah, esta canción habla de una refinery, de andar on the road y de un lugar llamado Ke Sang que debe ser en Japón. Recuerdo que ese verso del amigo que se quedó allá y se enamoró de una vietnamita y que Springsteen tiene una foto de ella en brazos de él, siempre lo asocié con Nacido Para Matar, donde los soldados hablaban de enamorarse de las minas que encontraban.
La cultura de la basura
Escuchando radio / vamos al estadio/nos carga Julio Iglesias / y el jabón Lux. Para mí, eso es Chile. Esta canción es el Chile donde crecí y sigo viviendo. A diferencia de La voz de los 80 y Pateando Piedras, este disco no sonó mucho en el sur, que era donde yo vivía. Un compañero me prestó una copia pirata donde venían algunas canciones y así la conocí. Los Prisioneros no sonaban en la radio. Primero sonaron en la televisión y luego vinieron cosas como la Rock & Pop, donde ponían el Corazones o El Baile de los que Sobran. En mi cabeza, Los Prisioneros nunca fueron una banda de radio. Yo las canciones de La Voz de los 80 las conocí porque la hija de una amiga de mi mamá se las sabía de memoria y las cantaba en la playa a capella. Odiamos a los jefes de nuestras fábricas / cenamos con los jefes de nuestras fábricas/ marchamos con los jefes de nuestras fábricas. De nuevo, eso es Chile. Un país donde vives codo a codo con la gente que detestas o que no te tolera, pero donde todos se uniforman y marcan el mismo paso. Siempre me gustó La cultura de la basura y lo mejor era que la podías cantar aunque fueras desafinado. Aunque nunca la pude sacar en flauta dulce. No se daba muy bien en ese instrumento.
Solos en América
Recuerdo que en primero medio en mi curso la onda era Soda Stereo, Charly García y Los Prisioneros, a la hora de hablar de rock en español. Era 1988 y Miguel Mateos era visto como lo peor, un nadie, una especie de Alvaro Scaramelli argentino. Era como vergonzoso que te gustara, pero a mí este disco me voló la cabeza. Creo que fue la primera vez que dije de algo: me gusta el sonido. Me gustan los sintetizadores, cómo suena el bajo, la batería. Era un cassette que sonaba muy bien en equipos grandes, con parlantes de verdad. Y la canción Solos en América es El Eternauta. Es un Buenos Aires arrasado, hubo un apocalípsis de alguna clase y el país ha sido devastado. El resto del mundo no contesta, estamos solos y siempre estaremos solos. Mateos ha tratado de escribir canciones abiertamente políticas y le salen terribles, pero creo que aquí fue político sin buscarlo y me sigue gustando la canción. Lo terrible de Mateos, como con los demás rockeros argentinos era encontrarse con los videoclips y cachar lo precarios que lucían en comparación con la música. Ver clips argentinos años después de escuchar las canciones era un trauma. Recuerdo que el comentario que todos hacíamos cuando salió el video de La ciudad de la furia es que era tan bueno que parecía gringo.
A boy named Sue, Johnny Cash
Yo me encontré con Cash en la universidad y la razón por la que me gustó fue porque cantaba en inglés coritos religiosos que yo conocía de mi infancia evangélica. Fue un shock: jamás había imaginado que esas canciones tuvieran validez fuera de la iglesia, nunca se me habría ocurrido tararearlas en el colegio o en una fogata en la playa. Pero Cash encontró belleza en ellas y las integró a la visión de mundo que tenían sus composiciones propias. A boy named Sue es sobre un tipo que se hace rudo y violento para sobrevivir al nombre
de mujer que le legó su padre y es, primero, un gran cuento corto y, segundo,
la clase de fábula con moraleja que inventan y entienden mejor los que crecieron leyendo la Biblia y temiendo a Dios. No digo que no le hable a otra gente. Pero creo que Cash y su mirada terrible del mundo como un lugar de castigo y resignación se entienden mejor si tuviste una de esas infancias canutas donde te sientes vigilado 24 horas al día.
