Una Violeta Parra no de Wikipedia

Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

Crecí en Argentina durmiendo en sillones de casas ajenas porque mis padres se cansaron de comer guaguas chilenas en el 73 y fueron a buscar carne nueva allende los Andes. Crecí entre medio de voces que parecían estar siempre diciendo cosas importantes y me demoré demasiado tiempo en conocer a Violeta Parra.
Nací entre Quilapayún, Los Jaivas, Los olimareños y Richard Wakeman.
El primer CD que llegó a mi casa fue Back in Black y no sé por qué nunca llegó a mi infancia Violeta Parra. Ahora, que la escucho en serio, tal vez puedo empezar a entender la razón de tanto tiempo sin ella.
Uno escucha ahora a Violeta Parra con audífonos y aunque repitas cada canción mil veces, no te sirve para usarla como discurso de nada.
Hay algo en ella, que no te deja escucharla desde un lugar común. Tal vez porque suele ver las cosas no sólo desde mil lugares distintos sino de miles de formas diferentes. Si ahora, que la he escuchado mil veces, me imaginara a mis padres discutiendo de política -con esto de fondo cuando tenía 6 años- la escena sería muy parecida al escuadrón suicida de la vida de Bryan, porque en vez de ir a pelear a la calle con un sentido político asumido, se habrían puesto a pensar en el sinsentido. Habrían hecho del amor, de la patria y del conflicto social, todo lo contrario a un panfleto.
Las canciones de Violeta Parra son tremendamente políticas pero no de la manera en que se puedan usar para otros fines que para los que ella tiene en su cabeza. En ella, lo cotidiano se transforma en algo político, y lo privado en algo que termina hablando de ella y de todos. Violeta Parra transforma lo privado en público y por eso se vuelve tan y más política, que lo que no se quiere ver.
Parra es más política que la política misma, porque era tan seca que logró mostrar la política pero construída con su cuerpo y sus cicatrices. El dolor de Violeta no es ese bienvenido dolor tan de moda en estos días, porque su dolor era de esos que quieres esquivar, pero que si lo haces terminas esquivándote a ti mismo.
Violeta Parra es una bandera, pero ese trapo del terremoto antes de que lo hicieran emblema. Es el Chile de las rupturas y el conflicto pero no contado desde el manual oficial de la memoria histórica del Chile de Frías Valenzuela.
La memoria histórica de Violeta es una memoria contada por la historia de su cuerpo. Las letras son inabarcables porque ella siempre supo que la verdad lo era y dio su cuerpo para demostrarlo. Lo que escribe es incluso esquivo a cualquier metáfora que pudiéramos querer encontrar. Hay tanta verdad en ella, que hace que cualquier interpretación siempre suene falsa. Uno escucha la cueca llamada “por pasármela tomando” y le sumas a Victor Jara y a Jorge González y tienes la historia del rock chileno. En Chile no hubo sumos, ni Spinettas, ni Charlys y todas las copias que quisieron incluso hacer en los 80 de Soda Stereo, terminaron siendo una especie de Peter Rock copiando a Elvis.
Esto no se trata del chauvinismo que intenta decir que Chile no se la pudo, sino de tratar de pensar quién giró -en algún momento de la historia- la cuerda del reloj para el otro lado.
La historia de Chile suma más Sábados Gigantes y Teletones que historias de rock. Cuando a Virus les tiraban botellazos estilo “Blues Brothers” tocando en Texas y a Sumo los trolleaban por cantar en inglés en época de Malvinas, acá copiaban los peinados de los posters y Cruz Coke se creía rockero en “Bohemia”. Y más acá y más allá de toda esta historia que podemos hacer, Violeta Parra condensa y sigue siendo todo al mismo tiempo.
Es lo que se entiende demasiado porque es demasiado simple. Es lo que ve las cosas de tan cerca que se vuelve incomprensible. Es lo que es tan real que no quieres verlo. Es lo demasiado conciente que se tiene que volver inconsciente para poder soportarlo. Uno escucha a Violeta Parra y escucha al Chile que aún no es y al Chile que no sabe quién es tampoco. Si pensáramos en serio sobre la identidad chilena, tal vez deberíamos decir que la verdadera identidad chilena, es esa que vive preguntándose por quién es y quién no es. Sabemos que no somos peruanos y odiamos a los argentinos y no somos ingleses. Tenemos la empanada y la piscola porque el pisco sour es peruano. Antes de todas estas dudas, Violeta Parra las encarna casi todas. Se hace cargo de la idea estúpida de que el rock es rebeldía, de que el folk es historia o herencia y de que la música debiera representar a la realidad. Violeta Parra no sólo cumple con todo eso, sino que hace de todo eso una pregunta: Donde los Huasos Quincheros dicen: ‘Tá muy malo el corralero, y allá en el potrero como viejo está; hay que ayudarlo a que muera para que no sufra más. Siempre fuiste el más certero, y por eso debes su mal aliviar. Ella dice: “recemos una oración para este muerto viviente” o “Yo canto a la diferencia que hay de lo cierto a lo falso, De lo contrario no canto”..
