Somos feos pero tenemos la música: Una columna sobre discos que nacieron antes de tiempo

Por Pablo Rosenzvaig en El Dínamo.

Hay discos y canciones que son como los sueños freudianos hechos de significantes, basta ver un revolver en la tele para tararear en tu cabeza “Tengo un revolver en el bolso y lo pienso usar” o escuchar la palabra “miel” y que tu cabeza haga esa gestalt que complete el círculo diciéndote “Luna de mieeeeeel”.

Una de las tantas obsesiones que tengo, y tal vez la que más me ha acompañado en la vida, es tratar de entender esas cosas que se adelantan al tiempo en el que les tocó vivir.

Así, Oscar Wilde habla en su juicio de una de las cartas a Lord Douglas: «¿Era una carta corriente?, pregunta el fiscal Carson. “De ninguna manera», contestó Wilde, «era una hermosa carta». «¿Fuera del Arte?» pregunta Carson. «No puedo contestar ninguna pregunta fuera del Arte», replica Wilde.

Federico Moura se adelantaba a todo mientras muchos consideraban que lo que hacía era “música para putitos”.
Los Blues Brothers tocando en un bar redneck con una malla de alambre que detenía las botellas.
Billie cantando “Strange fruit”.

Los discos de los que escribiré, no tienen más verdad que la repetición que en mi cabeza, y no esperan decir nada más que lo que me siguen diciendo a mí. Son esas canciones que no entran en el vintage nostálgico del placer culpable, sino que siguen recordándote que son putamente eternas. Esas de las que alguna vez te creíste dueño y en realidad era al revés.

Hay discos y canciones que son como los sueños freudianos hechos de significantes, basta ver un revolver en la tele para tararear en tu cabeza “Tengo un revolver en el bolso y lo pienso usar” o escuchar la palabra “miel” y que tu cabeza haga esa gestalt que complete el círculo diciéndote “Luna de mieeeeeel”.

Hay discos que son como ese taxista que, aunque te pongas audífonos, no deja de hablarte.

Esta columna se tratará de esos discos que vuelven a ti como si fueran las cartas amarillas de Nino Bravo.

Es por eso que, para inaugurarla, elegí a los Prefab Sprout; tal vez porque creo que es la que más suma todas esas cosas que te gustan de todas las bandas que te gustan.

Talento incomprendido, peleas con los sellos, salir al mismo tiempo que bandas que parecen interpretar a toda una generación y sentir que lo que dices a veces es tan intemporal que no encaja en ningún presente. Ostracismo al estilo Walden y sumemos enfermedades al oído y a la vista.

Un primer disco Swoon que ya en “Don’t sing” nos introduce a lo que sería gran parte del imaginario de Paddy en el futuro. Una mezcla entre lo religioso, las rutas de Elvis, Kerouac y el western.

“An outlaw stand in a peasant land, in every face see Judas
The burden of love is so strange
The stubborn beast and the whisky priest are hiding from the captains.
The burden of love is so plain.
Are they happy to see you, no, you always bring trouble.
Cast a shadow on Mexico – denial doesn’t change facts”.

El amor para Paddy, nunca es en presente sino ese incompleto o inacabado, parecido al de esa otra gran bestia de los Pogues llamada MacGowan, que siempre ve el amor como ese inmigrante llegando a un país que nunca será suyo.

Siguiendo con la historia de los Prefab, tenía que llegar Thomas Dolby —sí, el de “She blinded me with science”— para producir el segundo disco y hacer que todas esas novelas que tenía Paddy en la cabeza lograran empezar a golear en vez de ganar por penales. Lo que hace Dolby acá es parecido a lo que hace Mitchell Fromm con el Mercury de los American Music Club: hacer que canciones desnudas logren tener un paisaje y, por qué no decirlo, un mapa y a la vez un territorio.

Dolby le construye a McAloon un Delorean que hace que sus obsesiones con el western, Robin Hood y los Beach Boys se transformen en verdaderos himnos intemporales. Hace sonar sus canciones con esa atmosféra que tan bien le salen a los Talk Talk o a los The Blue Nile.

Hoy nos detendremos en el Crimson/Red. Porque si pensamos que Let’s Change The World With Music es un disco de demos que grabó Paddy para lo que debía ser la continuación de Jordan: The Comeback, siendo rechazados por el sello, y que I Trawl The Megahertz fue la manera de lidiar con el doble desprendimiento de retina que lo dejó casi ciego y lo obligó a componer de otra forma, Crimson es la verdadera vuelta del autor desde el 2001.

Y es una vuelta donde, a lo Prince, Paddy tocó todos los instrumentos y a lo Unabomber se retiró del planeta. Pero no se fue a vivir al bosque estilo Into the wild a hacerle himnos hispter a la naturaleza, sino que se fue a tratar de lidiar con su historia hecha de retazos de memoria. Esa tal vez sea la mayor virtud de este disco.

Volver al inicio y demostrar que quedándote sordo y casi ciego, hay estribillos que aún siguen estrenándose en tu cabeza y que cuando el reloj comienza a ir hacia atrás haciendo moonwalking, quieres demostrarte a ti mismo antes que al mundo, que aún quedan países incompletos a los que les faltan himnos por hacer.