The Beat, de Elvis Costello
Me hice fan de Costello muy tarde, ya viviendo en Santiago. Estaba recién separado, arrendaba un departamentito en Viollier, no salía, no tenía amigos, dormía en un colchón en el suelo. Encontré un cede de mp3 donde venía Live at Mogambo, escuché esta canción y cagué. La escuché 20 mil veces en un año. Me aprendí la letra de memoria. Es un tipo enamorado y furioso, furioso por enamorarse y por ceder al deseo. Es una canción sobre el deseo sexual como algo que los mueve a todos y que los obliga a jugar juegos estúpidos, a fingir desinterés o desamor y, en definitiva, a hacerse la vida miserable a pito de nada. Nada cambia, sólo el ritmo que bailas mientras diseñas estrategias para llevarte a alguien a la cama. Esa me sigue pareciendo una de las grandes verdades de la vida.
Recuerdo la primera vez que escuche (1) Smells like teen spirit, fue en el programa Sábado taquilla, tenía 11, y tuve una sensación muy rara , como de estar escuchando una canción que ya había escuchado antes pero nunca de esa manera. En esa época los referentes eran escasos y me recordó lo rubio que era Sting. Esa fue una de las primeras.
Antes, el primer cassette de rock que llego a mis manos fue (2)Flash gordon, de Queen. Mi padrastro tenia una gran colección de música en cassette pirateados ya que en su juventud como buen paisano tuvo un puesto de vinilos en el parque de los reyes y grabó cada disco que paso por ahí. Flash fue importante, era épico. Me imaginaba que el vocalista era realmente flash gordon y tiempo después cuando vi el video de innuendo en la tele tuve una super decepción al ver que el front man no era un tipo con traje, como un superhéroe y parecido a he man , sino Freddy Mercury. No escuché Queen por un tiempo, luego volví.
No recuerdo con que canción entró Fatih No More en mi adolescencia pero también entró como si siempre hubiera estado ahí. Cito la canción (3) Mark Bowen , del We Care a lot, la frase “im a human bomb” me llamaba la atención.
Recuerdo mi primera borrachera en el paseo bulnes a mediados de los 90 tengo fotos en mi memoria de mi cantando el(4) condor de los fiskales ad hoc meando en frente de la moneda.
Una de mis primeras pololas, la carola , era mucho mas grande que yo, yo tenia casi 15 y ella 19. era una niña punk que no se sacaba los bototos de paco ni en febrero. Me mostró harta música y entre ella conoci a bjork. me quedo con (5) crying de su disco debut, para recordar ese verano, que si no me equivoco era de 1995.
Mi primer des-enamoramiento a los 16 fue con she loves me not de faith no more. la letra estaba calzada para ese momento. nunca se sufre tanto como cuando uno es teenager… creo.
En 4to medio hubo invasión de música “alternativa” en mi vida.
Recuerdo que (6)exit music (for a film) me cambió un poco la manera de escuchar música, no entendía como una canción en la que no partía todo al tiro funcionara tan bien, con tanta atmósfera, tan emotiva, fuerte, pero lenta al mismo tiempo. otra gran gran banda de mi vida en esa época fue Morphine. En esa época aun no tenía una guitarra eléctrica y no me decidía si era mejor tocar la gtr o el bajo. marc sandman me enseño que menos era mucho mas y a pesar de que finalmente logre una peavey modelo stratocaster luego de jotear mucho a mi vieja , seguía pensando que era lindo tocar bajo. me quedo con el tema (7)potion de morphine , en el álbum like swimming.
Luego me encontré con el disco del plátano. Aquí si que me quedé pegado, no entendía como hace tantos años atrás se hizo algo tan tan nuevo y no me había enterado. Sonaba todo casi tan mal pero tan bien y fresco que lograban animarme y pensar “guau, esto es tan faácil que hasta yo lo puedo hacer” (8) all tomorrows partys- velvet underground.
Luego en la universidad , en la escuela de diseño teatral formamos una especie de grupo que se llamaba video sender, que hacia performances con proyecciones y telones de papel y varios elementos reciclados que terminaban siempre siendo destruídos al final del espectáculo como en una catarsis. Los ídolos de esta etapa eran (9) the residents, dejo el tema “voices of the air” del disco marc of the mole.