Entre la diferencia de la certeza de los Huasos Quincheros y las millones de preguntas que se hace Violeta Parra en cada una de sus canciones, podríamos contar la historia de toda la política chilena o la historia de la música chilena completa. Donde Violeta se preguntaría por el paso del tiempo, los Huasos Quincheros dirían «hay que ayudarlo a que muera». En esa duda eterna y en la forma que tenía Violeta Parra de observar lo cotidiano, es donde sus letras se vuelven políticas y la exceden incluso a ella misma: «Si yo levanto mi grito, no es tan sólo por gritar, Perdónenme el auditorio si ofende mi claridad». Si uno la escucha atentamente, sabe que cuando pide perdón por su claridad, está pidiendo perdón al mismo tiempo por decir algo privado sabiendo que es político. Gritar no sólo por gritar es porque quiere hacer de su sufrimiento algo que valga más la pena que sufrir sola. Y puta que la dejaron sola. A uno que llegó tarde a escucharla, le encantaría poder pensar que lo que ella cantó y sufrió y lo que uno escucha hoy, pudiera ser superado por una realidad un poquito mejor. Y no, lo que canta Violeta no sólo es actual por lo que dijo sino que es actual porque lo que dijo sigue siendo más actual que mucho de lo que se dice hoy. Lo que canta Parra y que Wood quiso poner como algo nostálgico, no tiene nada de nostalgia. Uno escucha esta letra y dan ganas de que no existiera la película. “Les voy hablar en seguida de un caso muy alarmante, Atención el auditorio, que va a tragarse el purgante, Ahora que celebramos el dieciocho más galante, La bandeira es un calmante. Yo paso el mes de septiembre con el corazón crecido, De pena y de sentimiento, de ver mi pueblo afligido. El pueblo amando la patria y tan mal correspondido, El emblema por testigo”.
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Si uno se pone a escuchar en serio a Violeta Parra no debería tratar de decir nada de ella. Pero entre tanta pelotudez reinante, algo habrá que decir. Y para los giles que creen que estoy trolleando a esos lugares comunes estilo Wood, déjenme decirles que no se trata de eso. Se trata de asumir de nuevo de que llegué a Violeta Parra post película de Wood, y creo que después de eso, Violeta sólo te llama al silencio. Y si vas a hablar de ella, no te sirve esa escena de que no encajas en el Club de la Unión. Mínimo necesitas arriesgarte Wood. Esa escena de la pobre puteando a su jefe que la trata mal es tan DC que no me da para decir mucho más.. Dan ganas de traer a Violeta, estilo Macluhan en Annie Hall para preguntarle qué opina de las cosas que se dicen en su nombre. Yo opino que si te vas a hacer cargo de hablar de ella, deberías haberte ido por este lado un rato: «Pónganme póngame siete botellas, tam’ién siete damajuanas. Pónganme siete cantoras, porque yo me voy mañana».
Asumo tu respeto, pero no te sirve filmar bien lo que la guitarrra de esta hueona siempre quiso decir desafinadamente lo afinado. Te bastan 3 estrofas para saber que los ángeles, las iglesias y los ministros te obligan a que si vas a hablar de ella, tienes más que saber qué decir, saber cuándo callarte. Los silencios de Violeta en Wood no existen. Si vas a hacer una película de Violeta Parra, mínimo tienes que mamarte el tiempo de las décimas.
Una vez dijeron de Mizoguchi que la muerte sólo se puede filmar de reojo. Bueno Wood, dudaste tanto que al final no dijiste nada. O sea sí, filmaste a la Parra de Wikipedia. La Parra de las canciones es otra.
Y no se trata de nacionalidades pelotudas. Se trata de que estas cosas deberían sonarte más que una nostalgia estúpida de venga boys. Ahora que llevo mil escuchadas de Violeta Parra creo que la más chilena de todas, es al mismo tiempo la más universal de todas. Violeta amaba su tierra y la amaba tanto que dudaba al hablar de ella. La quería tanto que nunca quiso hacer de ella una esencia. Para hablar de Chile habla de todo. Para hablar de ella habla de cada uno de los milímetros que la exceden..
En el fondo Violeta era una obsesiva en mala, pero una obsesiva que Wood trató más bien de hacer una histérica.
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Pero volvamos a la Violeta de los detalles. A esa que es capaz de enumerar veintiun dolores y terminar en 40.
Violeta es tan insoportablemente chilena como si la oreja de Blue Velvet se hiciera un mapa. Esa oreja que hasta que no te acercaste era inofensiva. Mira las cosas tan de cerca y odia tanto las esencias de los plurales, que termina siendo, al fin y al cabo, antichilena. Y no un anti porque andemos criticando lo chileno, sino porque nunca se conformó con que la catalogaran.
Por eso la película de Wood es la Violeta de Wikipedia. No porque hubiera un lugar mejor o más letrado para entenderla, sino porque justamente, no leer a la Violeta de sus entre letras, es no querer escucharla. Si vas a hablar de ella -y me incluyo- no hay que olvidarse de esto: «Qué te trae por aquí? eso habrís de contestar. Si me pensái engañar, yo habré de engañarte a ti».
Y es por eso que Violeta, aún muerta, seguirá engañándonos siempre a todos.

