El closet tiene más de un dueño

Si partimos pensando que la conformación de la identidad ya es en sí mismo un proceso complejo y que incluso lo que la sociedad llama “normalidad” produce patologías día a día, ponerse a pensar en lo que para muchos escapa a la regla, se convierte generalmente en un proceso con más piedra en el camino.

Si ya la sexualidad es algo eternamente incompleto y en la consulta tenemos día a día gente que sufre por ser demasiado “normal” o por “ser demasiado rápida o demasiado lenta” es porque encajar nunca será fácil para nadie. La identidad siempre será un proceso en cambio constante.

Esto ya lo saben los que teniendo todo fácil empezaron a tenerlo difícil cuando les cambiaron las reglas del juego. Lo saben los que se dieron cuenta que la elección de casi todas sus parejas y ex parejas repetían el mismo patrón. Lo saben aquellos que siempre se relacionaron con parejas que sentían inferiores y les resultaba demasiado cómoda la descalificación constante.

Lo saben también los que para dejar una adicción no la dejaron y en realidad cambiaron el alcohol por el cigarro o la cocaína por lo ravotriles.

Llegan todo el tiempo padres queriendo reconvertir a sus hijos a lo que ellos estiman que es lo mejor para su descendencia. Las preguntas suelen ser de los padres acerca de las expectativas que ellos tenían y que sus hijos dejaron de cumplir. Llegando a este punto, no se trata de que los padres sean malas personas sino más bien de que nunca han dado un lugar, primero para preguntarse sobre el peso de sus expectativas sobre sus hijos. Segundo, y más importante, sobre lo que significa no haberle dado el lugar a veces a sus hijos para que ellos puedan construir sus propias preguntas.

Muchas veces esto se dice en la forma del: “No quiero que tengan que pasar lo mismo que pasé yo” sin darse cuenta que hay cosas que aparte de que no sean ahorrables de una generación a la otra, tienen que ver con el proceso personal de incluso saber qué es lo que hay que preguntarse. Ese “lo mismo que pasé yo” suele desconocer la idea de que lo que el padre aprendió con todos los errores que eso conlleva, fue de una manera o de otra un proceso de aprendizaje, pero no sólo eso sino que también, ahorrarle al hijo lo que su padre vivió, puede ser también heredarle al hijo una historia que no es suya.

Ahora bien, todo esto que sirve como ejemplo mínimo para decir que la conformación de la identidad siempre es problemática, muchas veces en el caso de gays o lesbianas, puede serlo aún más, porque las formas de canalizar todo este proceso se vuelve más difícil.

Ese lugar común del “Aceptarse a uno mismo” suele olvidar que ese sí mismo siempre depende del espejo de los otros. Nunca será lo mismo ir a meter los dedos en el enchufe a los 4 años sabiendo que podemos ir a llorar a los brazos de alguien que no sabiéndolo. Nunca es lo mismo meter nuestro primer gol en el colegio y que no haya nadie que nos importe que esté mirando, y si ese gol es algo que cumple las expectativas puestas sobre nosotros, más alegría o seguridad tendremos.

Pensemos ahora en alguien que suele escuchar comentarios ofensivos en contra de homosexuales o de lo que suela ser distinto a la norma y sumémosle a lo que ya la adolescencia tiene de miedo e inestabilidad, la idea de que muchas veces lo distinto es un error. Imaginemos ahora a un adolescente que no sólo se las tiene que empezar a ver con su sexualidad y con su cuerpo que ya implica empezar a ser distinto en sí mismo, teniéndoselas que ver con una especie de multiplicación de lo que significa sentirse diferente.

Si ya tener que encajar en todo lo que empieza a cambiar es un tema complejo, sumarle a eso, que el mundo te sume más diferencias termina siendo lógicamente más conflictivo aún.

