Por Pablo Rosenzvaig en Urbe Salvaje.

Hay muchas formas en las que uno se vuelve hacia la música.

Uno parte desde cero casi siempre. Mi primer disco fue un cassette del Topo Gigio, que hasta el día de hoy me sé de memoria. Créanlo o no, nunca escuché a Mazapán ni vi Robotech. Es raro cómo hay tantas cosas en común que a todos marcaron, pero que no llegaron a todos lados. En mi casa sólo se veía el canal siete, aunque me llamaran despectivamente “porteño” en el liceo sólo por ser de la quinta región, las veces que he puesto un pie en playas de la costa centro son contadas con una mano. Tampoco tenía mucho en común con la gente de Santa Rosa. Mi primer cassette de algo no infantil fue uno copiado por un primo con lo mejor de Devo.

Hablo un momento del lugar. Santa Rosa de Llay-llay. Hubo un momento en que no existió nada, sólo un camino que daba a la casa del patrón y a una iglesia, seis kilómetros de polvo de 4×4 que, como las anteojeras de los caballos que solo te dejaban ver la meta. Mi viejo y yo crecimos en la berma, como todos mis vecinos. Fui testigo de cómo para algunas personas no hay límites de velocidad ni más gente que la que se sienta en tu mesa. No hay más arte que la jardinería autóctona y los cuadros costumbristas. Mentira. No conoció realidad más allá de su región, excepto los mundos que la música le mostró.

No siempre me interesó la música de mi viejo. Veía pasar discos de vinilos llenos de cicatrices por sus manos, llegar bajo el brazo con vinilos recuperados de casas de amigos, a veces desaparecidos por años; vi muchos más irse y jamás volver. Mi papá me contaba que, cuando chico, yo tenía la manía de jugar con los siete pulgadas como frisbees, así que de todas maneras contribuí con la merma de su colección. Aunque, en realidad, no sé si era un coleccionista, sino más bien un fanático sin mucho apego por el formato (lo que de alguna manera lo alejaba de los enfermos como uno). Amaba la música, eso sí, con todo su ser. Lo vi muchas veces perdido en canciones, llegando de madrugada, cantando himnos a la amistad incondicional (“me saco la camisa por un buen amigo”), al amor no correspondido, al amor correspondido pero terrible, con risa y con llanto. Con arrepentimiento, de aquel tan real que no se puede concretizar con acciones.

Conocí las rancheras desde siempre. El problema es que fueron parte de algo que en verdad quise olvidar, como el olor a vino rancio y las películas de Warlock. Nunca entendí qué identificaba a mi papá y a muchos de sus amigos de borrachera con la épica del caballo y el revólver, con historias de una revolución que nunca vivieron. Ahora, que pierdo cabello por cada amigo que se va, veo en las canciones algo más que moda o gusto. Claro, las historias de campo son las mismas siempre: cuentos sobre la opresión del patronazgo, la ilusión de libertad, los héroes, y podría seguir calcando tópicos hasta llenar un par de hojas.

Mi papá tenía muchos discos. O sea, le gustaba invertir en ellos y tenerlos, lo que a fin de cuentas lo convirtió en un propietario de muchas grabaciones, pero nunca fue un coleccionista, o fue uno muy malo, por lo que conté en un párrafo anterior. Siempre que íbamos a San Felipe se traía un cassette, cuando ya los vinilos eran un cacho y nadie los compraba.

Mi primer reproductor de cassette portatil lo tuve a los trece años. Ahí fue cuando por primera vez comencé a escuchar de verdad música. Y te das cuenta que te importa. Comencé a dormir mejor, al menos unos años, y a traerme de poco cassettes de mi papá. Los primeros fueron de humor, el segundo recital de Daniel Vilches entre ellos. Luego vino la música. Cuando estás atento, cuando lo que vives no es suficiente, empiezas a mirar con ojos más anchos tu entorno. Ves historias, caminando de la mano todos los días, pasando todas las mañanas con pan fresco, sentado en un garito donde ya nadie se detiene.