De qué hablamos cuando hablamos de discos: Paint It Red

Por Pablo Rosenzvaig en Crónica Sonora.

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En la columna anterior hablé acerca del lugar que el Let love in ocupaba en la historia de Nick Cave.

Hoy le toca a los Prefab Sprout, esa banda que para mí siempre ha sido como ese taxista que, aunque te pongas audífonos, no deja de hablarte. Un taxista que mezcla lo religioso, las rutas de Elvis, Kerouac y el western a lo Lee Hazlewood sin andar seduciendo a lo Arjona.

No hablaré de esta vez de esa obra colosal llamada Steve McQueen, sino de una que parece haber llegado muy tarde o muy temprano al tiempo en el que le tocó vivir.

Se llama Crimson Red y si usáramos una metáfora un poco exagerada, se parece al Corazones de Los Prisioneros. Esos discos que mantienen un nombre en plural para empezar a decir lo que siempre se quiso decir en singular. Como si uno fuera Vito Andolini pero siguiera sacando discos con el nombre de Corleone.

Crimson se llama así por el pintor Mark Rothko, ese que se tomaba tan literalmente los colores que los volvía abstractos. Tal vez esa sea una de las razones por las cuáles Paddy McAloon le llamaba Steve McQueen a los discos (metiendo fotos de motos en la tapa) e ironizando sobre la cultura norteamericana en frases como: “Brucie dream life´s a highway too many roads bypass my way”. Pero poco a poco una diáspora empezó a alejarlo de la idea esa de que el enemigo es externo e incluso que la ironía, te va a salvar de algo.

Sumemos peleas con los sellos, un ostracismo estilo el Walden de Thoreau y enfermedades al oído y a la vista.

Si pensamos que Let’s Change The World With Music es un disco de demos que grabó Paddy para lo que debía ser la continuación de Jordan: The Comeback, siendo rechazados por el sello, y que I Trawl The Megahertz fue la manera de lidiar con el doble desprendimiento de retina que lo dejó casi ciego y lo obligó a componer de otra forma, Crimson red es la verdadera vuelta del autor desde el 2001.