No es casual que en el siglo pasado distinguieran la adolescencia de la adultez con el cambio entre los pantalones cortos y los largos. Tampoco lo es la idea aún presente, de que el “hacerse hombre” yendo al prostíbulo te hace realmente hombre.

No es tan difícil entender que esos ritos en general tienen más que ver con los testigos que con los actores.

Si en realidad fuera cierto lo de que hacerte hombre se hiciera realidad en un prostíbulo no tendríamos ni metrosexuales, ni identidades cambiantes. Tampoco tendríamos pacientes que llegan a preguntarse qué es ser hombre hoy. Menos tendríamos pacientes con crisis cuando su mujer empieza a ganar más plata que ellos y esa idea de ser hombre, construída en torno al macho proveedor empieza a tambalear.

Lacan dijo alguna vez que lo que perdemos cuando perdemos a alguien es lo que eramos con ese alguien. O sea que lo que perdemos es ese espejo que nos hacía más queribles, más chistosos, más inteligentes. Por eso suele suceder que cuando cambiamos de parejas todo sea más frágil o más vertiginoso. Dudamos mil veces más de lo que el espejo nos está devolviendo. Somos más torpes porque la imagen que nos devuelve el espejo es más tímida y tiene mil veces menos seguridad de lo que somos.

Todos estos son ejemplos de que esa normalidad o lugar común, no sólo son siempre cambiantes sino que suelen evitar demasiadas preguntas. Las mismas preguntas que suelen evitarse en esas ideas del sentido común que nos dice a veces que “las cosas son porque son o han sido siempre así”.

Pasan por la consulta cientos de padres preguntándose por si a su hijo que creen que es gay, le faltó jugar más fútbol o conocer más mujeres. Un padre una vez se preguntaba incluso, citando el mito de beauchef, si es que su hijo fuera gay porque se rodeaba de puras minas feas.

Y no nos confundamos en esto de que sea algo risible porque desde la lógica de ese padre hay un intento de comprensión. Uno ha visto a colegas reírse de que el comercial de zolben creara más embarazos porque muchos pensaron que era un anticonceptivo. La idea de que se pensara eso no se trata de falta de educación ni nada semejante. Siempre se trata de que la realidad la construimos con los elementos que tenemos a mano.

Si un publicista te pone a una pareja excitada y entre medio te dicen que nada arruine esos momentos, no es muy difícil imaginarse eso.

No hay que olvidar jamás que las ideas que construimos de nosotros mismos y de los que nos rodean provienen de lo que solemos decir y lo que nos dicen los demás.

Las identidades no provienen de la genética sino más bien de la historia que nos contaron y de la historia que podemos armar a partir de eso.

Volvemos ahora entonces a los espacios sociales donde unos repiten historias y otros tratan de armarlas. La identidad al fin y al cabo es la construcción de la narración de un sí mismo.

Existen miles de espacios para que los heterosexuales socialicen y puedan lidiar con su adolescencia pero en el caso de los que no lo son, o escasean o los obligan a toparse con la homofobia o a ir a lugares que no tienen que ver con su edad.

Los heterosexuales no están obligados a salir del closet pero vivir en el closet no es garantía de nada.

Casos como el de Zamudio donde algunos tienen que matar a lo diferente para confirmarse en su identidad nos demuestran muy gráficamente que la “normalidad hetero” no es garantía de nada. Sigue siendo un proceso eterno de construcción y de diferenciación. Y las confirmaciones de la “normalidad” suelen ser cada vez más complejas.

Cuando lo normal se resquebraja empieza a ponerse cada vez más violento. No quiere abandonar la promesa de que si seguía las reglas tendría el paraíso.

Esto en el fondo es un intento para decir que la diferencia está en cada uno de nosotros. Todos somos un Jekyll and Hyde y lo diferente no está en el otro.

Si esto se entendiera alguna vez, tal vez un día nos daríamos cuenta que de una u otra forma todos siempre estamos dentro y afuera del closet.

