El VHS como pedagogía

Por Pablo Rosenzvaig en La Fuga.

Para poder hablar del porno, primero habría que hacer por lo menos una acotación importante. No existe un sólo cine porno como tampoco es lo mismo una comedia de Che Copete que una de Billy Wilder.

Esta distancia importante, es la que se muestra en esa escena de Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997), donde Burt Reynolds le dice a Dirk Diggler mostrándole un VHS: “este es el futuro”.

¿Cuál ese futuro del que habla Burt Reynolds?

¿Cuál es este nuevo espectador construido por el VHS?

¿Es ese espectador con el control en la mano y la privacidad de su sala de estar para adelantar y retroceder sus mejores fantasías hechas imagen?

¿Y si ya no existe un horario de matiné, donde teníamos que acoplarnos a una cartelera o nos quedábamos fuera, eso implica que somos más libres?

Mi hipótesis es que no se puede hablar de porno sin diferenciar un antes y un después de ese espectador del VHS, ni tampoco dejar de pensar que esa diferencia no sólo tiene relación con el cine porno, sino que también con el cine en general.

Para muchos, esto supone la idea de un espectador más libre, pero al mismo tiempo es una libertad que está encerrada entre 4 paredes y que mientras más maneja las cosas a su alrededor y más dueño se cree, más habla él y menos le hablan.

Por otra parte, la aparición del VHS permite producir muchas más películas a costos mucho más bajos por lo que se hace menos necesario pensar tanto las cosas porque equivocarse se vuelve cada vez más barato y porque el cliente es el que empieza a tener la razón.

Es la lógica inaugurada, por ejemplo, con las cámaras digitales. Se nos dice que de 1000 fotos, por lo menos una saldrá buena, pero no necesariamente que tenemos 1000 posibilidades de hacer una mejor foto.

Si lo pensamos un poco, el nuevo porno es el padre de todas las películas estilo scary movie, porque inaugura la lógica de no sólo reírse dentro de un género como por ejemplo de las torpezas de un Buster Keaton, un Chaplin o un Bud Spencer sino que logra construir un relato que no utiliza las referencias para decir algo más, sino que vive de ellas.

Es un lugar donde los cuerpos sólo empiezan a importar por las novedades que incluyan y mientras más referencias tengan y más posiciones se incorporen, menos se mueven.

En el porno de los ‘70 los cuerpos eran únicos porque se instalaban en una lógica distinta a la del spinning.

Se movían porque aún no existían los personal trainers.

Se equivocaban porque todos nos equivocamos.

Y es este espectador del VHS el que empieza a exigir cada vez más especificidades de acuerdo a lo que le dictan sus fantasías. De poseer incluso lo que quiere ver, lo que hace que paulatinamente empiece a desaparecer en el porno lo llamado cine de autor.

Ya no es el director el que manda sino que cada vez más la figura del productor. Más que una mirada que se detenga en algo empieza a ser más rentable tener millones de posibilidades a elegir.

Pensemos en lo que sucede con Michael Cimino después del guión que hizo de Magnum Force (Ted Post, 1973), la segunda de Harry el sucio (Don Siegel 1971).

Luego viene Thunderbolt and Lightfoot (Michael Cimino, 1974) donde convence a Clint de ser director y el bueno de Clint le dice que sí.

Resumen. Es un éxito de público y de crítica y se le abren las puertas del cielo antes de saber que eso sería después el nombre de la película que lo llevaría a la ruina.

Luego filma Deerhunter (1978) y entre muchos oscars están los de mejor director y mejor película y United Artists empieza a confiar en él.

Y después viene Las puertas del cielo (1980) donde Cimino para filmarla se demora mucho más de lo presupuestado y gasta y aumenta los millones que ya eran desde un inicio algo no antes visto.

Y la película es un fracaso tan gigantesco que deja a United Artists al borde de la quiebra.

Esto produce históricamente que las decisiones dejen de estar en manos de los directores y pasen cada vez más a manos de los estudios de producción, pero también de testeo.

¿Desde qué año comienzan, por ejemplo, a existir las director’s cut?

Y es en este nuevo porno, que la famosa frase de Russ Meyer explica tan bien las cosas cuando dice: “nunca permito que la historia interrumpa la acción”.

Es esa lógica la que comienza a dejar en el pasado el cine de Damiano y el de los hermanos Mitchell (2 grandes referentes de los ‘70) pero al mismo tiempo lo hace demasiado presente.

Se empieza a dejar atrás ese cine hecho para el cine, que más que ver al sexo como pasear por el supermercado se sumergía en algo mucho más turbulento.

Damiano por ejemplo comienza Devil in Miss Jones (1973) con un suicidio en cámara lenta y la entrada a las puertas del cielo o el infierno de Georgina Spelvin rogando que antes del precio a pagar por su suicidio le permitan conocer la lujuria.