Paddy se retiró del mundo pero no se fue a vivir al bosque estilo Into the Wild a hacerle himnos hispters a la naturaleza, sino que se fue a tratar de lidiar con su historia hecha de retazos de memoria. Como si la idea de quedarse ciego lo hiciera volver a pensar en la memoria del color. Del Crimson al Red.

Esa tal vez sea la mayor virtud de este disco, ser como ese cubre plumón, lleno de manchas de café que un día se mezclaron con migas de galletas y armaron una especie de Pollock, ese que aún crees que puede seguir cubriéndote más del frío que un plumón nuevo.

Ese almohadón de plumas armado de Quiroga y de Freddy Krugger y de todas y cada una de las pesadillas con las que naciste y que alguna vez te dieron miedo y que en el ejercicio de olvidar, volvieron a aparecer más grandes que antes. Esta vuelta de McAloon es como Ledger en la de Nolan, robando una ambulancia para salir a atropellar a todos los fantasmas que aún siguen vivos en la cabeza de tu ciudad.

¿Y cómo parte Crimson Red?

Con una canción llamada The best jewel thief in the world:

“Masked and dressed in black

You scramble over rooftops

Carrying a bag, a bag marked swag

You’re the best jewel thief in the world”

“Tengo cajas llenas de cancioncitas en casa”, decía Paddy cuando lo entrevistaron por este disco, y lo que pudiera haber sido un single cualquiera termina siendo una metáfora de lo que para Paddy es el oficio de escribir canciones.

Si en el pasado te hablaba de McQueen, acá te cita de una pasada a los Blue Nile, y al Cary Grant de To Catch a Thief. Si Paul Buchanan en los Blue Nile cantaba:

“I walk across the rooftops

The jangle of Saint Steven’s bells

The telephones that ring all night”

Hitchcock, te mezclaba imágenes de gatos en los tejados mientras Cary afanaba.

En List of Impossible Things, Paddy se pone a pensar en Sinatra y lo llama Francis Hoboken. Y acá ya podemos ver la genialidad de McAloon que, frente a sus operaciones al oído y a la vista, se pone a hablar de ese al que le llamaban la voz, eso que tal vez sea lo único que le quede entre tanto huracán de soledad y enfermedades.

» Take your cracked violin

Let the music begin

And sing like you’re Francis Hoboken

If your voice is all shot

It’s still the best one you’ve got

You’re a work of art that’s broken «

Encerrado como Thoreau en Walden, en la 3, se pone a pensar en la adolescencia y vuelve a esas motos citadas en el Steve McQueen que salían en la tapa y acá tal vez esté la primera razón por la cual el Crimson es un disco muy grande.

Adolescense habla no sólo de venenos, romeos y capuletos o de la mala poesía, sino que cruza toda la historia de una banda y de cómo alguien vuelve a pensar la música o la escritura.

“Romeo, romeo, inconstant? Never” canta Paddy y me pongo a pensar en cómo pasó de esa época en que jodía con las letras de Bruce, a esta en donde pasa de Shakespeare, en la 3, a homenajear a Dylan en la 10, la última del disco.

“You roar right out of Nowheresville

To find the beating heart

Cryptic, elusive, smart

Mysterious from the start

The gift of anonymity

Inventing your own past

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast

Hobo jive on overdrive

Your energy is vast”

Este disco creo que se parece a ese personaje de Saramago en “Ensayo sobre la ceguera” que un día parado ante un semáforo en rojo (como si fuera un cuadro de Rothko) se queda ciego súbitamente.

El Crimson, es la manera en que Paddy creyendo que iba a perder los ojos al estilo de la profecía de Edipo, se pone a escribir de las cosas que rescataría del naufragio. El naufragio de ese espejo roto del lago, que un día tal vez, ya no te refleje.

“No sé porqué escribo como escribo. No siempre quiero decir lo que estoy diciendo, no estoy expresando mi punto de vista sobre algo; es como si escribiera el guión de una película. Sí que uso muchas cosas del subconsciente; esas líneas que me llegan a la mente y no acabo de entender, pero sé que debo usar. Y así pueden surgir grandes canciones. Es como la poesía. Exige cierto trabajo al oyente”.