Otro clásico de la etapa universidad era(10)“comon billy” de pj harvey y (11)“diamond sea” de sonic youth.
Mi primera participación en una obra fue en una llamada prat, formamos la compañia teatro de chile ( www.teatrodechile.cl ). yo estaba a cargo de la escenografía y las luces. el tema:(12) “hall columbia” del soundtrack de la película ravenous, de damon albarn con michael nyman , me recuerda esa etapa, en que los skinheads nos esperaban a la salida del teatro y teníamos que pedirle a algún profe en auto que nos dejara en el metro. Esta otra poníamos antes de comenzar la funcion tb: (13)“when the angels play their drum machines” de Hefner. La etepa de maria milagro la resumo con “primer premio” de los planetas. el disco una semana en el motor de un autobus me acompañó en giras y viajes teatreros de esa época.
Segundo porrazo amoroso más o menos grave: (14)“last goodbye” de Jeff Buckley y mi encuentro con Dylan con el disco blonde on blonde y blood on the tracks.
Recuerdo haber puesto en repeat la cancion(15) “idiot wind”, durante mucho tiempo. No quería que se acabara nunca. En esa época fue concretándose el “vacaciones en el patio de mi casa”.
Yo tenía un amigo con el que éramos fanáticos de Redolés el año 91 o 92. Habíamos terminado cuarto medio y quedado en la universidad. Vivíamos en Villa Alemana y viajábamos en tren a Viña del Mar o Valparaíso. El tren tenía boletos de cartón que olían a pescado. Mi amigo vivía cerca de las casas de unos gitanos que eran parecidos a los de “Perla”. Para mí, el colegio -que quedaba en Viña- había sido una mierda. Había terminado la media solo y aburrido, medio psycho, medio perdido entre mis libros y ese paisaje de la provincia donde no había nada que hacer. Mis compañeros eran fanáticos de Guns & Roses, Pink Floyd o Depeche Mode. Algunos ya estaban perdidos. Otros se estaban yendo al carajo. Estuve feliz de no ver nunca más a la mayoría. Recuerdo que di la PAA y que quedé en Pedagogía en Castellano. En realidad quedé en Arquitectura, pero elegí Castellano. Mi amigo quedó en Historia. Mi amigo nunca estudió Historia sino que Ingeniería Comercial en una privada. Escuchamos a Redolés cuando íbamos a hacer las postulaciones. Escuchábamos el “Bello barrio”, que era de 1987 y “Química de la lucha de clases”. Nos sabíamos las canciones de memoria: esas historias que venían de la izquierda del exilio, de la vida cotidiana antes del golpe pero que se mezclaban con el punk y Nicanor Parra. Ahí venía “Chilean bussiness” que me parece un poema precioso hasta el día de hoy. Porque era raro Redolés: era demasiado radical para ser del Canto Nuevo y demasiado sofisticado para estar en el Rock Latino. Repito, ese era el verano en que Los Prisioneros giraban por Chile dando sus últimos recitales. A mí no me mataban. Creo que empecé a escuchar en serio a Jorge González con “El futuro se fue”. Me interesaba más Redolés que me inmunizó contra cierta poesía lírica y grave, que me salvó de Gonzalo Rojas y cosas de ese tipo. Después me di cuenta de que a Redolés había que escucharlo al lado de las novelas y guiones que Hanif Kureishi escribió en la década del ochenta, de cosas como “Mi beatiful laundry” o “El buda de los suburbios”. Porque había algo real en “Bello barrio”: era un corte generacional secreto que solo yo podía entender, que solo yo podía leer. Cuando entré a la universidad, a nadie le gustaba demasiado. Ahí se escuchaba salsa, música andina, se escuchaba Sol y Lluvia y Sexual Democracia. Redolés era demasiado poeta, quizás demasiado listillo para ese mundo. A mí me encantaba. Lo vi en vivo un par de veces ese año. La mejor fue en una tocata de Schwenke y Nilo. Tocaban los Schwenke, luego Redolés y, de nuevo, los Schwenke. El concierto era en el auditorio de la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso, donde alguna vez Víctor Jara había grabado un disco en vivo. Yo fui con mi amigo Christian o con mi hermano, no me acuerdo. Sí me me acuerdo que estaba lleno de punks que venían a ver a Redolés. También me acuerdo que Redolés tocaba solo, con una guitarra electroacústica, que no declamaba tan rápido como lo hace ahora. Pero lo más bonito fue esto: Redolés tocó y la gente se fue. Nadie se quedó a escuchar a Schwenke y Nilo. “El maestro Sandovar” es eso quizás: esa canción de 1987 que para mí habla de 1992, de cómo se deslizaban los tiempos, de cómo todos esos referentes de la cultura de la resistencia chilena me llegaban iluminados de nuevo, adaptados a mi propio lenguaje, escombrados pero también inevitables.
