Lo que escribí en la exposición de Papas Fritas.

Hay mil maneras de hacer arte e infinitas formas para hablar de él, pero una sola cosa suele acercarse más a lo real y se llama cuadro. Un cuadro implica elegir y renunciar. Elegir lo que quisiste decir y renunciar a lo que no pudiste o alcanzaste a decir. Cuando lo que se pinta se hace para hacer juego con el sillón o la mesa de centro, más que arte es diseño de interiores o una copa al servicio de COPEC. Estamos invadidos de acciones de arte que no son ni acciones ni son arte. Tiempos donde el alcalde de Valparaíso quiere hacer listas de la gente que compra pintura en aerosol porque no pinta en los lugares destinados para el arte oficial. O sea que si dices lo que hay que decir y dónde yo lo digo, puedes pasar de ser delincuente a ciudadano. Yo que no sé tanto de pintura, pero sí sé que el día que vi de frente un Brueguell me fui a la chucha, sé que el arte debiera siempre estar jugando con los límites sean los que sean. Límites de tiempos, de contenidos, de palabras. Lo demás es propaganda. El arte debiera ser una acción en sí misma y no una acción de arte. Para mí, Papas fritas sigue siendo siempre eso. El arte como algo instituyente en vez de algo instituído. Y es por eso que esta vez deja las puertas abiertas de su trabajo permitiendo que las cosas no sean resueltas como una sanción drástica y definitiva. En cambio, esta vez el interés está puesto en sufrir la experiencia, donde las acciones discursivas simplemente sucedan, enfrentando la propia ignorancia del autor–artista y la dura mirada del espectador a la fractura. Esta vez ese vacío que tanto ha criticado en su trabajo, pasa a desnudarse como parte de su obra. Es así como algo que empieza como una serie de retratos de sus influencias se transforma por el uso de los detalles, en algo mucho más cercano a un autorretrato. Lo que parte como el despliegue de una historia general se va convirtiendo así en una historia particular. La historia de cómo alguien se apropia de una macropolítica y la convierte en micropolítica. Los retratos de Papas no buscan el realismo de un Bravo ni esperan tampoco un bravo!. Son la forma en que alguien se hace cargo de sus influencias. La realidad acá no importa, ni menos el realismo. Como diría Bacharach: Una casa no es un hogar. Y siempre invitar a alguien a tu hogar es un acto valiente. Para invitar a la casa tenemos a homecenter. Para Papas fritas, el sentido común no es un lugar en el cual descansar sino todo lo contrario. A partir de elementos de la cultura pop trastoca el sentido común asociado a estos, para hacerlos decir otra cosa de lo que el esencialismo o la historia creó para ellos. ¿Cómo logra hacer de esos elementos cotidianos que siempre han estado ahí algo que nos diga otra cosa? Lo hace usando objetos del sentido común y traslandándolos a lo incierto, como si se tratara de jugar con metáforas y metonimias para mostrar que el orden establecido de los sentidos, sólo es una muestra más del poder del discurso hegemónico. Lo hace cambiando los finales Disney y haciendo hablar a los personajes de otra forma. Por ejemplo, para Papas, el lobo de caperucita roja se convierte en mucho más de lo que dice el cuento normativo. Por un lado, porta los colores de la iglesia que personifica la pedofilia en la distancia entre un lobo y una niña y por otro también del poder de la iglesia(que suele poner siempre la naturaleza de su lado). En ese gesto, también demuestra que ese enemigo que fue el lobo en toda nuestra infancia, ahora se volvió mucho más real y que basta con ir a la iglesia del bosque para encontrarlo, en vez de ir al bosque mismo. Papas vende lo que pinta en vez de pintar lo que vende. Hace y deshace los cuentos oficiales para hacer de eso, lo que a veces el arte tiene de realidad y no de realismo. Y en esta diferencia, creo que está, toda la fuerza de su arte.

La historia de «WEB & ANTIWEB», la primera página de Nicanor Parra

Por Pablo Rosenzvaig en Disorder Magazine.