Somos feos pero tenemos la música: Una columna sobre discos que nacieron antes de tiempo

Por Pablo Rosenzvaig en El Dínamo.

Hay discos y canciones que son como los sueños freudianos hechos de significantes, basta ver un revolver en la tele para tararear en tu cabeza “Tengo un revolver en el bolso y lo pienso usar” o escuchar la palabra “miel” y que tu cabeza haga esa gestalt que complete el círculo diciéndote “Luna de mieeeeeel”.

Una de las tantas obsesiones que tengo, y tal vez la que más me ha acompañado en la vida, es tratar de entender esas cosas que se adelantan al tiempo en el que les tocó vivir.

Así, Oscar Wilde habla en su juicio de una de las cartas a Lord Douglas: «¿Era una carta corriente?, pregunta el fiscal Carson. “De ninguna manera», contestó Wilde, «era una hermosa carta». «¿Fuera del Arte?» pregunta Carson. «No puedo contestar ninguna pregunta fuera del Arte», replica Wilde.

Federico Moura se adelantaba a todo mientras muchos consideraban que lo que hacía era “música para putitos”.
Los Blues Brothers tocando en un bar redneck con una malla de alambre que detenía las botellas.
Billie cantando “Strange fruit”.

Los discos de los que escribiré, no tienen más verdad que la repetición que en mi cabeza, y no esperan decir nada más que lo que me siguen diciendo a mí. Son esas canciones que no entran en el vintage nostálgico del placer culpable, sino que siguen recordándote que son putamente eternas. Esas de las que alguna vez te creíste dueño y en realidad era al revés.

Hay discos y canciones que son como los sueños freudianos hechos de significantes, basta ver un revolver en la tele para tararear en tu cabeza “Tengo un revolver en el bolso y lo pienso usar” o escuchar la palabra “miel” y que tu cabeza haga esa gestalt que complete el círculo diciéndote “Luna de mieeeeeel”.

Hay discos que son como ese taxista que, aunque te pongas audífonos, no deja de hablarte.

Esta columna se tratará de esos discos que vuelven a ti como si fueran las cartas amarillas de Nino Bravo.

Es por eso que, para inaugurarla, elegí a los Prefab Sprout; tal vez porque creo que es la que más suma todas esas cosas que te gustan de todas las bandas que te gustan.

Talento incomprendido, peleas con los sellos, salir al mismo tiempo que bandas que parecen interpretar a toda una generación y sentir que lo que dices a veces es tan intemporal que no encaja en ningún presente. Ostracismo al estilo Walden y sumemos enfermedades al oído y a la vista.

Un primer disco Swoon que ya en “Don’t sing” nos introduce a lo que sería gran parte del imaginario de Paddy en el futuro. Una mezcla entre lo religioso, las rutas de Elvis, Kerouac y el western.

“An outlaw stand in a peasant land, in every face see Judas
The burden of love is so strange
The stubborn beast and the whisky priest are hiding from the captains.
The burden of love is so plain.
Are they happy to see you, no, you always bring trouble.
Cast a shadow on Mexico – denial doesn’t change facts”.

El amor para Paddy, nunca es en presente sino ese incompleto o inacabado, parecido al de esa otra gran bestia de los Pogues llamada MacGowan, que siempre ve el amor como ese inmigrante llegando a un país que nunca será suyo.

Siguiendo con la historia de los Prefab, tenía que llegar Thomas Dolby —sí, el de “She blinded me with science”— para producir el segundo disco y hacer que todas esas novelas que tenía Paddy en la cabeza lograran empezar a golear en vez de ganar por penales. Lo que hace Dolby acá es parecido a lo que hace Mitchell Fromm con el Mercury de los American Music Club: hacer que canciones desnudas logren tener un paisaje y, por qué no decirlo, un mapa y a la vez un territorio.

Dolby le construye a McAloon un Delorean que hace que sus obsesiones con el western, Robin Hood y los Beach Boys se transformen en verdaderos himnos intemporales. Hace sonar sus canciones con esa atmosféra que tan bien le salen a los Talk Talk o a los The Blue Nile.