Y después de conocer todas las formas de placer y una sexualidad no conocida en vida termina encerrada por toda la eternidad en una pieza de 3×3 con un hombre que sólo ve moscas y al que no le interesa ni un milímetro del cuerpo de ella.

Behind the Green Door (Artie Mitchell & Jim Mitchell, 1972) comienza con una conversación en un bar de camioneros donde se cuenta una historia de una mujer que es secuestrada para tener sexo con distintas personas y ser vistas en un teatro por un público que comienza a calentarse y tener sexo entre ellos.

La secuestrada Marylin Chambers era ni más ni menos que la imagen en ese 1972 de los jabones Ivory en EE.UU.

El slogan de los jabones era: 99, 4 % de pureza y Artie y Jim Mitchell, una especie de hermanos Coen del porno, no sólo la secuestraron en la película sino que la convencieron de filmar Behind the Green Door con un afiche que decía: “99, 4 % de lujuria”.

Artie la dirigió y Jim la escribió. Casi 10 años después Jim mató a Artie de un escopetazo.

Marylin grabó un disco y actúo en el año ‘77 en Rabia de Cronemberg y si uno va hoy a un sex shop a preguntar por cualquiera de estas películas te encontrarás que no están o que no las conocen.

Hay algo de lo porno que aunque no lo entienda del todo es cada vez más un puro presente.

Sé que hoy, de acuerdo al signo de los tiempos, se ha diversificado cada vez más la oferta de incluso un porno contestatario o de un porno de mujeres para mujeres o de una deconstrucción del porno, pero eso no nos salva de la lógica justamente porno de darle lo que quiere al tipo/a sentado/a en el sillón.

Si hay algo que tenía de interesante el porno de los ‘70 era que no ocupaba el lugar que ahora tiene el xxx sino que buscaba mucho más contestatariamente un lugar que no sabía aún cuál era.

Ese porno usó el arma más a la mano que tenía que era el sexo para desligarse de los géneros. Para salirse de los tiempos correctos. Para reírse del saber sexual como en Garganta profunda (Gerard Damiano, 1972) por ejemplo.

Por eso la pregunta que me hago es justamente por el lugar que empezó a tener esa construcción de no sólo una X sino de 2 más a través del tiempo.

Lo triple X en realidad es una resta de lo anterior porque lo que justamente logró el triple X fue comerse a esa primera X que aún era esa X de la incógnita.

Es lo que llegó para hacer del sexo algo domesticable como una mascota y al mismo tiempo un parámetro de lo correcto.

Es ese lugar donde el placer de lo que se eyacula siempre se muestra en cámara mientras el otro placer siempre queda del lado de lo que se puede actuar.

Es la idea de que en lo sexual la mujer es la que es más capaz de fingir los orgasmos, al hombre le cuesta más porque hay una prueba objetiva de su calentura.

El porno del VHS, es ese que nos regala el poder de hacer gozar y hasta el de sentirnos directores, ya que la escena termina cuando nosotros terminamos.

Es ese lugar donde lo único que se cree imposible es no tener los centímetros de John Holmes.

Si había algo interesante del primer porno es que al sexo lo llamaba sexo sabiendo al mismo tiempo que es justamente lo que nunca se llega a nombrar del todo. Es como cuando no sabemos en algunas ocasiones si lo indicado es decir pene o decir pico porque lo primero nos puede dejar como siúticos y lo segundo como malhablados.

Es enfrentarse por un lado a lo que no manejamos del todo y a que si lo manejamos de manera perfecta termina siendo como algo parecido a escuchar tu voz en una contestadora. Es obvio que esa voz es la tuya pero no te basta para decir que ese eres tú.

Ese primer porno jugaba constantemente con el exceso pero no a partir de sumar variaciones o posiciones, sino que sabía que algo del sexo (como de la muerte) será siempre no posible de ser dicho.

Eso es precisamente lo que nos ahorra por ejemplo el porno de Rocco Sifredi.

Si hay algo que logra ese porno, es la identificación perfecta con el personaje, porque más allá de que sean o plomeros, o amigos cercanos, o el que viene a verificarte el medidor del agua, todos hacen lo mismo.

Y acá caemos en ese tema tan manoseado de pornografía vs. erotismo.

Algunos lo llaman sexo con historia o sexo por el sexo.

Otros dicen que el erotismo pone un velo que te hace reflexionar y la pornografía es algo sin límite intermedio.

Cortázar decía: “El erotismo es ojos más inteligencia, oídos más inteligencia, tacto más inteligencia, lengua más inteligencia, pituitaria más inteligencia, lo demás es pornografía…”.