Rainy Night in Soho. The Pogues
Empecé a escuchar a los Pogues a fines de los noventa. No sé por qué llegué a ellos. Garth Ennis, que era mi guionista de cómics preferido de aquel entonces había llenado HELLBLAZER y PREACHER con citas a ellos. Al final de algún número, sonaba esta canción. En otro, un personaje parafraseaba “Thousand are sailing”, en otro, en un episodio especialmente perturbador de PREACHER -donde la pareja protagónica hablaban del trauma de abuso, de cómo recomponerse y saltar hacia el futuro- estaba detrás “Fairy tale in New York”. Ennis había sido importante para mí en esa época por varias razones: había terminado la universidad y me sentía medio perdido. La movida de Villa Alemana había desaparecido o envejecido rápidamente, mis amigos habían emigrado, se habían disuelto, estaban en otra. Yo había decidido dejar de escribir porque no tenía sentido, porque no valía la pena: la literatura era un espacio habitado por otros, por los que iban a talleres y se hacían amigos de los maestros, por los discípulos de Donoso, por los que escribían cuentos realistas y bien norteamericanos. Creo que Bolaño habla de esa sensación pero yo nunca lo había leído. Por el contrario, daba vueltas por la casa de mis viejos y releía la vieja biblioteca de mi padre y trataba de entender todos esos desajustes. Ennis y sus viejos cómics me consoladaban o me hacían sentir menos solo: el momento en que Cass, el vampiro irlandés que está calcado a Shane McGowan, le hace tragar un poema mal escrito a un gótico salido de Sandman me parecía una declaración de intenciones. La adolescencia ya había terminado, la universidad había terminado, la fiebre de la tribu había terminado. RAINY NIGHT IN SOHO habla de eso. Habla de sentirse fuera de lugar, habla de perder el centro, habla de crecer. Lo que cuenta es una tragedia -la de una pareja que se separa- pero en realidad es una elegía por la muerte de la juventud, sobre habitaciones donde no llega la luz, sobre la idea de que las cosas que nos dieron certeza desaparecen y nos quedamos así como se quedaba el personaje de HELLBLAZER: mojados bajo la lluvia, sintiéndonos idiotas y tristes.
Silvestre Holocaust. Dorso.