Hoy nos detendremos en el Crimson/Red. Porque si pensamos que Let’s Change The World With Music es un disco de demos que grabó Paddy para lo que debía ser la continuación de Jordan: The Comeback, siendo rechazados por el sello, y que I Trawl The Megahertz fue la manera de lidiar con el doble desprendimiento de retina que lo dejó casi ciego y lo obligó a componer de otra forma, Crimson es la verdadera vuelta del autor desde el 2001.

Y es una vuelta donde, a lo Prince, Paddy tocó todos los instrumentos y a lo Unabomber se retiró del planeta. Pero no se fue a vivir al bosque estilo Into the wild a hacerle himnos hispter a la naturaleza, sino que se fue a tratar de lidiar con su historia hecha de retazos de memoria. Esa tal vez sea la mayor virtud de este disco.

Volver al inicio y demostrar que quedándote sordo y casi ciego, hay estribillos que aún siguen estrenándose en tu cabeza y que cuando el reloj comienza a ir hacia atrás haciendo moonwalking, quieres demostrarte a ti mismo antes que al mundo, que aún quedan países incompletos a los que les faltan himnos por hacer.

“Para no olvidarse de lo que lee y oye, el hombre escribe y se oye escribir. Cuando se acuerda inventa la metáfora” dice Prado de Oliveira en un ensayo sobre Freud y Schreber, y calza perfecto para pensar el Crimson/Red.
Esta vuelta de McAloon no es cualquier vuelta porque ya desde el inicio parece ser un disco de esos que se roban una ambulancia, como Ledger en la de Nolan para salir a atropellar a todos los fantasmas que aún siguen vivos caminando por la ciudad.

Pero no nos confundamos, este más que ser un disco hecho con la rabia del que sabe que es un genio y quiere salir a cobrarse con muertes los años de su ostracismo, es un disco que mezcla la ironía del incomprendido que ya abandonó la fantasía de poder ser un Wayne, un McQueen o un Elvis. Este, más bien, es el disco de alguien que, temiendo quedarse sordo o ciego, ajusta cuentas con su historia.

El disco parte con lo que podría ser una cita a Cary Grant en Atrapar a un ladron (alguien que de día es todo lo que se espera de él, pero que, de noche, haciendo eso que no le puede contar a nadie, encuentra verdaderamente lo que le importa).

“Tengo cajas llenas de cancioncitas en casa” decía Paddy cuando lo entrevistaron por este disco, y lo que pudiera haber sido un single cualquiera termina siendo una metáfora de lo que para Paddy es el oficio de escribir canciones.

Masked and dressed in black
You scramble over rooftops
Carrying a bag, a bag marked swag
You’re the best jewel thief in the world.

En “List of Impossible Things” Paddy se pone a pensar en Sinatra y lo llama Francis Hoboken. Y acá ya podemos ver la genialidad de McAloon que, frente a sus operaciones al oído y a la vista, se pone a hablar de ese al que le llamaban la voz, eso que tal vez sea lo único que le quede entre tanto huracán de soledad y enfermedades.

Take your cracked violin
Let the music begin
And sing like you’re Francis Hoboken

If your voice is all shot
It’s still the best one you’ve got
You’re a work of art that’s broken

Encerrado como Thoreau en Walden, también se pone a pensar en Dylan antes de que fuera esa estatua que es hoy y lo hace nuevamente desde su lugar de ermitaño al que solo le quedan voces que le hablan en la cabeza. Como si Paddy quisiera ir acostumbrándose a esa idea de no poder escuchar a nadie más.

En “The Songs Of Danny Galway”, homenajea a Jimmy Webb, con el que llegó a tocar alguna vez “The Highwayman”. Es un himno parecido al que le hace Calamaro a Miguel Abuelo, pero Paddy cuando escribe, escribe en piedra.

“No sé por qué escribo como escribo. No siempre quiero decir lo que estoy diciendo, no estoy expresando mi punto de vista sobre algo; es como si escribiera el guión para una película. Sí que uso muchas cosas del subconsciente; esas líneas que me llegan a la mente y no acabo de entender, pero sé que debo usar. Y así pueden surgir grandes canciones. Es como la poesía. Exige cierto trabajo al oyente”.