Que me disculpe Cortázar, pero si lo demás es pornografía entonces ese erotismo debiera definir cuál es el significado de esa inteligencia o por último salir de esa dicotomía de con o sin inteligencia.

O pensar que esa definición de Cortázar exige tener al Sr. Miyagui o a Buda al lado siempre o que si Cortázar hubiera vivido más tiempo habría escrito antes que Goleman La inteligencia emocional.

Prefiero al Julio que se ahogaba en sus propios chalecos.

Al fin y al cabo llegamos al punto de pensar que lo porno nos excusa de pensar. Que nos puede salvar de pensar en cuándo o en cómo.

Y no por algo casual los primerísimos primeros planos del porno se llaman “medical shots”. Y es porque generalizando de manera fascista, los “hombres” deseamos esa objetividad médica que haga a veces de “una mujer” el universal de “todas las mujeres quieren”. Deseamos estar en un lugar que nos salve de eso individual que no sabemos o no queremos saber. Queremos a veces ese guión que nos diga que los orgasmos son una verdad inapelable. Nos calma a veces pensar que un par de gestos o guiños de la mina nos pueden asegurar si vamos a la cama o a tomar un té a hablar de la vida.

En el fondo, y bien en el fondo y cada vez más a fondo, lo que se nos vende es la idea de que el sexo puede ser una certeza.

Esa que nos confirme que nuestras fantasías con la vecina existen.

La que nos asegure ir a ver una comedia con la certeza de que nos vamos a reír sin cuestionarnos demasiado.

El porno post VHS es ir a ver una de acción sabiendo que habrá explosiones y persecuciones de autos y que el protagonista primero será odiado por la chica de turno hasta que ella descubra que en realidad el odio que le tenía a él era su propia incapacidad de poder amar.

La victoria del porno es justamente habernos hecho creer que mientras más nos acercamos a algo más lo conocemos, al estilo de CSI.

Ha triunfado incluso en exigencias que ya han salido de las sábanas.

Cuando alguien en una cena por ejemplo, intenta decir algo sin poder explicarse, suele importar más la exigencia de claridad que el intento de haber querido decir ese algo incluyendo la duda de no saber cómo decirlo.

Di lo que quieres decir le decimos.

Basta de prólogos porque queremos llegar rápido al clímax.

Menos lentitud y más acción le decimos parafraseando a Russ Meyer.

Si es que hay algo interesante del porno del VHS es que hace rato dejó de ser una culpa adolescente para convertirse en una práctica social.

Gran parte de la lógica empresarial de la pro-actividad-ductividad le debe demasiado.

Gran parte del feminismo que cree que ganarle al hombre es, o convertirse en uno o poner un toque femenino, también.

El porno hace rato que dejó de ser una película que se encontraba en el closet de tus viejos y la compartías con tus amigos.

Es más bien eso que de exigirlo tanto o de querer acercarnos tanto lo perdemos cada vez más. Es una nariz hecha a la medida porque en vez de haber nacido con ella podemos elegirla. Un culo parado igual a 25 más intentando ser distinto a los otros 2000000. La oreja de Blue Velvet (David Lynch, 1986).

Es porno no poder ver una película sin cabritas en la mano o exigir que sea lo que decía el crítico de turno. Lo que si no es el porno, es eso prohibido que muchos creen.

El porno es por lejos lo más permitido que tenemos. Es cada vez más la domesticación de lo incorrecto.

Es exigir una introducción un desarrollo y un final como cuando le decimos al nerd de turno: y bueno ¿pero qué quisiste decir con eso?

¿Y hacia dónde vas?

Si hablas esperamos que llegues a algún lado. Esperamos que termines.

No queremos cosas incompletas, queremos orgasmos.

Queremos suspensos con finales y no vidas en suspenso.

Si ya empezaste a hablar queremos que ya sepas como termina tu cuento.

Exigimos identidades construidas y no en obra.

Queremos que te conozcas como yo corro 10 kilómetros todos los domingos.

Y es así, que ese porno que sólo nos da lo que supuestamente queremos, nos hace consumidores de nuestros propios fantasmas pero no necesariamente espectadores de ellos.

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White God (Kornél Mundruczó, 2014)

Por Pablo Rosenzvaig en El Agente.