“Para no olvidarse de lo que lee y oye, el hombre escribe y se oye escribir. Cuando se acuerda inventa la metáfora” dice Prado de Oliveira en un ensayo sobre Freud y Schreber, y calza perfecto para pensar el Crimson/Red.
Esta vuelta de McAloon no es cualquier vuelta porque ya desde el inicio parece ser un disco de esos que se roban una ambulancia, como Ledger en la de Nolan para salir a atropellar a todos los fantasmas que aún siguen vivos caminando por la ciudad.

Pero no nos confundamos, este más que ser un disco hecho con la rabia del que sabe que es un genio y quiere salir a cobrarse con muertes los años de su ostracismo, es un disco que mezcla la ironía del incomprendido que ya abandonó la fantasía de poder ser un Wayne, un McQueen o un Elvis. Este, más bien, es el disco de alguien que, temiendo quedarse sordo o ciego, ajusta cuentas con su historia.

El disco parte con lo que podría ser una cita a Cary Grant en Atrapar a un ladron (alguien que de día es todo lo que se espera de él, pero que, de noche, haciendo eso que no le puede contar a nadie, encuentra verdaderamente lo que le importa).

“Tengo cajas llenas de cancioncitas en casa” decía Paddy cuando lo entrevistaron por este disco, y lo que pudiera haber sido un single cualquiera termina siendo una metáfora de lo que para Paddy es el oficio de escribir canciones.

Masked and dressed in black
You scramble over rooftops
Carrying a bag, a bag marked swag
You’re the best jewel thief in the world.

En “List of Impossible Things” Paddy se pone a pensar en Sinatra y lo llama Francis Hoboken. Y acá ya podemos ver la genialidad de McAloon que, frente a sus operaciones al oído y a la vista, se pone a hablar de ese al que le llamaban la voz, eso que tal vez sea lo único que le quede entre tanto huracán de soledad y enfermedades.

Take your cracked violin
Let the music begin
And sing like you’re Francis Hoboken

If your voice is all shot
It’s still the best one you’ve got
You’re a work of art that’s broken

Encerrado como Thoreau en Walden, también se pone a pensar en Dylan antes de que fuera esa estatua que es hoy y lo hace nuevamente desde su lugar de ermitaño al que solo le quedan voces que le hablan en la cabeza. Como si Paddy quisiera ir acostumbrándose a esa idea de no poder escuchar a nadie más.

En “The Songs Of Danny Galway”, homenajea a Jimmy Webb, con el que llegó a tocar alguna vez “The Highwayman”. Es un himno parecido al que le hace Calamaro a Miguel Abuelo, pero Paddy cuando escribe, escribe en piedra.

“No sé por qué escribo como escribo. No siempre quiero decir lo que estoy diciendo, no estoy expresando mi punto de vista sobre algo; es como si escribiera el guión para una película. Sí que uso muchas cosas del subconsciente; esas líneas que me llegan a la mente y no acabo de entender, pero sé que debo usar. Y así pueden surgir grandes canciones. Es como la poesía. Exige cierto trabajo al oyente”.

Eso y mucho más hay en “Adolescence”, que empieza así:

Adolescence – what’s iAnnotatet like?
It’s a psychedelic motorbike
You smash it up ten times a day
Then you walk away

It’s moonlight on the balcony
It’s pure hormonal agony
Bad poetry its greeting card

Mejor compremos chocolates

Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.

Cevladé: Rapero y poeta antes que maldito

Por Pablo Rosenzvaig en Disorder Magazine.

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.

Calostro

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.

Leo Quinteros

ULTRAVOX

Vienna

Cuando recibí la invitación para escribir en este blog, estaba en mi casa escuchando música con una amiga. Habíamos dejado el ipod en aleatorio, y nos deteníamos cada vez que algo nos llamaba la atención para escucharlo de nuevo, meternos en el álbum y escucharlo completo o a pedazos también. Una escucha desordenada, pero atenta y entusiasta. Le comenté a mi amiga la idea del libro, y por defecto terminé hablando de mi niñez, quizás porque ahí residen los primeros encuentros con la música, y el impacto de esas primeras emociones es siempre definitivo, para bien o para mal. En esos días la música es un planeta nuevo, inexplorado.

Identifico claramente a Clics Modernos y Let It Be como los primeros discos que escuché insistentemente. Discos de la casa, que estaban porque si. Tatuados. A eso se sumaban los discos de mi hermano mayor: Accept, Iron Maiden (de los cuales fui fanático por años), Ozzy y más, hasta Pink Floyd. Una escuela que hoy sería muy Radio Futuro. Un tercer grupo eran los discos y casetes argentinos que aparecían gracias a mi primo Tobe que vivía en Buenos Aires. Por ahí Los Violadores estaban entre mis favoritos. Don Cornelio, también. Y un cuarto grupo, y aquí vive el disco del que hablamos, que llegó desde Alemania.