Eso y mucho más hay en “Adolescence”, que empieza así:

Adolescence – what’s iAnnotatet like?
It’s a psychedelic motorbike
You smash it up ten times a day
Then you walk away

It’s moonlight on the balcony
It’s pure hormonal agony
Bad poetry its greeting card

Mejor compremos chocolates

Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.

Cevladé: Rapero y poeta antes que maldito

Por Pablo Rosenzvaig en Disorder Magazine.

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.

Siete años con la sombra de Elliott

El metro no es tal vez el lugar para una segunda oportunidad ni para intentar pensar lo que significa tenerla. Ni tampoco eso que uno daría porque otros la tuvieran.

Es así como hoy vuelvo a escribir de Elliott Smith, ya que no he podido sacármelo de la cabeza e intento por lo menos ese segundo momento inútil que él no tuvo, tal vez para sentirme o convencerme de que estoy más vivo.

Es el momento en que uno vuelve a abrir las tapas de los discos tratando de reconstruir esa cara que en los últimos días ha mezclado la pena y el terror como sólo puede hacerse si es que uno juega con el as del tiempo en la manga. Descubriendo que la muerte lo cambia todo porque lo que siempre fue una fantasía de futuro en nuestro estante de discos muestra ahora sus peores dientes mordiéndose a sí mismo al no poder lidiar con los costos de lo manoseado de ser hombre.

Desnudo de esa sabiduría de nuestros abuelos que lograban resumirla en un simple “hacerse hombre” intentando convertir una pregunta en un acto.

Frase que odio desde que tengo uso de razón pero que ahora se vuelve algo sabia más allá de mí y de los chapoteos de mis palabras que no saben nadar e intentan patalear entre tanto sinsentido.

Es eso que no alcanza a entrar en la postal turística que le venderíamos a los extraterrestres si dejaran de ser una fantasía para transformarse en un negocio tangible. Ese “whisky” de la foto que por lo menos lograra contestar publicitariamente eso que somos y que hoy se ha vuelto una pregunta que no logro formular, porque se me ha perdido ese mínimo nudo desde dónde poder hacerla.

Extraño de esta manera a aquellos que por lo menos pueden hablar de un norte o algo que los sitúe en una especie de mapa imaginario de lo que vendrá.

Lamentablemente hoy para mí es un nudo que ha paralizado cualquier dirección posible.

Me he quedado sentado en las escaleras del metro mientras la gente corre sin saber que Elliott Smith ha muerto. Quiero creer o inventar que mi desamparo no es una forma de snobismo que se tranquiliza con un nombre, haciéndome poseedor de una verdad que los demás no conocen sólo por falta de información.

La verdad es que entre tantos pies que creen saber hacia donde van o que el ir se les ha vuelto una costumbre, creo ver una muerte que logra hablarle a todas esas muertes cotidianas vestidas de repetición, que las hace seguir respirando en el intento valiente de querer decir algo más allá de uno.

Esa lucidez del más allá que siempre esperé como casi la única cosa por la que vendería el alma si por lo menos pudiera mirarla a la cara.
Aunque sea la de Fausto la prefiero a la estupefacción de un cuchillo en dirección de harakiri.
No sé si seré honesto y lúcido cuando la enfrente, sólo sé que en estos momentos no me da miedo sino que me parece patética en su intento de tratar de convencerme.
Esta vez se ha quedado sin la retórica que pudiera decirme algo, esta vez ha perdido todo mi respeto.

Es una estatua que petrifica todo de manera horrible, es una caricatura de sí misma que sólo puede vivir de otros. Es un parásito sin sangre y un banquero que no tiene nada propio y vive de los demás.

Tal vez por eso hoy me vista de general después de la batalla y tenga que lidiar con las interpretaciones que cobran un sentido asqueroso y ridículo, ya que con él vivo por lo menos todavía existía la esperanza de una respuesta a esas canciones que creíamos que hablaban de nosotros. Y que la soledad, era sólo una ilusión, a la que por lo menos podrían visitarla las pastillas.