No recuerdo bien cuándo fue la primera vez que llegué a ver una película de Samuel Fuller, creo que fue una mezcla entre Shock corridor cuando estudiaba psicología y The naked kiss. Me las terminé viendo todas y un día supe que me faltaba White dog, tal vez porque quería creer que Fuller podía ser el mejor espectador que te contaba acerca de lo peor de la guerra y la locura, pero sabía que no me podría bancar a Fuller hablando de un perro. Fuller para mí siempre fue de esos amigos que te llevaban a esos lugares a los que nadie te llevaba y que te contaba lo que ni tus mejores amigos te contaban. El barro y las trincheras de Fuller siempre me parecieron universales y sus guerras siempre fueron para mí algo que no quería ver. Vi la locura de Shock Corridor antes de estudiar psicología y antes de ver Atrapado sin salida. Vi esa película del demonio antes de leer a los anti psiquiatras y antes de saber que jamás sería un psicólogo laboral. Vi a John Waters y a John Cassavetes antes de ver la que me faltaba de Fuller. Amaba a los perros antes del cine, amaba a los perros desde que tenía 4 años y me enseñaban a andar en skate. Amaba a los perros desde la primera vez que mi madre exiliada le llamó a un pastor alemán “Copihue”, y supe que era por una flor chilena y aún ni conocía Chile. Y siempre amé el cine desde que tengo uso de razón y un día decidí ver White dog. Tal vez es la que dejé para el final porque no quería ni saber qué podía decirme Fuller acerca de los perros. Fuller era de esos que me habían mostrado que la humanidad era una cosa ultra peluda, que lo cotidiano no te quiere, que las calles no tienen retorno, que todo tiene dos filos, que las aguas son turbias y que las balas siempre pueden ser vengadoras y rebotar. Ok. ¿Qué me pasó cuando vi White dog? Vi a ese Fuller que terminaría matando a ese perro que si no hubieras visto sus películas antes, podrías haber pensado que tal vez White dog podría haber tenido un final feliz. Era obvio que Fuller terminaría la película con el final de la historia del perro.

Vamos ahora a lo lindo de White god.

White god es gigante no sólo por los guiños que le hace a Fuller desde el momento en que el perro parte su historia distinta a la de Fuller. Si en White dog no conocemos la historia del perro y White dog es contar la historia de su trauma, en White god partimos al revés. En White dog conocemos a un perro con la historia de sus traumas y en White god conocemos cómo se inician los traumas. La historia de White god es la historia al revés, es la historia no de cómo transformas a alguien abandonado en un asesino que no quiere serlo. La historia de White god es la historia de toda esa gente que por fin cree que tal vez el día que nos asesinen a todos los asesinos tendrán razón. La diferencia entre White dog y White god es que Fuller nunca necesitó finales felices, la diferencia entre dog y god es que en White god la cámara es de los perros. Y no es casual que terminarán matando a ese quiltro buena onda que le salvó la vida a Hagen mil veces. Hagen en el fondo es el perro blanco de Fuller que si hubiera tenido a 800 de su lado igual habría agachado el pecho. Podría citarles ya mismo mil escenas donde pasa lo mismo con humanos, en Peckinpah, en Kubrick, en Welles. Me quedo con los perros que no se van a las trincheras. Me quedo con estos homenajes que le devuelven al mundo la idea de que no lo son.

 

Título original: Feher isten / White God. Dirección: Kornél Mundruczó. Guión: Kornél Mundruczó, Viktória Petrányi, Kata Wéber. Fotografía: Marcell Rév. Montaje: David Jancsó. Reparto: Zsófia Psotta, Sándor Zsótér, Lili Horvát, Szabolcs Thuróczy, Lili Monori, Gergely Bánki, Tamás Polgár, Károly Ascher, Erika Bodnár, Bence Csepeli, János Derzsi. País: Hungría. Año: 2014. Duración: 115 min.

¿De qué hablamos cuando hablamos de discos?: Maldigo lo perfumoso

Por Pablo Rosenzvaig en Crónica Sonora.

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Cuando pensé en escribir para Crónica Sonora una columna de música, lo primero que se me ocurrió fue agarrar un árbol genealógico y dejarlo sin agua, mirarlo de afuera y verlo disecarse y que se pareciera a esos mapas antiguos con manchas de café desde el bisabuelo hasta ese pelotudo anti aborto que existe siempre en una familia y habla de los que aún no nacen.

Mi idea era empezar con Nick Cave y llegué a escribir de casi todos sus discos, desde Boys Next Door a los Birthday Party a los Bad Seeds y todo cambió cuando llegué al Let Love In, cambié de opinión.

Hacer una columna que se trate de discografías completas es algo que me parece muy necesario pero es algo que hoy no me interesa. Obvio que es bacán leer a esa gente obsesiva que te escriba de todo y de todo y de absolutamente todo y aunque algunos crean que la adultez se trata de escribir cada vez más o que dejar de reincidir, es como jugar mejor al scrabble, hoy partiremos con una nueva columna. Esto para mí es respeto, para otros se llama narcisismo.

Suele suceder en demasiada gente esa cosa rara de que tratar de explicar cómo chucha llegaste a algo, es una especie de sinónimo del narcisismo. Y yo ya estoy tan pero tan cansado de explicar estupideces que me pondré a escribir de nuevo. Esta columna se va a tratar de discos que para mí, han cortado en 2 pedazos la historia de una banda o mejor dicho, que han reescrito la historia de una banda. Vamos a partir con el Let love In.