Corría el año 96 y en Chile nadie conocía Internet, pero 3 jóvenes decidieron hacerle una página web al antipoeta. Se juntaron con Parra, le pidieron los derechos, el dijo no creía mucho en esto pero después dijo que sí. Y ya han pasado 18 años desde esta aventura tecnológica que ganó premios y aun sigue en línea, como ejemplo de emprendimiento literario y tecnológico al llevar la obra de Nicanor a los lugares menos pensados del espectro creativo.

Esta es la historia de la prehistoria. La historia de 3 jóvenes universitarios con una idea y una tarea: darle al antipoeta su propia antiweb

Por Pablo Ronsezvaig, director creativo de «Web & Antiweb: Par(r)a Nicanor»

No recuerdo muy bien cómo nació la idea de hacerle una página a Parra en una época en que Internet sólo había hecho millonarios tal vez a 2 huevones. Paulo Saavedra trabajaba en la Universidad de Chile, en una especie de sótano más precario que la primera oficina que McNulty tuvo en The Wire.

Yo llegué a hacer una práctica de publicidad y tal vez nunca aprendí más de diseño que con Saavedra.

Ahí también estaba Leo Farfán, que hoy es quien dirige a JWT en Chile y con el cuál un día, cansados de hacerles monumentales a los agrónomos de Chile y cansados de hacer metáforas de manzanas, dijimos ¿Por qué no le hacemos una página a Parra?

Hoy creo que nos llamarían emprendedores y no sé quién fue el que terminó haciendo el contacto con Parra.

Recuerdo que Parra había dicho: ¿Y cuánto pagan los CSM? Recuerdo que alguien le explicó que Internet algún día iba a ser importante y que nos invitó a los 3 un día a su casa de La Reina.

Nos convidó cecinas de Chillán. Odiaba que la gente cortara el pan con cuchillo. Nos mostró una pieza de atrás con una pizarra llena de peladas de cable. Hablé un rato con él sobre Kepler y Mesmer. Nos invitó a su living.

Paulo y Leo le explicaron de qué iba lo que queríamos hacer en la página y Parra escuchaba, siempre un poco desconfiado. Sobre todo porque no teníamos plata y no íbamos a pagar nada y necesitábamos publicar cosas de él sin que después nos hicieran un juicio.

Esa fue la primera parte en que lo convencimos. De ahí fueron noches y noches pensando cómo mierda íbamos a lidiar en diseño y en texto con la obra del que llaman antipoeta.

De partida no era como hoy, que para subir algo te metes a un programa y ya tienes casi todo hecho. Recuerdo la pega de Paulo y Leo subiendo y bajando htmls para ver cómo mierda se veían. Recuerdo a ellos cabeceando para hacer los links de las llaves.

Los recuerdo a ellos porque yo sólo me dediqué a opinar del diseño y a escribir.

Esta página fue muy de hacer TDKs en tu adolescencia. De buscar opciones que a a veces no existían. De grabar canciones de la tele, y sin cables, porque no los tenías. O de esperar en una radio a qué pasaran la canción que no sabías de quién era, pero tarareaste la semana entera en tu cabeza.

Me acuerdo cuando nos fuimos de la casa de Parra y nos había dicho que sí, de las caras que teníamos.

Uno en esa época no tenía tantos intermediarios ni marcas que te hagan la gran Corleone acariciando un gato.

Uno no ganaba nada con lo que hacíamos, sólo queríamos hacerlo y lo hicimos.

Después la página ganó premios y Paulo al principio movía por cielo y tierra contactos con servidores para que no la bajaran.

Camilo me pidió que escribiera de esto, no sabía que yo había sido parte de esa página y me dijo: «Grande Pablo. Escribe algo de eso».

Y acá estamos: Lo que más rescato es haber sido de esos pendex que, no sé cómo, a veces van y van y van.

Hasta el día de hoy les agradezco eternamente a Paulo y a Leo ser de esa gente que se queda discutiendo 7 horas hasta decidir que una página se va a llamar «Web & Antiweb«.

Amén, cabros. No me acuerdo quién fue el que le puso el círculo a una de las R de Parra para que se leyera como «Para» y «Parra». Hoy suena muy Arjona pero en esa época era un hermoso gesto.