Ahora quedan esas frases cobrando un sentido comandado por lo que ya no tendrá respuesta. Ya no existe ese punto que permitía la pregunta que tal vez nunca iba a hacerse pero tenía su futuro escrito en ella.

Que hacemos ahora con algo así:

“So now you see your first mistake was thinking that you could relate for one or two minutes she likes you”

Que hacemos ahora si nuestras propias preguntas se convertirán en la copia del que mejor las formulaba.

Sé que decir esto me deja en una mala posición, en un súbdito idiota que espera escuchar algo que jamás podrá ser dicho, pero lamentablemente debo decir, aunque suene exagerado, que se han llevado una parte de mi oreja o de eso que me ayudaba a espantar el ruido entre tanta mierda.

Me quedo con la tranquilidad de que si dios existe tendrá que escuchar unas cuantas verdades acerca de su inutilidad, mientras los ángeles corean y aplauden con las alas cada una de sus canciones.

Han pasado 7 años desde ese desamparo en el metro y puedo confirmar que ese hueco no ha podido ser tapado por nada y él ya lo sabía o eso creo.
Hay gente que ha llegado o muy tarde o muy temprano a todo y ya no está para saber lo importante que son o fueron. No quisieron incluso ser una razón de que los extrañáramos porque eso habría sido una carga más de lo que no querían cargar.
Estamos demasiado acostumbrados a los artistas que nacen siendo marcas y nos perdemos de esos que cantan porque no tienen otra forma de hacer las cosas. Y no me refiero a ese lugar fácil del sufrido con marca de fábrica sino al que es capaz de decir que está cansado con toda la esperanza del mundo de no querer estarlo. The revenge of the tune dice Elliott porque le tiene demasiado respeto a la música y si escuchamos waltz 2 es demasiado difícil no creer que ahí está todo el tonicamismo de lo que sucedería con él. Y quererlo a él es al mismo tiempo no escribir de él porque nos convertimos en ese hombre con planes imposibles del que siempre quiso escapar.
Escribir de Elliott Smith es un poco matarlo dos veces porque incluso lo que no alcanzó a decir no quiso decirlo dos veces. Y esta escritura medio de pulga playera insoportable tiene que ver con que no hay una forma de respetar a Elliott sin escribir puras interpretaciones absolutamente mongólicas pero también es la excusa perfecta para escribir en ese límite de lo que no querías que se muriera.
No hay un afuera con Elliott. Es siempre ser la caricatura de escribir y no cantar. En el mundo de Elliott el que no arriesga no existe y por eso lo queremos tanto. Es intraducible no por problemas de ingles a castellano sino porque siempre analizarlo suena a herejia. Y no querer olvidarlo obliga a escribir de él. Y escribir de él es igual de incompleto al odio que le tenía a cada una de sus canciones. Elliott odiaba los términos y tal vez por eso se mató para dejar de pensar en ellos. Creía más en los procesos que en los fines. Más en el intento que en la felicidad de lo terminado. Y no es que se haya cansado de cantar sino que siempre estuvo más allá de su etiqueta. Siempre supo quien era pero se mató porque era de esa gente que todo lo fácil se le hace cada vez más difícil.
Estaremos mil años tratando de descifrar cada frase de lo que quería decir pero a él le importaba un pico porque no quiso llegar al tiempo de las entrevistas. Era de esa gente que decía todo porque tenía demasiadas preguntas pero si le preguntabas no respondía nada.
Y acá estamos con él de nuevo porque era de esa gente que creía que todo era incompleto y aún muerto sigue sin completar nada. En el fondo quería que dejaran de huevearlo.
Le molestaban los demás que se personificaban en su cabeza, no necesariamente los otros de afuera.
tell Mr. Man with impossible plansto just leave me alone
in the place where I make no mistakes
in the place where I have what it takes
Sigo poniendo baby britain hasta el cansancio y me sigo riendo sólo de que alguien al borde de todo pueda decir las cosas de esa forma. Tal vez siempre supo que quería matarse pero también sabía que no lo haría gratis. Y ha ganado por sobre todas las cosas.
A 7 años de tu muerte, ese hueco que dejaste, no se tapa ni con el mejor estuco del mundo.