Nick mirando al cielo, 2 pezones en rojo y Let Love In tatuado en su pecho. ¿Por qué poner el Let Love In para empezar una columna llamada maldigo lo perfumoso?

Bueno. No me interesa hablarles de toda la época berliniana de Cave porque para eso existe Wikipedia pero en Berlín saca sus primeros cuatro discos y entre medio se separa de Anita Lane y empieza a escribir su primera novela, y deja Berlín y se muda a Sao Paulo y entre el 90 y el 91 graba The Good Son y nace Luke, el hijo que tuvo con Viviane Carneiroque y aún ni llegamos a hablar del Let Love In.

Saca el Henry´s Dream en el 92 y se va de Brasil y se muda a Londres y se la pasa todo el 93 con la gira del Henry y en el 94 nace el Let Love In.

Hablemos de la importancia del Let Love In, descontando que mil años después las campanitas de «Red right hand» se hicieron famosas por Peaky Blinders. Lo primero que podemos decir de esta nueva dirección que toman las obsesiones de Cave, es que no es casual que el disco parta preguntando en la canción uno «Do you love me?» y termine en la 10 con la misma pregunta. Let Love In parte en la 1 con “Do you love me?” y el final del disco termina con «Do you love me?» part 2. Es como pensar que George Michael cuando le llamó al Listen without prejudice vol 1, sabía que no habría un vol 2.

Si Lacan decía que una carta ya llegó a destino al ser escrita, o que toda verdadera pregunta debe contener en sí misma el hecho de no ser respondida, el Let Love In es esa pelea entre Eros y Thánatos y Sisifo haciendo de cupido. Si alguna vez Jarvis Cocker deletreó el «Feeling called love» para hablar de “eso” llamado amor es porque deletrear es demostrar el límite de la metáfora y lo real de la letra. De la misma forma, Nick Cave deletrea «Loverman».

L is for LOVE baby

O is for ONLY you that I do

V is for loving VIRTUALLY everything you are

E is for loving almost EVERYTHING that you do

R is for RAPE me

M is for MURDER me

A is for ANSWERING all of my pryers

N is…

«A is for answering» dice Nick Cave mientras se reinventa a sí mismo, se calza la sotana de crooner y le pregunta a los astros, a los sabios, a los libros sagrados y a los analistas lo que tampoco respondió Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Una Violeta Parra no de Wikipedia

Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

Crecí en Argentina durmiendo en sillones de casas ajenas porque mis padres se cansaron de comer guaguas chilenas en el 73 y fueron a buscar carne nueva allende los Andes. Crecí entre medio de voces que parecían estar siempre diciendo cosas importantes y me demoré demasiado tiempo en conocer a Violeta Parra.
Nací entre Quilapayún, Los Jaivas, Los olimareños y Richard Wakeman.
El primer CD que llegó a mi casa fue Back in Black y no sé por qué nunca llegó a mi infancia Violeta Parra. Ahora, que la escucho en serio, tal vez puedo empezar a entender la razón de tanto tiempo sin ella.
Uno escucha ahora a Violeta Parra con audífonos y aunque repitas cada canción mil veces, no te sirve para usarla como discurso de nada.
Hay algo en ella, que no te deja escucharla desde un lugar común. Tal vez porque suele ver las cosas no sólo desde mil lugares distintos sino de miles de formas diferentes. Si ahora, que la he escuchado mil veces, me imaginara a mis padres discutiendo de política -con esto de fondo cuando tenía 6 años- la escena sería muy parecida al escuadrón suicida de la vida de Bryan, porque en vez de ir a pelear a la calle con un sentido político asumido, se habrían puesto a pensar en el sinsentido. Habrían hecho del amor, de la patria y del conflicto social, todo lo contrario a un panfleto.
Las canciones de Violeta Parra son tremendamente políticas pero no de la manera en que se puedan usar para otros fines que para los que ella tiene en su cabeza. En ella, lo cotidiano se transforma en algo político, y lo privado en algo que termina hablando de ella y de todos. Violeta Parra transforma lo privado en público y por eso se vuelve tan y más política, que lo que no se quiere ver.
Parra es más política que la política misma, porque era tan seca que logró mostrar la política pero construída con su cuerpo y sus cicatrices. El dolor de Violeta no es ese bienvenido dolor tan de moda en estos días, porque su dolor era de esos que quieres esquivar, pero que si lo haces terminas esquivándote a ti mismo.
Violeta Parra es una bandera, pero ese trapo del terremoto antes de que lo hicieran emblema. Es el Chile de las rupturas y el conflicto pero no contado desde el manual oficial de la memoria histórica del Chile de Frías Valenzuela.
La memoria histórica de Violeta es una memoria contada por la historia de su cuerpo. Las letras son inabarcables porque ella siempre supo que la verdad lo era y dio su cuerpo para demostrarlo. Lo que escribe es incluso esquivo a cualquier metáfora que pudiéramos querer encontrar. Hay tanta verdad en ella, que hace que cualquier interpretación siempre suene falsa. Uno escucha la cueca llamada “por pasármela tomando” y le sumas a Victor Jara y a Jorge González y tienes la historia del rock chileno. En Chile no hubo sumos, ni Spinettas, ni Charlys y todas las copias que quisieron incluso hacer en los 80 de Soda Stereo, terminaron siendo una especie de Peter Rock copiando a Elvis.
Esto no se trata del chauvinismo que intenta decir que Chile no se la pudo, sino de tratar de pensar quién giró -en algún momento de la historia- la cuerda del reloj para el otro lado.
La historia de Chile suma más Sábados Gigantes y Teletones que historias de rock. Cuando a Virus les tiraban botellazos estilo “Blues Brothers” tocando en Texas y a Sumo los trolleaban por cantar en inglés en época de Malvinas, acá copiaban los peinados de los posters y Cruz Coke se creía rockero en “Bohemia”. Y más acá y más allá de toda esta historia que podemos hacer, Violeta Parra condensa y sigue siendo todo al mismo tiempo.
Es lo que se entiende demasiado porque es demasiado simple. Es lo que ve las cosas de tan cerca que se vuelve incomprensible. Es lo que es tan real que no quieres verlo. Es lo demasiado conciente que se tiene que volver inconsciente para poder soportarlo. Uno escucha a Violeta Parra y escucha al Chile que aún no es y al Chile que no sabe quién es tampoco. Si pensáramos en serio sobre la identidad chilena, tal vez deberíamos decir que la verdadera identidad chilena, es esa que vive preguntándose por quién es y quién no es. Sabemos que no somos peruanos y odiamos a los argentinos y no somos ingleses. Tenemos la empanada y la piscola porque el pisco sour es peruano. Antes de todas estas dudas, Violeta Parra las encarna casi todas. Se hace cargo de la idea estúpida de que el rock es rebeldía, de que el folk es historia o herencia y de que la música debiera representar a la realidad. Violeta Parra no sólo cumple con todo eso, sino que hace de todo eso una pregunta: Donde los Huasos Quincheros dicen: ‘Tá muy malo el corralero, y allá en el potrero como viejo está; hay que ayudarlo a que muera para que no sufra más. Siempre fuiste el más certero, y por eso debes su mal aliviar. Ella dice: “recemos una oración para este muerto viviente” o “Yo canto a la diferencia que hay de lo cierto a lo falso, De lo contrario no canto”..
Entre la diferencia de la certeza de los Huasos Quincheros y las millones de preguntas que se hace Violeta Parra en cada una de sus canciones, podríamos contar la historia de toda la política chilena o la historia de la música chilena completa. Donde Violeta se preguntaría por el paso del tiempo, los Huasos Quincheros dirían «hay que ayudarlo a que muera». En esa duda eterna y en la forma que tenía Violeta Parra de observar lo cotidiano, es donde sus letras se vuelven políticas y la exceden incluso a ella misma: «Si yo levanto mi grito, no es tan sólo por gritar, Perdónenme el auditorio si ofende mi claridad». Si uno la escucha atentamente, sabe que cuando pide perdón por su claridad, está pidiendo perdón al mismo tiempo por decir algo privado sabiendo que es político. Gritar no sólo por gritar es porque quiere hacer de su sufrimiento algo que valga más la pena que sufrir sola. Y puta que la dejaron sola. A uno que llegó tarde a escucharla, le encantaría poder pensar que lo que ella cantó y sufrió y lo que uno escucha hoy, pudiera ser superado por una realidad un poquito mejor. Y no, lo que canta Violeta no sólo es actual por lo que dijo sino que es actual porque lo que dijo sigue siendo más actual que mucho de lo que se dice hoy. Lo que canta Parra y que Wood quiso poner como algo nostálgico, no tiene nada de nostalgia. Uno escucha esta letra y dan ganas de que no existiera la película. “Les voy hablar en seguida de un caso muy alarmante, Atención el auditorio, que va a tragarse el purgante, Ahora que celebramos el dieciocho más galante, La bandeira es un calmante. Yo paso el mes de septiembre con el corazón crecido, De pena y de sentimiento, de ver mi pueblo afligido. El pueblo amando la patria y tan mal correspondido, El emblema por testigo”.
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Si uno se pone a escuchar en serio a Violeta Parra no debería tratar de decir nada de ella. Pero entre tanta pelotudez reinante, algo habrá que decir. Y para los giles que creen que estoy trolleando a esos lugares comunes estilo Wood, déjenme decirles que no se trata de eso. Se trata de asumir de nuevo de que llegué a Violeta Parra post película de Wood, y creo que después de eso, Violeta sólo te llama al silencio. Y si vas a hablar de ella, no te sirve esa escena de que no encajas en el Club de la Unión. Mínimo necesitas arriesgarte Wood. Esa escena de la pobre puteando a su jefe que la trata mal es tan DC que no me da para decir mucho más.. Dan ganas de traer a Violeta, estilo Macluhan en Annie Hall para preguntarle qué opina de las cosas que se dicen en su nombre. Yo opino que si te vas a hacer cargo de hablar de ella, deberías haberte ido por este lado un rato: «Pónganme póngame siete botellas, tam’ién siete damajuanas. Pónganme siete cantoras, porque yo me voy mañana».
Asumo tu respeto, pero no te sirve filmar bien lo que la guitarrra de esta hueona siempre quiso decir desafinadamente lo afinado. Te bastan 3 estrofas para saber que los ángeles, las iglesias y los ministros te obligan a que si vas a hablar de ella, tienes más que saber qué decir, saber cuándo callarte. Los silencios de Violeta en Wood no existen. Si vas a hacer una película de Violeta Parra, mínimo tienes que mamarte el tiempo de las décimas.
Una vez dijeron de Mizoguchi que la muerte sólo se puede filmar de reojo. Bueno Wood, dudaste tanto que al final no dijiste nada. O sea sí, filmaste a la Parra de Wikipedia. La Parra de las canciones es otra.
Y no se trata de nacionalidades pelotudas. Se trata de que estas cosas deberían sonarte más que una nostalgia estúpida de venga boys. Ahora que llevo mil escuchadas de Violeta Parra creo que la más chilena de todas, es al mismo tiempo la más universal de todas. Violeta amaba su tierra y la amaba tanto que dudaba al hablar de ella. La quería tanto que nunca quiso hacer de ella una esencia. Para hablar de Chile habla de todo. Para hablar de ella habla de cada uno de los milímetros que la exceden..
En el fondo Violeta era una obsesiva en mala, pero una obsesiva que Wood trató más bien de hacer una histérica.
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Pero volvamos a la Violeta de los detalles. A esa que es capaz de enumerar veintiun dolores y terminar en 40.
Violeta es tan insoportablemente chilena como si la oreja de Blue Velvet se hiciera un mapa. Esa oreja que hasta que no te acercaste era inofensiva. Mira las cosas tan de cerca y odia tanto las esencias de los plurales, que termina siendo, al fin y al cabo, antichilena. Y no un anti porque andemos criticando lo chileno, sino porque nunca se conformó con que la catalogaran.
Por eso la película de Wood es la Violeta de Wikipedia. No porque hubiera un lugar mejor o más letrado para entenderla, sino porque justamente, no leer a la Violeta de sus entre letras, es no querer escucharla. Si vas a hablar de ella -y me incluyo- no hay que olvidarse de esto: «Qué te trae por aquí? eso habrís de contestar. Si me pensái engañar, yo habré de engañarte a ti».
Y es por eso que Violeta, aún muerta, seguirá engañándonos siempre a todos.