Si la identidad fuera algo ganado y fijo. Todos los jubilados serían gente feliz.

Eyaculación precoz

Empezar a hacer lo que se llaman terapias breves con eyaculadores precoces parece un chiste macabro para alguien que se formó a partir de Freud con la idea de que los conflictos psíquicos son simbólicos y que la ansiedad es sólo un síntoma más de problemáticas históricas, no necesariamente resumibles en un número corto de sesiones.

Suele suceder que la idea que uno tiene de un ser humano no se resume ni en una dada de alta ni en una sanción que venga a cortar el sufrimiento del que viene a tratar de desplegarlo. El sentido común que a veces cree que alargar algo es aumentar la charlatanería, se olvida de que un psicólogo nunca habla totalmente desde la externalidad de una objetividad dada de antemano. El psicólogo trabaja con el lenguaje, el mismo lenguaje que lo ha creado a sí mismo. Esos psicólogos que aconsejan desde el lugar de la verdad tratando de darle seguridad rápidamente a sus pacientes o esos más precoces que sus mismos pacientes, suelen ser aquellos que terminan integrando a sus pacientes en una eterna búsqueda de verdad, en vez de enfrentarlos con la idea de que la verdad es no sólo una construcción sino también parte de su propia historia.

Por eso pasamos de las cartas a los astros, a los medicamentos, a la verdad nueva que esté de moda pero que será siempre una nueva dependencia a la verdad de otro. Cambiamos el cigarro por el chicle, o el gimnasio por el yoga pero no cambiamos la dependencia. El día que nos saquen ese objeto que nos paraba en el mundo, volveremos a caer.

Yo ya sabía esto en la teoría mucho antes pero leer es una cosa y escuchar es otra. Y escuchar te trae preguntas que te vuelven a hacer teorizar y volver a leer eternamente.

Ese lugar del psicólogo que recibe preguntas sólo contestando y tapándole las dudas al otro desde una verdad que ni el mismo conoce, es el eyaculador precoz de la psicología.

Es ese que ante sus propias dudas, trata de tapárselas rápido al otro.

La cantidad de pacientes que van de un psicólogo a otro tratando de resolver a veces la misma pregunta, demuestra que el problema no está en dar respuestas sino más bien en ayudar a formular mejor esas preguntas que el paciente siempre cargó a cuestas.

La mayor parte de las veces, uno sabe que una terapia fue exitosa no porque el paciente necesariamente termine siendo otro, sino más bien porque aprendió a reírse de esas cosas que probablemente nunca cambiarán demasiado. Porque tiene la libertad de poder reírse de esas cosas que antes eran un automatismo y las puede ver un poco más desde afuera.

Uno aprende a ser precoz a veces con los precoces. A entender que esa precocidad para ellos es eterna. Uno escucha que llevan 7 años en lo mismo y que tienen parejas que ya al primer año les dijeron cosas cómo “hazte ver”. Y llegan al quinto año y uno piensa en ellos y en ellas. Uno piensa en las cosas que hicieron que la relación subsistiera tanto tiempo.

Aparecen los pros y los contras, aparece al fin y al cabo la historia. Siempre aparece la historia.

La eyaculación precoz es a veces la historia que no quiere ser contada. Esa especie de liviandad de leer un prólogo y el final del libro porque la historia es demasiado pesada.

La eyaculación es una paradoja que suele desplegarse desde miles lugares distintos.

El primero tiene que ver con esa masculinidad construída en torno a que el “hacerte hombre” tiene que ver siempre con demostrar eso frente a otro. A esa idea aún existente de que el hacerte hombre se resuelve en prostíbulos, le falta saber que a veces lo que sucede del otro lado de las puertas cerradas es puro miedo. Le falta saber que a veces lo que se demuestra tiene que ver más con ese otro que te lleva que con el que va a demostrarse a sí mismo su hombría.