Jaime Fernández era un mito. El tío de pelo largo en una estructura familiar bastante rígida. El hippie. El que se fue a viajar por el mundo a los dieciocho y terminó siendo chef de comida griega en Berlín. No tenía recuerdos de él, lo conocía por las fotos que enviaba en las cartas dirigidas a mi mamá. Escenarios fríos, Europa, manos en los bolsillos de abrigos largos. Nieve.

Llegó un día a quedarse, lo esperábamos. Pronto llegó también su novia, Vicky. Una alemana rubia, alta, vestida de una manera distinta, no café. Si quieres saber como se veía Santiago en los ochenta, la respuesta es café. De regalo, mi tío nos trajo un puñado de vinilos: Nena, Howard Jones, Falco, ATF, David Bowie y «Vienna» de Ultravox.

Kraftwerk estaba muy lejos de existir para mi. El ritmo programado y cadencioso de la canción «Vienna» era un mantra que se podía escuchar eternamente. El ambiente era frío como las fotos que recordaba, ese era el lugar donde mi tío había estado. Ese era el sonido. La voz calma, luego épica y dramática. Mientras que atrás, un horizonte infinito, melancólico y misterioso, brilla. Como si presenciaras una película. Otro mundo.

Vienna contiene una frase que en su momento, y por años, malinterpreté: «Music is weaving» es el primer verso de la segunda estrofa. Pero yo entendía «Music is leaving», lo único que podía capturar de la escucha en inglés «La música está yéndose». ¿Cómo podía estar yéndose la música?, la frase me sugiere la soledad absoluta, la música tiene esa garantía: no puede dejarte, la tienes en un disco, en un casete, ahora en un ipod. Pero con el tiempo, y ahora lo entiendo, la música puede dejarte. Puedes volver a escuchar una canción amada y no sentir nada. Entonces la música te abandonó.

El disco no traía las letras. Tiempo después descifré la frase que se repite una y otra vez «it means nothing to me», que se canta en el punto épico de la canción «No significa nada para mi». La música se está yendo y no significa nada para mi, eso era lo que alcanzaba a percibir en ese frío ambiente.

Todo lo que tenía de Ultravox, de la música, era el disco. Ningún artículo en el diario, ni videos, ni revistas. Un disco negro, un sobre blanco y una carátula. Una foto blanco y negro de la banda en una onda ¿bauhaus? (usted si sabe me corrige). Me parece increíble el poder que tenía, en ésa época, un disco como rastro de un mundo posible, como pista de otra realidad a la que uno accedía a través de esta especie de membresía que obtienes comprando el objeto.

Ahora, cuando lo escucho creo que Low, de Bowie (grabado en Berlín junto a Brian Eno), es un antecedente directo de éste disco que inicia con Astradyne, canción que podría perfectamente estar en uno u otro álbum. La segunda, “New Europeans”, gana con el título y es una frase que perfectamente calzaría en cualquier disco del Camaleón. Anecdóticamente recuerdo que un hit español de los ochentas: “Lobo Hombre en París”, podría tener una inspiración en el tercer track, “Private Lives”.

Pero es el lado B, iniciado con Mr.X, el que se lleva el crédito. Aparecen las cuerdas, los ritmos fríos y certeros, la voz cambia y se desarrollan las opciones mas radicales del disco. Es un grupo inglés pero como alemán.

Vienna aparece después de Western Promises (que me parece un título excelente), desde un fundido cruzado, muy lentamente. Es una canción maravillosa, larga (hay una versión más extendida), se deja estar.

En tres canciones de este disco no me interesé, las dos últimas del lado A y la última del lado B. Me da la impresión que son todavía apuestas, intentos no completamente logrados de algo. Pero probablemente para otro oyente haya algo en ellas, por qué no.

Hay un vértigo en escuchar este disco desde el futuro, cuando el pop y las máquinas ya se han unido indisolublemente y ha nadie le sorprende la utilización de ciertos recursos que en algún momento parecieron novedosos. Pero el disco del que hablamos no es moderno sólo por el hecho de usar tecnología, es moderno en su temática, en su sentimiento, en la visión estética de un futuro cuya predicción creo que se cumple hoy y a la que otros aún no llegan o quizás decidieron no elegir.

Pienso en mi tío, que luego de pasar uno o dos años en Chile tuvo que salir clandestino por razones que a mi nunca me quedaron tan claras y que no sé si vale la pena indagar ahora. Nunca volví a hablar con él, y probablemente nunca supo el verdadero regalo que venía aparejado a ese puñado de discos. Me enteré de su muerte a principios de los años noventa, no recuerdo la fecha exacta, yo todavía estaba en el colegio y sólo sabía que estaba viviendo en Brasil. Lo más doloroso fue comprender (porque estas cosas no se hablan en la familia, uno las entiende en algún momento) que su final fue su propia decisión. Por eso elijo recordarlo desde esa foto en Berlin, vistiendo un abrigo que ya se lo querrían para cualquier videoclip, con el pelo al viento y con los primeros compases de “Vienna”, cuando era él y no yo, el que vivía en el futuro.

We walked in the cold air, freezing breath on a window pane, lying and waiting. A man in the dark in a picture frame, so mystic and soulful…