Los hijos y el triángulo musical

No de manera formal ni declarada sino por una costumbre que se había instalado sola con los años, como se instalan las cosas que nadie decide pero todos respetan. El domingo a la tarde era el tango, o el folclore, o alguna de las músicas que había ido acumulando a lo largo de décadas y que en ese momento de la semana encontraban su lugar natural, cuando la casa estaba quieta y el tiempo tenía una textura diferente.

Mis hijos tenían otra opinión sobre el domingo a la tarde.

No la expresaban con palabras sino con la tecnología disponible, que en los años ochenta era suficientemente potente para hacer que cualquier opinión musical resultara imposible de ignorar. Primero fue uno, después fue el otro, y en algún momento los dos juntos, con una coordinación que no habían planeado pero que producía el efecto de un frente unificado.

La primera vez que escuché How Soon Is Now de los Smiths no fue en las mejores condiciones para apreciarlo.

Era un domingo. Estaba en el living con un café y Piazzolla a un volumen razonable, que es el único volumen al que Piazzolla debería escucharse, cuando desde la habitación de uno de ellos llegó algo que en ese primer momento no identifiqué como música sino como una perturbación del aire. Una frase de guitarra que se repetía con la insistencia de algo que no tiene intención de negociar, seguido de una voz que tampoco negociaba. Tiempo después alguien me explicó que eso que la guitarra hacía tenía un nombre: riff. Mi analfabetismo musical había tardado décadas en encontrar la palabra para algo que el cuerpo reconocía perfectamente sin necesitarla.

Fui a pedir que bajaran el volumen con la autoridad de quien sabe que tiene razón.

Me miraron con esa expresión que los hijos perfeccionan durante la adolescencia y que comunica simultáneamente el respeto mínimo requerido por la convivencia y la certeza absoluta de que el padre no entiende nada. Bajaron el volumen un grado, que era un gesto simbólico y los dos lo sabíamos.

Volví al living.

Pero el riff siguió llegando, más bajo ahora pero igualmente presente, con esa capacidad específica de cierta música para ocupar el espacio disponible independientemente del volumen. Me descubrí escuchándolo sin haber decidido escucharlo.

I am human and I need to be loved, just like everybody else does.

La voz de Morrissey no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. Tenía una cualidad específica que tardé en nombrar y que finalmente identifiqué como la misma cualidad que tenía Goyeneche, que era la de alguien que canta como si le importara demasiado y supiera que le importa demasiado y cantara igual.

No dije nada ese domingo.

La semana siguiente pedí que me mostraran más. La expresión en las caras de mis hijos en ese momento es una de las cosas que recuerdo con mayor precisión de ese período, que era una mezcla de sorpresa y satisfacción y algo más difícil de nombrar que se parecía al orgullo, que es una emoción curiosa cuando la siente un hijo hacia un padre.

Vino The Cure después. Robert Smith con esa voz que construía atmósferas densas y oscuras como si el sonido fuera una habitación en la que uno pudiera perderse. Disintegration llegó en 1989 y en esa casa sonó durante semanas con una intensidad que al principio me resultó hermética y que con el tiempo entendí que tenía su propia lógica, su propia manera de nombrar ciertas cosas que otras músicas no nombraban. El hijo que lo había traído me lo explicó con la paciencia de quien sabe más que el otro pero no quiere que se note demasiado.

Lo que ninguno de los dos esperaba era la dirección contraria.

Un domingo diferente, en un viaje largo, puse a Mercedes Sosa. No con intención pedagógica sino porque era lo que tenía ganas de escuchar. Hubo un silencio en el auto que no era incomodidad sino atención, que son dos silencios distintos y aprendí a diferenciarlos con los años.

Después pusieron los Beatles. Después los Stones. Y después, sin que nadie lo hubiera planeado, estábamos cantando todos juntos en el auto con esa mezcla específica de voces que tiene una familia cuando canta junta, donde cada uno lleva su parte y el resultado es algo que no es de ninguno en particular sino de todos.

Uno había elegido los Beatles y el otro los Stones, lo cual decía algo sobre cada uno que no hubiera podido decir de otra manera. Uno había elegido la melodía y la armonía y esa capacidad específica de los Beatles para hacer que algo complejo sonara inevitable. El otro había elegido el riff y la actitud y esa manera de los Stones de ocupar el espacio sonoro como si les perteneciera.

Los dos tenían razón. Eso también lo aprendí de ellos.

El triángulo no es una figura estática. Se mueve, cambia de forma, incorpora lo que cada uno trae y lo mezcla con lo que ya había. Les puse tango y folclore y ellos me pusieron los Smiths y The Cure y los Beatles y los Stones, y en algún punto de ese intercambio dejó de importar quién había traído qué porque todo era de todos.

Eso es lo que hace la música cuando circula entre personas que se quieren. No se divide sino que se multiplica, que es una operación que la aritmética no contempla pero que cualquiera que haya cantado en un auto con su familia entiende sin que nadie se la explique.

La Marsellesa no la cantamos en los viajes. Pero la conté una vez, la historia del disco a las ocho de la mañana, mi madre y mi tía con su ritual republicano, mi padre escuchando desde la cocina con su escepticismo tranquilo, y vi en sus caras algo que reconocí porque era lo mismo que había sentido cuando me la contaron a mí.

Que hay músicas que no se heredan directamente sino que llegan de rebote, a través de una historia contada en el momento correcto.

Eso también es el triángulo.

El triángulo siguió moviéndose cuando me fui de Argentina. Las músicas viajaron conmigo, como viajan siempre, sin equipaje y sin aduana.

Tantos cassettes que compartimos, te llamabas igual que mi viejo y siempre recordabas esa navidad que te inventamos con él para que no te sintieras tan solo y hasta un árbol te pusimos y fue la única navidad de una familia judía y te sentiste como en casa. Y siempre me bancaste y confiaste en mí y te banqué y nos bancamos siempre y eras el único que decía la verdad aunque doliera y hablamos horas mil horas de música y nos deprimíamos juntos y llamabas a las 4 de la mañana para hablarme de tus proyectos y me leías todo lo que escribía. Y me llamabas porque confiabas en como cocinaba para pedirme recetas. Y trajiste todas las bandas de mi vida. Y Pablo me salvé con Stereolab, y Pablo traigo a Dominique A y Pablo escuchaba el disco de Dios y me acordé de vos. Y Pablo casi traigo a Tindersticks. Y Pablo viene Mark Eitzel y cómo se cayó el de Lambchop traigo a Prekop. Y Pablo viene Tiersen. Y Pablo quiero que pongas música antes de breeders y Pablo, me voy a la nieve con Fugazi. Y Pablo, ¿te animas a poner música antes de Peaches? Y los chistes del flyer de peaches que decía Pablo Rosenvinge con Cristina y los subterráneos. Y la vez que pirateamos el King for a lifetime cuando Gould fue a la casa de Cienfuegos. Te voy a extrañar más que la chucha. 22 de Julio 2024 https://www.youtube.com/watch?v=c6ipG9YDHEI&list=PLIRnDjyY7q79i8bDMgF1P_g2s2NoY237h

Is this real?