Los discos de la vida de Ricardo Martínez
Soy un sencillo espectador
(una declaración de amor a “Luna” de Gianni Togni)
Había algo mortecino, melancólico y triste –como solo podían ser
tristes las tardes de lluvia invernal en la infancia– en todas esas
canciones AM que sonaban en la radio de la cocina. Desde Francis
Cabrel a José Luis Perales, pasando por Sergio y Estíbaliz y Ricos y
Pobres. Todas esas canciones te atrapaban en un vórtice de soledad y
compañía, una tras otra en los sones de la Cooperativa, en “El Correo
de los Enamorados”, en ese eco silente del avance de los años. Por eso
uno se dedicó tanto a recordar y recopilar esas canciones cuando
llegaron los casetes: grabadas de la radio, pidiendo a las dos de la
mañana en una llamada telefónica al DJ nocturno que pusiera ese tema
olvidado de La Industria Nacional a esa hora en que ya nadie llamaba a
la radio, y luego en los MP3 iniciales de fines de los años noventa. A
veces, solo a veces, uno se iba a la chucha cuando sonaba, ya entrados
veinte o treinta años desde aquella infancia, alguno de los temas de
esa banda sonora de la vida. Y había algunas, solo algunas canciones
que eran simplemente como la vida misma “Luna” de Gianni Togni es la
mayor de ellas.
¿Qué había en esos versos que uno sentía que este tema, más que todos
los demás, por sobre todos los demás, era el tema de uno, el tema de
Ricardo? ¿Acaso eran esas frases: “soy un sencillo espectador desde un
rincón / mi mundo está en un autobús que se marchó”? ¿Acaso era la
combinación demasiado moderna para la balada romántica italiana de las
percusiones y el piano? ¿Acaso era ese secreto que compartía el
personaje de la canción y yo: “tengo mil libros en la cama que no leí,
y dos mil discos por la casa que nunca oí”? ¿Acaso era porque era el
único tema en que no se regalaba la luna, sino que se dedicaba a la
luna?
Recuerdo haber buscado infructuosamente por décadas el nombre del
cantante, y luego que una tarde de 1992 lo supe porque en una radio
tocaron la canción y volví a llamar al DJ y le pregunté: “Gianni Togni
se llama”. Recuerdo como si fuera hoy esa madrugada de sábado a
inicios de 1999 en que metido en Napster encontré la versión en
castellano y haberme puesto contento (aunque el tema demoraría cuatro
horas en descargarse a 3,4 kbps en un “Plan Vampiro”) y luego haber
chateado con el único tipo que lo tenía y del que estaba descargando
la copia que me dijo: “este tema es inencontrable, yo lo mandé a
grabar en una de esas tiendas en que graban casetes de Providencia con
Suecia”. Y luego el tipo me baneó y nunca pude volver a pillarlo por
la red del gatito y los audífonos.
Entonces en 2002 le pedí a Carlos Costas que me lo grabaran en la
radio. Fue demasiado emocionante, a eso de las diez de la noche Carlos
me llamó y me dijo que me tenían el CD con las canciones (que era esta
y “Volver a Vivir” de Michel Sardou) y fui a la Cooperativa que
entonces todavía quedaba en Antonio Bellet 223. Y haber rayado el CD
de tanto escucharlo y de pasarlo a MP3 con esos sistemas
prehistóricos.
Desde entonces al menos una vez a la semana me siento en mi cama,
conecto el MP3 (que primero fue un NAPA de CD, luego un COWON de disco
duro, luego un Blackberry con 8Gb de memoria y hoy un Galaxy con una
memoria de 32Gb), me pongo los audífonos y trato de descifrar el
significado de:
“Soy un sencillo espectador desde un rincón
y si estoy triste me disfrazo como Pierrot
por los tejados voy gritando al viento
y me he pegado con mi Dios, enfadado”
o
“Soy la mayor contradicción, y qué más da
adoro la complicación, para eso está
yo nunca siento la cabeza
no, en mayo verás que me casarán, luna
y no me digas que ya es hora y que vuelves a casa
es pronto, y mira que la aurora a veces se atrasa
alárgame esta noche corta
si nos ven qué nos importa, luna”.
Y luego, tantas, muchas veces, me dedico a buscar más info sobre el
tema. Y vuelvo a descubrir tantas, muchas veces, que este tema fue un
exitazo casi sin comparación en Italia en 1980 que vendió un millón de
copias. Sí y que Togni haría al menos otra canción que le haría famoso
–aunque indirectamente– en Latinoamérica, “Per noi innamorati” (1983)
que a este lado del charco versionó Ricardo Montaner como “Tan
enamorados” (“quizás te puedas preguntar qué le hace falta a esta
noche blanca”). Y hace unas semanas buscando los otros temas de Gianni
Togni, el más olvidado de los “giannis” italianos (al lado de Gianni
Morandi o Gianni Bella o Gianni Nazzaro) di en Spotify con que al
menos tiene tres o cuatro otras canciones excepcionales, como “Giulia”
o “Semplice”. Pero bueno, es esta y solo esta –“Luna”– la que destroza
a un nivel mayor mi corazón (“creyendo solo en las estrellas bebes
zumo de grosellas”). Y que, era que no, que la letra en castellano es
de (está casi de más decirlo) San Luis Gómez Escolar.
Hay ocasiones en que las canciones son más que canciones. Te puede
pasar con The Beatles o con Rush, con el metal o el jazz. A mí me pasa
eso con esta canción, una canción que ahora que lo pienso/siento bien
es el eslabón perdido entre la balada romántica italiana de los
setentas y la balada pop que vendría a fines de los ochenta y
principios de los noventa con Eros Ramazzotti y Laura Pausini, el
ahora llamado “spaghetti pop”. “Luna” salió a la calle cuando todo era
un páramo, cuando el pop y la balada eran géneros dispares y
enemistados. Tomando lo mejor de las “lyrics” de los setentas
actualizadas a un mundo que estaba cambiando, con una orquestación que
dejaba un poco atrás los intentos de mezclar el “ensemble rock” con
las orquestas de crooners, Gianni Togni confeccionó, facturó, un tema
inolvidable que seguirá rotando en mi mente y en mis parlantes por
toda la vida.
Háganse un favor: escúchenla.