Cuando uno es niño, piensa sólo en desmarcarse, como ese gusto adolescente que tiene mucha gente ya vieja de llevar la contraria sólo por el deporte de hacerlo. Piensas que todo lo antiguo no tiene lugar en tu vida, que su lenguaje no se comunica contigo, que hay una brecha irreconciliable, que algún día te marcharás. Vives muchos días de tu vida pensando ciudades de verdad, con semáforos y vendedores ambulantes de sustancias, en micros, en calles pavimentadas y autos. Nunca caes en la cuenta de que, una vez que ya no hay voz, puedes escuchar igual a las personas.

Y te marchas. Pasas noches enteras despierto porque nunca te imaginaste que las micros iban a producir tanto ruido, que la soledad iba a ser tan intensa. Nunca en la vida tuviste tan poco. Retrocedo. Entro en un proceso de negación de mi herencia cultural. Luego, cambio mi entorno vital, me convierto lentamente en un habitante periférico de la ciudad. Los guitarrones y las trompetas quedan en el olvido.

Mi papá ponía discos siempre. Conectaba los cables pelados de un tocadiscos que parecía rescatado del basurero de la RCA, a una vieja radio Giannini, que sólo servía para la frecuencia AM (entendí hace poco que hacía una especie de puente hacia el parlante, que nunca pude hacer hasta ahora). No sólo ponía discos, llevaba siempre canciones consigo. Es luego cuando comprendí que las canciones eran las que lo llevaban a él, en su significado, donde nuestro Pascual, potro de carga que nació conmigo, se transformaba en un caballo alazán lucero, testigo y héroe en tantas hazañas, donde una escopeta de caza se transformaba en un arma de la revolución, donde un espíritu torcido por el dolor no merecido del golpe militar cabalgaba junto a Pancho Villa y presenciaba el descenso de un forajido llevado a su última morada por los lugareños. Y no pude parar. Pedro Infante. Javier Solís. Antonio Aguilar. Una realidad tan ajena, pero a la vez tan propia. Una forma de ver y vivir esa vida tan sacrificada, tan injusta. ¿Cómo no compartir esta sensación de historia mítica, donde los buenos y los malos son enfrentados y recordados en canciones y las gestas se hacen propias, donde las calles se transforman en páramos donde aguarda el enemigo, donde el compás del caballo determina el temple de su jinete? “Nada más ordinario que un trote fuerte que remeza la montura: un buen caballo lleva a su jinete como una alfombra mágica, con la gracia del viento”. Una afrenta a la mujer se paga con un duelo. Una herramienta es tan buen arma como un revolver.

Algo no les había contado. Mi mascota de toda la vida fue un caballo.

Pascual nació el mismo año que yo, y mi padre inmediatamente lo consideró mío. Fue toda su vida, casi veinte años, un potro, un ser que estaba con nosotros, hacía la cosas, porque quería. Muchas veces pudo hacerme daño. Ya viejo, mordió a mi papá en el hombro. Aparte de eso, vivimos momentos increíbles. No era que fuera el único con caballo (de hecho, mucha gente de mi colegio tenía, y no era un lujo: no eran caballos pura sangre ni nada, sólo un animal más, para ayudar en las labores del campo), pero tenía algo que lo hacía mi compañero. Encontraron su cabeza en El Porvenir Alto, víctima de unos cuatreros que sin asco lo robaron y lo extirparon de mi vida. Yo ya vivía en Santiago, tenía otra vida, dejando atrás cosas que pensé que me hacían daño (lo hacían, pero también eran la razón por la que existo) y dolió. Como si con una cuchara de a poco trataran de atravesarte el pecho. Y me lo imaginé en las canciones de un cassette que tenía mi papá en la casa. Corridos de caballos famosos, interpretado por Antonio Aguilar.

Siempre fue el favorito de la triada: Pedro Infante tenía la impronta, Javier Solís un poder místico. Antonio era el que cabalgaba junto a uno, acompasado, con una gran sonrisa a veces, otras con una real congoja. Siempre he pensado que la relación entre un caballo y su jinete es una de las más bellas. Hay un respeto mutuo. Independientemente del rito del amansamiento, donde se somete al caballo a la voluntad de su amo, esto no basta. Siempre permanece la relación de fuerza, donde una sola patada bien dada puede matarte, y más allá de ella, la de vínculo espiritual. Eso tenía con Pascual. Entiendo lo imperfectos que somos como humanos en nuestras relaciones con todo el resto de las especies, pero no puedo negar el hecho de que amamos, de distintas e incorrectas maneras.

Hubo un tiempo en el que no pude llorar más que en las películas.