Yo no podría haber escrito mis novelas sin “El espanto surge de la tumba”. Siempre le estaré agradecido al Rodrigo “Pera” Cuadra por haber editado en 1993 ese disco porque creo que hay algo ahí hay algo que lo cambió todo para mí: la lengua, los modos de narrar e interpretar nuestro imaginario, la forma en la que se mira el paisaje. Eso no lo sabía bien en 1993, cuando salió el disco, pero sí lo tuve claro el año 2005, cuando estaba pensando en el paisaje que habitaba “Caja negra”, mi primera novela y todo ese gore y pop del que estaba llena. Por supuesto, hay bastantes más cosas ahí, pero a mí Dorso, en retrospectiva, me parece harto importante. Dorso, el 2005, era una leyenda de la década anterior: ya se habían reciclado como una banda freak y bizarra. A mí eso me interesaba, justamente porque se habían vuelto un anacronismo. Me interesaba una literatura que jugara con eso: con la saturación de historias y formatos, que llevara las cosas un punto más allá en esa mezcla. Pero no había juego ahí. Las novelas que más me gustan de hace media década atrás (EL EXCESO, del Pato Jara, EL PÚGIL, de Mike Wilson, BONSAI, de Zambra, YGDRASIL, de Baradit) cumplen con aquello: se van al chancho porque no son un juego de ninguna clase, no se deben más que a sí mismas. Algo hay ahí. Algo pasa esos años. Como el disco de Dorso. Los metaleros más ortodoxos habían desechado su giro hacia el spanglish y el splatter y echaban de menos cosas más progresivas, como ROMANCE. Pero yo creo que EL ESPANTO SURGE DE LA TUMBA es uno de los discos más importantes hechos en Chile: no bromeo. Yo pensaba en ese disco mientras escribía. Me preguntaba de dónde había sacado el spanglish el Pera Cuadra, cómo cresta había inventado su propia lengua. Enrique Lihn dice por ahí que nunca se abandona el habla. Quizás tiene razón. Pero el Pera Cuadra fue capaz de doblarla hasta volverla irreconocible. “Hasta que En plena fiesta /un grupo extraño llegó / Pajarracos, animales y gente / en total estado de gore / entonces la fiesta si empezó / junto con la media cagá/ Jugando pichanga con cabezas/ siempre al decapitar / chanchos con pistolas, monos con gillete / haciéndolo todo puré / Chapoteando sin parar / de tripas es la carboná”. Aquellas imágenes, descritas como están, no pueden existir en otro lugar que en las canciones de Dorso, revelándose como una colección de postales infernales que no evaden el humor para narrar una especie de abismo. Un abismo que quizás es Chile; un país imposible que el disco describe con eficacia inusitada. Chile, un país cuyos monstruos sólo pueden ser cantados como quien recuerda de memoria los detalles de la utilería de una película de horror que vio en la infancia.
“Sister I’m a poet”.
Me obsesioné con esta canción hace unos cinco años. De hecho, la traduje. Estaba escribiendo Estrellas Muertas o tomando notas para esa novela. O quizás era Cien libros chilenos. Me pareció que Morrisey hablaba de cómo aprender a leer y cómo eso transfiguraba al lector. Lo que importa: quizás estaba releyendo Alhué de Gonzalez Vera y me interesaba, desde ahí, sacarme cierta cáscara: aprender a leer o contar sin tanta cita o efectos especiales. Había una teoría de la lectura ahí que servía para el mundo digital y las redes sociales y esas huevadas: cómo apreciar un conocimiento secreto. A mí me sirvió mucho, me volvió a centrar por un rato: la historia de un lector en un país de mierda sabiéndose especial. Por supuesto, hice un gesto: la traduje y la firmé como Gabriela Mistral y la publiqué en un blog y la metimos en el libro Chil3.
“Matar al presidente”
Esto es presente, puro presente. El año pasado estalló Chile. Eso lo sabemos todos. Matar al presidente fue la canción que interpretó al asunto: la canción que me permitió hacer catarsis. La tenía en la cabeza cuando estalló todo. El Macha canta acá como un poseído. Canta como si el diablo estuviera dentro suyo. El año pasado, desde el departamento en que vivo, me tocó ver mil veces cómo los pacos reprimían a los estudiantes. A veces te despertabas con eso: con guanacos disparándole agua sucia a adolescentes desarmados, con caballos lanzándose sobre la multitud. La Floripondio sonaba ahí como el día a día. Por lo mismo me acordaba de la canción cuando iba a las marchas: un domingo tuve una epifanía. La voz desquiciada y fragmentada del Macha provenía del mismo lugar del que venían los afiches de las familias que avanzaban pidiendo mejor educación: los pedazos de una lenguaje doméstico, de una vida cotidiana. Eso me pareció notable.
“Moha moha”. Mostro
Mostro es una de mis bandas preferidas. Trato de ir a verlos cuando puedo. Moha Moha es lo que ellos entienden por una canción bailable. Eso. Me interesa esa precisión matemática que llega a ser casi una abstracción: eso que llega parecerse al ruido: esa precariedad que es una forma de baile.