Y no se trata de que ese que va no lo haga bien, sino más bien de que no sólo ahí no se resuelve nada, sino que muchas veces el mayor problema es de los que creen que ahí resolvían algo.

La sexualidad no es algo que se resuelve con una firma sino más bien es eso que te enfrenta día a día a lo que desconoces.

Nuevamente hay que enfrentarse más a las preguntas que a las respuestas y el eyaculador precoz suele enfrentarse años o décadas después a eso que creía que iba a ahorrarle no sólo el suspenso de su sexualidad, sino más bien el suspenso de lo que toda pregunta tiene antes de ser contestada.

Los eyaculadores precoces suelen ir siempre antes a un urólogo que les diga que su problema es fisiológico. La manera más rápida de saturar una pregunta.

Y les dicen que su problema no es físico y se enfrentan a algo que nunca quisieron saber.

Primero se dan cuenta que la ansiedad que siempre les fue práctica les empieza a fallar.

Segundo se preguntan ¿por qué ahora y no antes?

Tercero se dan cuenta que van a la cama como van a su trabajo. Que comen igual de rápido que resuelven los problemas en su pega.

Cuarto se dan cuenta que cuando algo empieza a fallar quieren resolverlo lo más rápido posible.

Y quinto y lugar terrible. Ya no tienen del otro lado una mujer sumisa que se las banca todas. A veces ni saben que sus mujeres son incluso más ansiosas que ellos.

Tenían a veces tan claro su lugar que nunca pensaron que iba a llegar el terremoto.

Estaban a veces tan bien en su lugar, que incluso no podían decirle a quién estaba al otro lado, que fuera más lento.

En algún lugar aunque no siempre, la eyaculación precoz es una manera de entender que la omnipotencia no es eterna.

A veces se trata de que todo eso que alguna vez creíste que se respondería rápido, te está pasando la cuenta.

A veces es que esa idea de que no todo es tan resumible y de que eso que siempre te saltaste y te resolvía las cosas antes, ya no te funciona.

El sexo suele tener un lado muy místico de que las cosas ahí se resuelven, no por nada existen conceptos como la flor o la prueba del amor pero el sexo hoy suele ser al revés.

Ni ser actor porno ni ser el mejor metrosexual del mundo resuelve nada. Ni leerte todas las penthouse ni las Cosmopolitan tampoco.

La eyaculación precoz no es un virus. No te la agarras por andar mucho en la micro ni es algo endógeno. Tampoco es algo que te pasa al lado de tu vida.

Lo precoz es algo que nace antes de que quieras que nazca. En este caso es la falta de control en algo que creías controlado. Es también muchas veces ese límite que te dice que aunque creas que lo controlabas todo la cosa no es tan así.

A veces para muchos es el cuerpo que les dice que existe un inconsciente.

A veces es la manera que muchos tienen de abrir preguntas nuevas obligados por ese síntoma que les muestra por primera vez que no todo podían controlarlo.

Para otros es la debacle de una masculinidad que creían eterna.

Para algunos es darse cuenta que el sexo llegó a ser un puro trámite y que su relación ya estaba devastada hace demasiado tiempo.

Y para muchos es ese miedo que los lleva a alejarse de lo que más quieren por temor a fallar de nuevo y ese alejamiento inconsciente a sus propios fracasos, suele ser interpretado como falta de deseo.

Y el otro se aleja más porque cree que ya no lo buscan y las cosas pasan de gris a negro.

En resumen, muchas veces trabajar la eyaculación precoz es trabajar también sobre la relación de uno mismo con su cuerpo y lo que significa que ese cuerpo se relacione con otro.

La ansiedad esa que persigue al eyaculador precoz no es sólo la ansiedad frente al sexo sino en general frente al mundo.

Es por esto que cuando se curan, no sólo cambian en la cama sino en cómo se relacionaban con gran parte de las cosas que los rodeaba. Después de eso, comienza la verdadera pega.