De qué hablamos cuando hablamos de discos: Paint It Red

Por Pablo Rosenzvaig en Crónica Sonora.

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En la columna anterior hablé acerca del lugar que el Let love in ocupaba en la historia de Nick Cave.

Hoy le toca a los Prefab Sprout, esa banda que para mí siempre ha sido como ese taxista que, aunque te pongas audífonos, no deja de hablarte. Un taxista que mezcla lo religioso, las rutas de Elvis, Kerouac y el western a lo Lee Hazlewood sin andar seduciendo a lo Arjona.

No hablaré de esta vez de esa obra colosal llamada Steve McQueen, sino de una que parece haber llegado muy tarde o muy temprano al tiempo en el que le tocó vivir.

Se llama Crimson Red y si usáramos una metáfora un poco exagerada, se parece al Corazones de Los Prisioneros. Esos discos que mantienen un nombre en plural para empezar a decir lo que siempre se quiso decir en singular. Como si uno fuera Vito Andolini pero siguiera sacando discos con el nombre de Corleone.

Crimson se llama así por el pintor Mark Rothko, ese que se tomaba tan literalmente los colores que los volvía abstractos. Tal vez esa sea una de las razones por las cuáles Paddy McAloon le llamaba Steve McQueen a los discos (metiendo fotos de motos en la tapa) e ironizando sobre la cultura norteamericana en frases como: “Brucie dream life´s a highway too many roads bypass my way”. Pero poco a poco una diáspora empezó a alejarlo de la idea esa de que el enemigo es externo e incluso que la ironía, te va a salvar de algo.

Sumemos peleas con los sellos, un ostracismo estilo el Walden de Thoreau y enfermedades al oído y a la vista.

Si pensamos que Let’s Change The World With Music es un disco de demos que grabó Paddy para lo que debía ser la continuación de Jordan: The Comeback, siendo rechazados por el sello, y que I Trawl The Megahertz fue la manera de lidiar con el doble desprendimiento de retina que lo dejó casi ciego y lo obligó a componer de otra forma, Crimson red es la verdadera vuelta del autor desde el 2001.

Paddy se retiró del mundo pero no se fue a vivir al bosque estilo Into the Wild a hacerle himnos hispters a la naturaleza, sino que se fue a tratar de lidiar con su historia hecha de retazos de memoria. Como si la idea de quedarse ciego lo hiciera volver a pensar en la memoria del color. Del Crimson al Red.

Esa tal vez sea la mayor virtud de este disco, ser como ese cubre plumón, lleno de manchas de café que un día se mezclaron con migas de galletas y armaron una especie de Pollock, ese que aún crees que puede seguir cubriéndote más del frío que un plumón nuevo.

Ese almohadón de plumas armado de Quiroga y de Freddy Krugger y de todas y cada una de las pesadillas con las que naciste y que alguna vez te dieron miedo y que en el ejercicio de olvidar, volvieron a aparecer más grandes que antes. Esta vuelta de McAloon es como Ledger en la de Nolan, robando una ambulancia para salir a atropellar a todos los fantasmas que aún siguen vivos en la cabeza de tu ciudad.

¿Y cómo parte Crimson Red?

Con una canción llamada The best jewel thief in the world:

“Masked and dressed in black

You scramble over rooftops

Carrying a bag, a bag marked swag

You’re the best jewel thief in the world”

“Tengo cajas llenas de cancioncitas en casa”, decía Paddy cuando lo entrevistaron por este disco, y lo que pudiera haber sido un single cualquiera termina siendo una metáfora de lo que para Paddy es el oficio de escribir canciones.

Si en el pasado te hablaba de McQueen, acá te cita de una pasada a los Blue Nile, y al Cary Grant de To Catch a Thief. Si Paul Buchanan en los Blue Nile cantaba:

“I walk across the rooftops

The jangle of Saint Steven’s bells

The telephones that ring all night”

Hitchcock, te mezclaba imágenes de gatos en los tejados mientras Cary afanaba.

En List of Impossible Things, Paddy se pone a pensar en Sinatra y lo llama Francis Hoboken. Y acá ya podemos ver la genialidad de McAloon que, frente a sus operaciones al oído y a la vista, se pone a hablar de ese al que le llamaban la voz, eso que tal vez sea lo único que le quede entre tanto huracán de soledad y enfermedades.

» Take your cracked violin

Let the music begin

And sing like you’re Francis Hoboken

If your voice is all shot

It’s still the best one you’ve got

You’re a work of art that’s broken «

Encerrado como Thoreau en Walden, en la 3, se pone a pensar en la adolescencia y vuelve a esas motos citadas en el Steve McQueen que salían en la tapa y acá tal vez esté la primera razón por la cual el Crimson es un disco muy grande.

Adolescense habla no sólo de venenos, romeos y capuletos o de la mala poesía, sino que cruza toda la historia de una banda y de cómo alguien vuelve a pensar la música o la escritura.

“Romeo, romeo, inconstant? Never” canta Paddy y me pongo a pensar en cómo pasó de esa época en que jodía con las letras de Bruce, a esta en donde pasa de Shakespeare, en la 3, a homenajear a Dylan en la 10, la última del disco.

“You roar right out of Nowheresville

To find the beating heart

Cryptic, elusive, smart

Mysterious from the start

The gift of anonymity

Inventing your own past

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast”

Este disco creo que se parece a ese personaje de Saramago en “Ensayo sobre la ceguera” que un día parado ante un semáforo en rojo (como si fuera un cuadro de Rothko) se queda ciego súbitamente.

El Crimson, es la manera en que Paddy creyendo que iba a perder los ojos al estilo de la profecía de Edipo, se pone a escribir de las cosas que rescataría del naufragio. El naufragio de ese espejo roto del lago, que un día tal vez, ya no te refleje.

“No sé porqué escribo como escribo. No siempre quiero decir lo que estoy diciendo, no estoy expresando mi punto de vista sobre algo; es como si escribiera el guión de una película. Sí que uso muchas cosas del subconsciente; esas líneas que me llegan a la mente y no acabo de entender, pero sé que debo usar. Y así pueden surgir grandes canciones. Es como la poesía. Exige cierto trabajo al oyente”.